02 Ene

Etapas y periodos

Etapas y periodos. La literatura latina antigua suele dividirse en períodos o etapas para facilitar su estudio, aunque esto es fruto de la historiografía moderna, ya que en la Antigüedad no existía esta concepción histórica; en literatura se operaba a través del canon marcado por estudiosos. Para esta periodización suele usarse una metáfora de la vida humana: nacimiento, florecimiento y decadencia. Historiadores como Velayo Petérculo señalaron el periodo más floreciente en el siglo I a. C. y en la época de Augusto, vistos como la auténtica Edad de Oro, aunque esto no fue apoyado por historiadores posteriores.

A lo largo de la historia romana se dio la contraposición entre autores antiguos y modernos, más vinculada a cambios políticos y sociales que a criterios estrictamente literarios. La Pax Augusta fue interpretada como el inicio de una nueva Edad de Oro y favoreció una profunda renovación cultural. Los poetas se sintieron protagonistas de un tiempo nuevo, dejando atrás un pasado marcado por guerras civiles. Estos cambios influyeron en la fijación del canon, que también respondía a criterios técnicos y pedagógicos, como la corrección gramatical y el uso escolar de los textos. Por ello, el canon fue variando con el tiempo, aunque algunos autores se mantuvieron como modelos por su valor estético y didáctico.

Periodización aceptada

La periodización más aceptada distingue cuatro grandes etapas:

  • Edad Arcaica (240-78 a. C.), donde se sientan las bases de la lengua literaria y surgen las primeras manifestaciones artísticas.
  • Edad de Oro (78 a. C.-14 d. C.), considerada el momento de máximo esplendor. Se subdivide en dos fases: el final de la República (78-43 a. C.) y el periodo de Augusto (43 a. C.-14 d. C.).
  • Edad Imperial (14-235 d. C.), marcada por la instauración del Principado; dentro de ella se distinguen una primera etapa (14-117 d. C.) y una segunda (117-235 d. C.).
  • Antigüedad Tardía (235-476 d. C.), también llamada Crisis del Imperio; en los siglos IV y V se produce un renacimiento clasicista, y algunos estudiosos extienden este periodo hasta el siglo VI.

Edad Arcaica (240 a. C. – 78 a. C.)

Edad Arcaica (240 a. C.-78 a. C.). La Edad Arcaica marca el inicio de la literatura latina en 240 a. C., con la primera obra teatral de Livio Andrónico, considerado el primer escritor latino. Este periodo coincide con el auge de la República romana, desde la Segunda Guerra Púnica hasta la dictadura de Sila, y se caracteriza por una intensa adaptación de los modelos griegos, a partir de los cuales Roma irá creando una literatura propia.

El género más importante fue el teatro, especialmente la comedia. Se cultivaron tragedias (fabula cothurnata de tema griego y praetexta de tema romano) y comedias (palliata y togata). La fabula palliata tuvo gran éxito gracias a Plauto y Terencio, cuyos textos son los únicos conservados. Tras este esplendor inicial, la producción teatral decayó, aunque continuaron otros espectáculos populares como los mimos.

La épica también se desarrolló a partir de modelos griegos. Livio Andrónico adaptó la Odisea en verso saturnio; Nevio escribió el Bellum Poenicum, primera obra de épica histórica romana; y Ennio, con sus Annales, introdujo el hexámetro griego, lo que supuso el abandono del saturnio y el inicio de una nueva etapa literaria.

Un género genuinamente romano fue la sátira, definida por Quintiliano como satura tota nostra est. Se trata de una poesía moral y crítica que ridiculiza vicios y costumbres. Tras los primeros intentos de Ennio, su verdadero creador fue Lucilio, quien fijó el hexámetro y combinó crítica moral, ironía y humor.

La prosa avanzó más lentamente. La historiografía comenzó durante la Segunda Guerra Púnica con Fabio Pictor y Cincio Alimento, que escribieron en griego siguiendo el modelo helenístico. Catón fue el primer historiador que escribió en latín su obra Origines, consolidando los annales latinos y abriendo paso a otros subgéneros históricos.

La oratoria evolucionó rápidamente gracias a la influencia de la retórica griega y a la vida política romana. Según cuenta Cicerón, los oradores comenzaron a publicar sus discursos. Destacan tres estilos: el aticista, claro y sobrio (círculo de los Escipiones); el asianista, más ornamentado; y el rodio, término medio entre ambos.

La Edad de Oro (78 a. C. – 14 d. C.)

La Edad de Oro (78 a. C. – 14 d. C.). La Edad de Oro de la literatura latina se extiende desde el final de la dictadura de Sila hasta la muerte de Augusto en el año 14 d. C. Sus límites se explican tanto por los cambios políticos como por la extraordinaria calidad literaria, que convirtió esta etapa en modelo para todo el Imperio. Se distinguen dos fases: los últimos años de la República (78-43 a. C.) y el periodo augústeo (43 a. C.-14 d. C.).

