12 Feb

El Problema del Fundamento y el Método Cartesiano

El problema central del fragmento es la búsqueda de un fundamento de certeza absoluta mediante la aplicación del método a la razón humana. Descartes plantea la necesidad de encontrar un punto de partida indudable para asegurar el edificio del conocimiento humano. Para ello, establece una distinción fundamental entre:

  • El ámbito de la moral: donde es necesario seguir opiniones inciertas como si fueran verdaderas para poder actuar en la vida diaria.
  • El ámbito de la investigación de la verdad: donde se exige un rigor radical y la exclusión de cualquier rastro de incertidumbre.

La tesis principal sostiene que es preciso rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que se pueda imaginar la menor sospecha de duda. Descartes utiliza como argumentos los niveles de la duda:

  1. En primer lugar, la falibilidad de los sentidos, que nos engañan a veces y, por tanto, no son de fiar.
  2. En segundo lugar, la imposibilidad de distinguir con certeza el sueño de la vigilia, lo que pone en duda la existencia del mundo externo.
  3. Finalmente, para que la duda alcance incluso a las demostraciones matemáticas y geométricas, Descartes introduce la hipótesis del genio maligno, un ser todopoderoso que podría engañarnos incluso cuando creemos razonar correctamente.

Se trata, por tanto, de una duda hiperbólica que se aplica a toda la realidad para comprobar si queda algo absolutamente indudable.

Contexto Metafísico y Superación del Escepticismo

Este fragmento se sitúa en el inicio de la metafísica cartesiana y representa la fase de «limpieza» necesaria para el sistema. La duda aquí es metódica, voluntaria, libre, ficticia, universal, metafísica, provisional y teorética, funcionando como un instrumento para superar el escepticismo de su época. A diferencia del nihilismo de Nietzsche, que cuestiona la posibilidad de cualquier verdad objetiva, Descartes usa la duda como un tránsito hacia una certeza sólida. Se observa aquí el paso del realismo aristotélico al idealismo moderno, donde el sujeto ya no confía ciegamente en el objeto, sino que busca la seguridad en su propia razón.

La Percepción Sensible y la Intuición del Sujeto

El término «sentidos» se refiere a la facultad de conocimiento sensible o percepción externa. En el contexto del autor, los sentidos son la fuente de las «ideas adventicias». Descartes los rechaza en este punto del método porque carecen de la claridad y distinción necesarias para el conocimiento científico. Al demostrar que los sentidos son engañosos, el autor justifica la necesidad de buscar una verdad que no dependa de la experiencia material, sino de la pura intuición intelectual.

El texto concluye con la formulación del «pienso, luego soy» (cogito, ergo sum) como el primer principio de la filosofía. Descartes argumenta que el hecho mismo de dudar o de intentar engañarse confirma necesariamente la existencia del sujeto que realiza esa acción. Incluso bajo la hipótesis de que nada sea real, el pensamiento es una actividad que requiere un ejecutor. De aquí extrae que la esencia del ser humano es el pensamiento, definiendo al alma como una sustancia independiente que no necesita de ningún lugar ni cosa material para existir, siendo así más fácil de conocer que el cuerpo. El pensamiento debe ser por intuición (facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento).

La Primera Verdad y la Naturaleza del Sujeto

El problema filosófico que plantea este fragmento es el descubrimiento de la primera verdad indudable y la definición de la naturaleza del sujeto como realidad sustancial. Tras el proceso de duda universal, Descartes busca una roca firme sobre la que reconstruir el saber. El problema no es solo existencial, sino ontológico, ya que trata de definir qué somos y qué requisitos debe cumplir una proposición para ser considerada verdadera, estableciendo así el criterio de certeza que regirá toda su filosofía posterior.

La tesis central es la formulación del «pienso, luego soy» (cogito, ergo sum) como el primer principio de la filosofía. Descartes argumenta que el hecho mismo de dudar o de intentar engañarse confirma necesariamente la existencia del sujeto que realiza esa acción. Incluso bajo la hipótesis de que nada sea real, el pensamiento es una actividad que requiere un ejecutor. De aquí extrae que la esencia del ser humano es el pensamiento, definiendo al alma como una sustancia independiente que no necesita de ningún lugar ni cosa material para existir, siendo así más fácil de conocer que el cuerpo.

El Giro Subjetivista y el Dualismo Antropológico

Este texto representa el giro subjetivista de la modernidad y el establecimiento del dualismo antropológico. El cogito funciona como el punto de Arquímedes de su sistema metafísico. Aquí se fundamenta la separación radical entre la res cogitans (sustancia pensante) y la res extensa (materia), las cuales son, según el esquema del autor, «absolutamente distintas». Este hallazgo permite a Descartes analizar la realidad formal de sus pensamientos como actos mentales frente a su realidad objetiva, lo que le servirá más adelante para demostrar la existencia de Dios como garante de la verdad.

La frase «pienso, luego soy» no es una deducción lógica o un silogismo, sino una intuición inmediata y clara de la mente. Significa que la conciencia de pensar implica de forma simultánea y necesaria la conciencia de existir. Es la base del criterio de verdad cartesiano: la claridad y la distinción. Solo aquello que se presente al espíritu con la misma evidencia que esta primera verdad podrá ser aceptado como conocimiento verdadero, permitiendo así superar definitivamente el estado de incertidumbre inicial.

