30 Ene

San Agustín de Hipona: conocimiento, Dios y el ser humano

Conocimiento

Para San Agustín, la búsqueda del conocimiento es inseparable de la búsqueda de Dios, pues en Él residen las verdades absolutas o arquetipos. El autor fundamenta la posibilidad del conocimiento frente al escepticismo mediante el principio de no contradicción: quien duda afirma al menos que existe y que duda, lo que constituye una primera certeza.

El conocimiento se divide en dos niveles: el conocimiento sensible, que es mutable y limitado por los sentidos, y el conocimiento intelectual, que permite alcanzar verdades universales e inmutables. Dado que el alma humana es finita, no puede alcanzar estas verdades eternas por sí sola; requiere de la iluminación divina. Dios actúa como una «luz interior» que permite a la inteligencia reconocer la verdad, no transmitiendo contenidos directamente, sino posibilitando su visión intelectual.

Dios

Dios es el origen, fundamento y sustento de todo lo existente. El mundo fue creado por un acto libre y amoroso de Dios a partir de la nada (ex nihilo). En la mente divina existen las ideas ejemplares o arquetipos, que sirven como modelos perfectos para todas las cosas creadas.

Para demostrar su existencia, Agustín propone argumentos como:

  • el del orden del mundo;
  • el del consentimiento universal;
  • el de las verdades eternas (por ejemplo, las matemáticas o las verdades de justicia), que por su inmutabilidad solo pueden proceder de un ser eterno.

En este sistema, el mal no tiene entidad propia, sino que es entendido como una privación del bien que surge cuando las criaturas libres se alejan de su Creador.

El ser humano

El ser humano es una creación de Dios definida por una relación de amor y una estructura que refleja a la Trinidad. Agustín sostiene que el hombre está compuesto de cuerpo y alma, siendo esta última el núcleo esencial e inmortal que permite el acceso a lo espiritual.

El alma refleja la imagen de Dios mediante tres facultades:

  • Memoria, que sustenta la identidad;
  • Entendimiento, que capta la verdad por iluminación;
  • Voluntad, que permite elegir libremente.

Esta estructura tripartita muestra que el ser humano está diseñado para orientarse hacia su Creador como fin último.

Respecto a la libertad, Agustín mantiene una posición intermedia frente al fatalismo pagano y el voluntarismo pelagiano. Afirma que el ser humano posee libre albedrío, pero este se encuentra debilitado por el pecado original, lo que genera una inclinación hacia el mal. La verdadera libertad no es simplemente la capacidad de elegir, sino la capacidad de orientarse eficazmente hacia el bien y hacia Dios. Así, la voluntad humana necesita de la gracia divina para alcanzar su plenitud y superar las limitaciones impuestas por la caída original.

Política

La política agustiniana es inseparable de la ética y del orden moral. El Estado y la autoridad son necesarios solo como consecuencia del pecado, para mantener la paz social mediante la coerción. La justicia de una comunidad depende de que sus miembros busquen el bien verdadero, definiendo la paz como la «tranquilidad del orden».

Agustín expone su visión de la historia mediante la distinción entre la Ciudad de Dios (formada por quienes aman a Dios) y la Ciudad Terrenal (formada por quienes se aman a sí mismos). Ambas conviven mezcladas en la historia hasta que, al final de los tiempos, se restaure plenamente el orden divino.

René Descartes: método, Dios y las sustancias

Conocimiento

Descartes propone que el conocimiento debe construirse siguiendo el modelo de las matemáticas, basándose en la intuición y la deducción. La intuición permite captar verdades evidentes de forma inmediata, mientras que la deducción encadena dichas intuiciones para alcanzar nuevas certezas.

Para guiar este proceso, establece un método de cuatro reglas:

  • La evidencia: aceptar solo lo claro y distinto.
  • El análisis: dividir lo complejo en partes simples.
  • La síntesis: reconstruir el conocimiento desde lo simple a lo complejo.
  • La enumeración: revisar todo el proceso para evitar errores.

Este método busca garantizar que el entendimiento no tome nada falso por verdadero.

Para hallar un principio indudable, Descartes aplica la duda metódica. Comienza dudando de los sentidos, que a veces engañan; de la realidad misma, por la imposibilidad de distinguir el sueño de la vigilia; y de las verdades científicas, mediante la hipótesis del genio maligno (un ser astuto que nos induce al error). Sin embargo, al dudar de todo, surge la primera certeza absoluta: «cogito, ergo sum» (pienso, luego existo). Si dudo, pienso; y si pienso, soy una sustancia pensante.

A partir de aquí, Descartes utiliza la existencia de Dios como garantía de que nuestras facultades racionales son correctas y de que el mundo material (definido únicamente por su extensión) puede ser objeto de estudio científico.

Dios

En su análisis de la mente, Descartes clasifica las ideas en tres tipos: adventicias (provenientes del exterior), facticias (construidas por la imaginación) e innatas. Estas últimas son las más importantes para el racionalismo, pues nacen con la propia razón. Entre ellas destaca la idea de perfección e infinitud.

Descartes utiliza la prueba de la causalidad para demostrar que, siendo el ser humano un sujeto finito e imperfecto, no puede ser la causa de la idea de un ser infinito. Por tanto, esa idea de perfección ha tenido que ser puesta en nuestra mente por un ser realmente perfecto e infinito: Dios.

Además, Descartes recurre al argumento ontológico, afirmando que la existencia es una perfección necesaria. Un ser absolutamente perfecto no puede carecer de existencia, pues entonces sería imperfecto; por tanto, Dios existe por definición. La consecuencia fundamental es que Dios, al ser sumamente perfecto, no puede ser engañador, lo que invalida la hipótesis del genio maligno. Dios se convierte así en la garantía de que todo aquello que percibimos con claridad y distinción es verdadero.

En conclusión, la realidad queda estructurada en tres sustancias:

  • La sustancia infinita (Dios).
  • La sustancia pensante (el yo, res cogitans).
  • La sustancia extensa (la materia, res extensa).

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