En los años finales de la República, la prosa alcanzó su máximo esplendor. Destacan Cicerón, Julio César y Salustio, que combinaron actividad política y literaria. La oratoria fue esencial en un contexto de crisis política, y Cicerón se convirtió en su máximo representante, tanto como orador como teórico. Además, cultivó la filosofía y creó un nuevo género literario con sus epístolas, de gran valor histórico y personal.

La historiografía también floreció en esta etapa. Julio César perfeccionó el género del comentario con sus Commentarii, donde narró sus campañas en tercera persona con intención política y literaria. Por su parte, Salustio consolidó la historiografía como género en prosa mediante monografías como Bellum Catilinae y Bellum Iugurthinum, con un marcado enfoque moral y crítico sobre la decadencia de la República.

En poesía se produjo una renovación con los poetae novi, encabezados por Catulo, que rechazaron la épica tradicional y apostaron por una poesía breve, personal y refinada, inspirada en modelos alejandrinos. Cultivaron temas amorosos y cotidianos, e introdujeron el epilio. En este contexto destaca también Lucrecio, cuya obra De rerum natura llevó la poesía didáctica a un nivel excepcional al unir filosofía epicúrea y expresión poética.

La segunda fase, el periodo de Augusto, estuvo marcada por la Pax Augusta, que favoreció el desarrollo cultural. Gracias al mecenazgo, los poetas pudieron dedicarse plenamente a la literatura. Destacan Virgilio, Horacio, Tibulo, Propercio y Ovidio, que llevaron la poesía latina a su máxima madurez, combinando tradición griega y originalidad romana.

Virgilio fue el gran poeta épico de la época. En las Bucólicas introdujo la poesía pastoril; en las Geórgicas desarrolló la poesía didáctica; y en la Eneida creó la gran epopeya nacional romana, que narra el origen mítico de Roma a través de Eneas y se convirtió en modelo épico para toda la tradición posterior. Horacio, por su parte, adaptó la lírica griega en sus Odas, cultivó la sátira y los Epodos, y consolidó varios géneros poéticos.

La elegía latina alcanzó su esplendor con Tibulo, Propercio y, sobre todo, Ovidio, quien llevó el género a su culminación y amplió sus temas. Ovidio destacó también por las Metamorfosis, obra que renovó la épica mediante relatos mitológicos encadenados y que influyó decisivamente en la literatura posterior por su ingenio y variedad.

Durante el periodo augústeo, la prosa tuvo menor desarrollo que la poesía. La oratoria mantuvo el modelo ciceroniano, aunque se volvió más escolar y retórica. La historiografía destacó con Tito Livio, autor de Ab urbe condita, una extensa historia de Roma escrita con intención moral y estilo cuidado. También se desarrolló la literatura técnica, como demuestra Vitruvio con De architectura.

Literatura latina en la Edad Imperial (14 – 235 d. C.)

Literatura latina en la Edad Imperial (14-235 d. C.). Tras la muerte de Augusto, la literatura latina entra en la época imperial, que suele dividirse en dos grandes etapas: la Primera Edad Imperial (14-117 d. C.), desde la dinastía julio-claudia hasta la muerte de Trajano, y la Edad Media Imperial (117-235 d. C.), que culmina con la crisis política del siglo III. En conjunto, no se produce una ruptura radical con la Edad de Oro, sino una evolución literaria condicionada por los cambios políticos, sociales y culturales del Imperio.

Durante la Primera Edad Imperial, el poder del emperador se consolidó progresivamente y Roma vivió un periodo de paz, prosperidad y creciente cosmopolitismo. La educación se institucionalizó, destacando la figura de Quintiliano, y la literatura se difundió mediante recitationes públicas. En este contexto, la retórica dominó la prosa y la poesía, dando lugar a un estilo más manierista y barroco, basado en la imitación de los grandes modelos clásicos.

La oratoria perdió su función política y derivó hacia la declamatio y el género epidíctico, como los panegíricos, entre los que destaca el de Plinio el Joven a Trajano. La epístola adquirió valor literario con Plinio y Séneca, mientras que la historiografía alcanzó gran altura con Tácito, autor de biografías, etnografías y obras históricas de fuerte contenido moral. También prosperó la prosa técnica y científica con autores como Plinio el Viejo, cuya Historia natural es una obra enciclopédica fundamental.

En poesía, la épica se renovó con Lucano y continuó con otros autores, mientras que la sátira se mantuvo viva con Persio y Juvenal. Surgieron además géneros más breves y populares, como el epigrama, que alcanzó su máximo esplendor con Marcial, y la fábula en verso con Fedro. Destaca asimismo el nacimiento de la novela latina con el Satyricon de Petronio, reflejo de una sociedad urbana y refinada.

La Edad Media Imperial se inicia con Adriano, bajo cuyo reinado se produce un nuevo esplendor cultural, aunque acompañado de problemas sociales y económicos. En este periodo cobra fuerza el cristianismo, que genera una literatura propia en latín con fines apologéticos y doctrinales, representada por Minucio Félix y Tertuliano, iniciador de la prosa cristiana latina.

