17 Feb

3. ONTOLOGÍA PLATÓNICA

Según Platón, el pensamiento sofista conduce la idea de que «las cosas son lo que los hombres dicen que son». 
El relativismo y el escepticismo comportan que la verdad no existe, pues depende de nuestro punto de vista y de convencionalismos culturales (nómos). En este sentido, contra los sofistas, Platón se pregunta qué es lo que puede hacer que las cosas sean independientemente del ser humano, en otras palabras: 

¿cuál es el fundamento (o condiciones de posibilidad) de la realidad?

En efecto, Platón se percata de que todas las cosas (caballos, nubes, casas, sueños, etc.) son diferentes entre sí, y no sólo en el sentido de que «caballo no es nube», sino que los caballos (sean reales o imaginarios) son siempre diversos entre sí, nunca son iguales (del mismo modo, las casas, los sueños, las nubes…). Sin embargo, piensa Platón, debe haber algo responsable de que, a pesar de la multiplicidad de caballos concretos, podamos reconocer que todos son, efectivamente «caballos», y no «nubes» o «casas». Dicho de otra forma: según Platón, debe haber algo que otorgue unidad a la multiplicidad de cosas, y que imponga identidad en la diferencia. Ese «algo» que nos brinda «identidad» y «unidad» es, a su juicio, la «idea». En el ejemplo, la «idea caballo», «la idea nube», «la idea sueño», etc. En suma, las ideas platónicas son las definiciones del carácter de serde los entes concretos.

De entrada, lo que vemos y encontramos en nuestra vida cotidiana son siempre cosas concretas (entes), jamás nos topamos con «ideas». Por eso, concluye Platón, la realidad debe ser una estructura de dos mundos separados: el sensible (el de las cosas concretas, múltiples y diferentes) y el inteligible (el de las ideas universales que otorgan unidad e identidad).
En este sentido, las ideas cumplen el papel de arjédel cosmos, son el principio rector gracias al cual la realidad es ordenada y no puro caos.

Ahora bien, a Platón no le interesa en absoluto describir y enumerar todas y cada una de las ideas que configuran el mundo, tarea que no tendría fin. Sólo le importa una cosa: ¿podemos definir las ideas? En cierta medida, Platón se pregunta: si las ideas son las definiciones del carácter de ser de los entes, ¿es posible encontrar «la idea de las ideas», o sea, la definición del carácter de ser de todas las ideas? En tal caso, conocer la idea de las ideas nos brindaría el conocimiento del fundamento último de la realidad. Platón responde afirmativamente y nos dice: 

El carácter de ser de todas las ideas consiste en la Justicia, el Bien y la Belleza

Veamos qué significado atribuye a estas palabras:

a) 
La Justicia, según Platón, es el equilibrio entre las partes de la idea, es decir, que cada parte se encuentre en el lugar que le corresponde. Este equilibrio es lo único que asegura unidad e identidad en la idea. Por ejemplo, si descomponemos la idea de abeja en sus partes, tenemos una estructura anatómica determinada, un comportamiento determinado, un hábitat determinado, etc. Las partes de la idea de abeja no sólo indican sus componentes físicos, sino todo aquello que caracteriza el ser de las abejas (la colmena, la recolección de néctar, etc.). Si todos estos componentes no estuviesen en el lugar que les corresponde, tendríamos, por decir algo, mariposas en lugar de abejas.

b) 
El Bien, según el pensamiento platónico, significa «excelencia en el comportamiento». La excelencia se dice en griego areté, «virtud».
 Platón razona que el resultado de la justicia es el bien, pues allí donde hay equilibrio y cada parte cumple su función el comportamiento resultante es virtuoso y excelente.

c) 
La Belleza, en Platón, está relacionada con el famoso concepto de «amor platónico» y con la contemplación filosófica de las ideas.
Platón alude a la belleza para referirse a la justicia y al bien inherentes a las ideas. Por tanto, no se trata de apreciar la belleza en las cosas concretas (lo que sería, para Platón, amor superficial), sino contemplar el equilibrio interno y la excelencia a la que apuntan todas las ideas.

En definitiva, para Platón los conceptos «justicia», «bien» y «belleza» constituyen el criterio de validez ontológico, es decir, el fundamento de la realidad que nos permite juzgar los entes concretos sin caer en el relativismo ni en el escepticismo de los sofistas. Pongamos como ejemplo a dos famosos caballos: Bucéfalo (el caballo de Alejandro Magno) y Rocinante (el caballo de Don Quijote), dejando claro, eso sí, que Platón jamás los conocíó. Si aplicamos la ontología platónica tendríamos que:

-Bucéfalo cumple casi a la perfección la idea de caballo, porque es equilibrado y tiene un comportamiento excelente.

-Rocinante se aleja muchísimo de la idea de caballo porque es desequilibrado y su comportamiento es, en consecuencia, defectuoso.

Para Platón, todos los entes concretos son copias de las ideas, ejemplares más o menos próximos a su idea. Este pensamiento genera una concepción aristocrática de la realidad:
Las cosas se jerarquizan según su grado de participación (o de proximidad) a las ideas. Aquí debemos situar la crítica platónica a las obras de arte: a su juicio, los artistas crean copias de las copias, porque imitan entes concretos, nunca ideas. Podemos finalizar la ontología platónica estableciendo la jerarquía de lo real en el pensamiento platónico (para bien, podemos representarlo en forma de pirámide ascendente; aquí, sin embargo, enumeraremos los grados de realidad en forma descendente, de lo menos a lo más real):

-Arte (según Platón, las obras de arte son copias de las copias).

-Entes concretos (copias de las ideas).


Ideas (definiciones del carácter de ser de los entes concretos).

-Idea de las ideas (la Belleza, la Justicia y, por encima de todo, el Bien; los tres conceptos configuran el carácter de ser de todas las ideas).

Resta una última cuestión sobre la ontología platónica: 

La figura del Demiurgo

En el diálogo Timeo, Platón trata de resolver el problema de cómo interactúan los dos mundos, ya que, según se ha dicho, la barrera entre ambos es ontológicamente infranqueable. El Demiurgo es un Dios creador que, a diferencia del Dios judeo-cristiano, no crea el mundo a partir de la nada, sino que construye el mundo sensible moldeando la materia amorfa y contemplando las ideas como modelo. Es como un escultor o un alfarero. Esa materia sin forma es, según se dice en el Timeo, eterna, al igual que el mundo inteligible.

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