19 Oct

LA MUERTE DE Dios

Nietzsche fue un filósofo alemán considerado uno de los más grandes escritores de la lengua germánica. Aunque poseía una salud débil era un gran apasionado de la vida.
Nuestro autor se mostró increíblemente lúcido en su crítica a la cultura occidental. Las cuales dieron lugar a un genio y a una figura fundamental en la filosofía de todos los tiempos. En esta redacción hablaremos de cómo Nietzsche se dedicó, entre otras cosas, a hacer una fuerte crítica a la religión.

A lo largo de la historia, el ser humano siempre ha buscado una respuesta para poder explicar todo lo que sucede en nuestro mundo.
Por ello, se ha visto obligado a buscar una razón para vivir, es decir, una razón la cual le ayude a que su vida -y la de los demás- tenga un sentido. ¿Quién nos ha creado?, ¿quién hace que el mundo funcione?… , son las preguntas más planteadas a lo largo de la historia pero, ¿quién nos va a dar una respuesta? Pues bien, la respuesta la posee un ser que es: perfecto, inmortal, infinito y bondadoso. Para poder superar esa angustia que nos provocan esas preguntas sólo podemos creer qué el sentido de todo no depende de nosotros. Según la sociedad, es innegable la existencia de un fenómeno religioso en la humanidad. Sin embargo, éste no tiene nada qué ver con la verdad ya que la religión tiene una razón de ser considerada como herramienta de cohesión y control social. La sociedad vive regida por un Dios que se ve representado en los valores morales que impone la justicia institucionalizada que determinan qué tipo de vida están obligados a vivir las personas.

Nietzsche se dedicó, entre otras, a criticar la religión. Estaba en contra de todas aunque su crítica se enfocó más al cristianismo. Nuestro autor no creía en Dios. Afirmó que » Dios ha muerto, y nosotros somos quienes lo hemos matado!’. Con esta afirmación, Nietzsche nos dice que Dios es una mentira creada por los hombres de «espíritu débil» que, aterrados ante la dura realidad, prefieren cobijarse bajo un supremo que les guía. Esta aceptación supone una negación a la voluntad de poder del hombre. ‘Los débiles hallan en el rebaño una fuerza considerable’


Ideas tales como la humildad, el remordimiento y la compasión son rasgos de la clase esclava, de los inferiores, y por eso Nietzsche está en contra de las religiones, por su carácter anti vital. En definitiva, niega cualquier religión, el concepto de bueno o malo y niega la moral.

Por lo tanto, si no existe ningún Dios supremo que esté por encima de mí y estipula las normas del juego como moral, seré yo autónomo de hacer aquello que quiera. Conscientes entonces los hombres del engaño al que nos han sometido durante siglos y viendo derrumbarse los pilares fundamentales de su sociedad, se encontrarán con una realidad desoladora. Desorientado y angustiado, Occidente se hallará inundado de dudas, sin sentido.

Por último, para Nietzsche las religiones (concretamente todas las cristianas) oprimen al hombre para meterlo dentro del rebaño sin ofrecer la posibilidad de salirse de este, por lo que el consejo que nos da es que vivamos la vida. En conclusión. Nietzsche daba valor único y absoluto a la vida, y nada más.


VITALISMO

Nietzsche fue uno de los filósofos más reputados del Siglo XIX, conocido por cultivar una filosofía productiva que tendría su origen en los sofistas. En su línea vitalista, Nietzsche se dedicará a exaltar todo aquello que aproveche y dé sentido y valor a la vida, dirigiendo, mientras, una decisiva crítica contra toda una corriente filosófica cuya máxima aspiración se reduce a la búsqueda de la verdad absoluta, fijando, eternizando y deshistorizar la realidad. Dando lugar a una cultura caduca, enferma y decadente.