Paralelamente, la cultura oficial estuvo marcada por la Segunda Sofística y el gusto por el arcaísmo, recuperando modelos antiguos. La historiografía perdió protagonismo y se orientó hacia epítomes y resúmenes, mientras que la biografía destacó con Suetonio. La prosa erudita y científica prosperó con autores como Aulo Gelio, y la novela alcanzó su cima con Las Metamorfosis de Apuleyo.

La Antigüedad Tardía (siglos III, IV y V)

La Antigüedad Tardía (siglos III, IV y V). Entre los siglos III y V, Roma vivió una etapa de transición y transformación marcada por la crisis política, las reformas administrativas y la expansión del cristianismo. El siglo III estuvo dominado por la anarquía militar, mientras que el IV supuso un cierto renacimiento gracias a las reformas de Diocleciano y al reconocimiento del cristianismo por Constantino en el Edicto de Milán (313). La división del Imperio tras la muerte de Teodosio en 395 y la caída de Roma en 476 sellaron el final del Imperio romano de Occidente.

Desde el punto de vista cultural, surgieron nuevos centros de poder como Milán, Rávena o Constantinopla, y se generalizó el uso del códice de pergamino, que facilitó la conservación de los textos clásicos. Este periodo osciló entre la continuidad con la tradición clásica y la innovación cristiana, que dio lugar a un latín cristiano y a nuevos géneros literarios. La escuela desempeñó un papel fundamental en la transmisión cultural, integrando a paganos y cristianos y consolidando las artes liberales (trivium y quadrivium).

El cristianismo transformó las costumbres y la vida cultural. Los espectáculos teatrales entraron en decadencia y los autores clásicos se conservaron sobre todo para la lectura, siendo Terencio un modelo de corrección lingüística. La retórica siguió siendo central, con el auge del panegírico y de la epístola, cultivada por autores como Símaco, heredero del estilo de Plinio.

La historiografía reflejó el pesimismo y la conciencia de decadencia del Imperio. Destaca Amiano Marcelino, que continuó la tradición de Tácito en sus Rerum gestarum, combinando narración histórica y reflexión moral. Junto a él proliferaron los epítomes históricos y las biografías imperiales, como la Historia Augusta. También floreció la literatura erudita y científica, con obras enciclopédicas y comentarios de autores como Marobio, Donato o Servio.

El cristianismo aportó una nueva visión de la historia como cumplimiento del plan divino y desarrolló nuevos géneros literarios. Destacan la hagiografía, la crónica y la literatura apologética, con autores como San Jerónimo, Sulpicio Severo y, sobre todo, San Agustín, cuya De civitate Dei es una obra clave del pensamiento cristiano.

En poesía predominó la imitación de los clásicos, con gusto por el virtuosismo técnico. Sobresalen Ausonio y Claudiano, mientras que la poesía cristiana se desarrolló con los himnos de San Ambrosio y la obra de Prudencio, que unió tradición clásica y contenido cristiano.

Virgilio

Virgilio. Nació en el año 70 a. C. en Mantua (Italia) en una familia modesta. Su formación elemental se desarrolló entre Cremona y Milán, pero para estudiar retórica se trasladó a Roma. En su intento de abogado fracasó por su timidez, por lo que también se vio obligado a abandonar su carrera política. Se dedicó a la poesía hasta que se vio cautivado, como muchos otros jóvenes de la época, por el pensamiento epicúreo, al que luego renunció. Algunas de sus obras son:

Bucólicas (también llamadas Églogas): supusieron una novedad en la literatura latina por su perfección formal. Esta obra se desarrolla en un medio social modesto donde los pastores son a menudo esclavos que cuidan el ganado de sus amos. Se representan el amor, la música y la poesía. Además, Virgilio introduce elementos biográficos y personales (mascarada bucólica), por ejemplo, cuando pierde sus propiedades durante las expropiaciones que Octavio realizó a favor de los veteranos tras la batalla de Filipos, aunque las recuperó gracias a sus intervenciones públicas. Esta obra está orientada por modelos helenísticos.

Geórgicas: en ellas Virgilio trataba al nuevo “César” (Octavio) como futuro dios y esperaba de él el cumplimiento de la gran misión de paz encomendada. Propuso una reforma basada en la restauración de la moral, las costumbres y la religión de los antiguos romanos. Esta obra está inspirada en el poeta didáctico clásico.

La Eneida: es la obra más importante de Virgilio. En ella compitió con Homero y mezcló elementos de la Odisea y la Ilíada. Por una parte, describe los sufridos viajes del héroe Eneas cuando huye durante el incendio de Troya; por otra, narra sus batallas en la península italiana. Eneas es un héroe distinto a los de Homero: es el héroe del cumplimiento del deber cuya misión le ha sido otorgada por el fatum (destino). Su misión es guiar hasta el Lacio a los supervivientes de su pueblo. Es un héroe complejo, pues en varias ocasiones duda de su misión; por ejemplo, durante una tormenta en alta mar llega a olvidar su encargo y solo desea regresar a Troya. En ese momento es descendido al reino de los muertos, donde se le muestra la historia futura de Roma para que complete su encargo con nuevo ánimo. Desde la antigüedad se ha creído que Virgilio ordenó quemar la Eneida antes de su muerte, pues pidió que no se publicase su obra incompleta.

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