El Sistema de la Razón: De la Duda al Cogito

René Descartes, considerado el padre de la filosofía moderna, inicia su pensamiento en un contexto de crisis del saber tradicional y auge de la nueva ciencia. Su objetivo primordial es la unificación de todas las ciencias en un sistema único basado en la razón, tomando las matemáticas como modelo de rigor. Para cimentar este edificio, propone la duda metódica, que se distingue por ser libre, voluntaria y estrictamente teorética; es decir, no se aplica a la conducta práctica, las leyes o la religión. Es una duda universal e hiperbólica (exagerada) que busca forzar la realidad hasta sus límites.

Descartes recorre diversos niveles: la falibilidad de los sentidos, la indistinción entre el sueño y la vigilia, y los errores del razonamiento humano. Esta fase culmina en la hipótesis del genio maligno, un ser sumamente poderoso que nos engañaría incluso en las verdades matemáticas más evidentes. Este estado de incertidumbre total, que guarda ecos con la futura crítica a la verdad de Nietzsche, es para Descartes un tránsito necesario para hallar una base firme e indudable.

La Sustancia Pensante y la Clasificación de las Ideas

De la duda radical emerge la primera verdad absoluta: el Cogito (pienso, luego existo). Esta verdad no es fruto de una deducción silogística, sino una intuición inmediata de la mente. El sujeto se descubre como una sustancia cuya esencia es exclusivamente pensar (res cogitans). Descartes precisa que el «pensar» abarca una gran variedad de actos mentales: dudar, entender, afirmar, negar, querer, imaginar, recordar, desear, amar u odiar.

En este punto, el autor introduce una distinción técnica fundamental: la realidad formal del pensamiento (el hecho de ser un acto mental del sujeto) frente a su realidad objetiva (el contenido representativo o la «imagen» que dicha idea contiene). Al analizar estas ideas, las clasifica según su origen en:

  • Adventicias: parecen venir del exterior.
  • Ficticias: inventadas por la imaginación y siempre falsas.
  • Innatas: como la idea de Dios o de perfección, son semillas de verdad puestas en el alma, de forma análoga a las Ideas de Platón, aunque para Descartes residen en el entendimiento mismo.

La Necesidad de Dios y la Realidad del Mundo

Para salir del aislamiento del «yo» (solipsismo), Descartes debe demostrar la existencia de Dios. Emplea tres argumentaciones basadas en la causalidad y la esencia:

  1. La causalidad de la idea de infinito: un ser finito e imperfecto no puede ser la causa de la idea de una perfección infinita.
  2. La contingencia del yo: el sujeto que duda reconoce su imperfección, pues si se hubiera dado la existencia a sí mismo, se habría otorgado todas las perfecciones que concibe; por tanto, su creador debe ser un ser perfecto.
  3. El argumento ontológico: sostiene que la existencia es una perfección que pertenece necesariamente a la esencia de Dios, del mismo modo que la suma de los ángulos de un triángulo es igual a dos rectos.

Al demostrar que Dios es un ser sumamente perfecto y bondadoso, Descartes concluye que no puede ser engañador, pues la mentira es una falta de perfección. La veracidad divina se convierte en el puente hacia el mundo exterior, eliminando definitivamente la hipótesis del genio maligno.

La Teoría del Error y el Mecanicismo

Dios garantiza que nuestras facultades racionales son fiables cuando operan bajo el criterio de claridad y distinción. No obstante, Descartes debe explicar por qué nos equivocamos. Propone así su teoría del error: este no proviene de Dios, sino de la desproporción entre nuestro intelecto (que es limitado) y nuestra voluntad (que es infinita o libre albedrío). El error surge cuando la voluntad se precipita y nos hace juzgar antes de que el entendimiento tenga una evidencia clara. Así, el error es un mal uso de la libertad.

Gracias a la garantía divina, recuperamos la certeza sobre la existencia de la res extensa (el mundo físico), concebida como una realidad material sujeta a las leyes del mecanicismo (materia y movimiento), donde los cuerpos funcionan como máquinas autónomas.

Dualismo, Libertad y el Legado de la Modernidad

En su concepción del hombre, Descartes defiende un dualismo radical entre dos sustancias «absolutamente distintas» que no comparten ninguna propiedad común:

  • El alma: una sustancia inextensa, puramente pensante, libre e inmortal.
  • El cuerpo: pura extensión material sometida a leyes mecánicas.

Esta separación total plantea el problema de su interacción, que Descartes intenta resolver situando el punto de unión en la glándula pineal, donde el alma comunica sus voliciones al cuerpo y recibe de este las pasiones. La libertad humana reside en la capacidad del yo pensante para dominar estos impulsos mecánicos y pasiones corporales mediante el ejercicio de la razón, permitiendo que la voluntad sea guiada exclusivamente por el entendimiento claro y distinto.

Conclusión: El Fundamento de la Ciencia Moderna

En conclusión, la filosofía de Descartes marca el inicio del idealismo moderno al situar al sujeto y su conciencia como el fundamento último de toda verdad. Su sistema logra transitar desde la duda más radical hacia la reconstrucción de la realidad física y metafísica, apoyándose en la garantía divina. Al establecer la distinción entre la res cogitans y la res extensa, Descartes no solo fundamenta la autonomía del pensamiento frente a la materia, sino que también abre el camino para el desarrollo de la ciencia moderna basada en el mecanicismo. Su énfasis en el libre albedrío y en la capacidad de la razón para alcanzar la sabiduría moral define una visión del ser humano como un ser autónomo y responsable, cuyo legado ha sido el eje central de la discusión filosófica hasta la actualidad.

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