La filosofía nietzscheana está marcada por la vitalidad. Para él, la vida se convierte en el criterio para valorar las acciones humanas, por ello su teoría se califica como vitalismo.
Este criterio para definir lo bueno y lo malo es el único que se puede aceptar, puesto que no existe ningún otro. Defiende que lo bueno y lo malo será diferente para cada uno, puesto que los factores involucrados se guían por la subjetividad de los sentidos, de las experiencias vividas y de los impulsos. Frente a la razón, Nietzsche pone de manifiesto la necesidad de acabar con el sistema tradicional, caduco y obsoleto que hasta ahora había reprimido los impulsos vitales y que había dictado una forma igualitaria de actuar.

A partir de ahora Nietzsche utiliza el concepto «voluntad de poder» para referirse a la energía vital que nos mueve, que provoca los impulsos y las pasiones, y que hasta ahora había sido negada y castigada. La voluntad de poder jugará con el sí y el no; con el bien y el mal; con la veracidad y la falsedad; con la destrucción de valores antiguos para dar paso a unos nuevos. Se caracteriza por ser previa a la razón; por ser peculiar, ya qué cambia y es diferente en cada uno; por su continua insatisfacción y necesidad de dolor para superarse y crecer; y por su creatividad y libertad, que nos hace diferentes e independientes.

La voluntad de poder tiene como objetivo la elevación de la vida, es decir, el afinamiento de los sentidos, la potenciación de la pasión, la búsqueda del riesgo y del peligro como muestra de una enorme confianza en uno mismo. Sin embargo, no todos tienen una fuerte voluntad de poder y esta diferencia marca una vida descendente o ascendente.


La voluntad de poder se manifiesta de diferentes maneras, diferencia y jerarquiza en función de cómo cada persona afirme su existencia, Por un lado, distinguimos a un hombre gregario, atemorizado ante el devenir y deseoso de hallar un trasmundo ficticio en el qué resguardarse del mundo. Este individuo ha hipertrofiado la razón y ha reprimido sus instintos y pasiones, dando lugar a una voluntad de poder débil y, por tanto, una vida descendente, enferma. Por otro lado, nos encontramos con un hombre determinado e independiente, que no duda en vivir la vida y en asumir sus riesgos, que exprime todas las posibilidades que la vida ofrece y que constituye una fuente creadora de valores. Este individuo goza de salud y de una voluntad de poder fuerte, es decir, disfruta de una vida ascendente.

En conclusión, Nietzsche supone el cierre de toda tradición filosófica que se había dedicado durante siglos a deshistorizar, fijar y eternizar la realidad por medio de la imposición de unos valores absolutos. Defenderá la vida como criterio último para juzgar la experiencia humana y definirá la «voluntad de poder» para referirse a toda potencia creadora, a todo deseo de ser, de existir: Esta voluntad de poder permitirá jerarquizar y separar a los hombres en función de sus modos de vida, diferenciando entre vida descendente, relacionada con la decadencia y la enfermedad de la cultura occidental; y la vida ascendente, fuerte y sana.


VITALISMO

Friedrich Nietzsche fue uno de los filósofos más reputados del Siglo XIX, conocido por cultivar una filosofía productiva que tendría su origen en los sofistas. Nietzsche va a elaborar toda una crítica de carácter fuertemente vitalista con la cual va a atacar a la sociedad occidental, haciendo evidente una serie de aspectos que, según el propio pensador, habían dado lugar a una cultura en decadencia.

Hasta el Siglo XIX, toda aspiración filosófica se había reducido a la búsqueda de una verdad absoluta, a la imposición de una serie de valores fijos e inamovibles a partir de los cuales desarrollar una perspectiva del mundo y guiar nuestros actos. De acuerdo a la teoría nietzscheana, esta necesidad predominante surgiría del pavor que Occidente había desarrollado respecto al devenir; al cambio sucesivo y constante, sin causas ni fines, generaba un temor entre la sociedad a la incertidumbre. Nietzsche llamó filósofos-momia a aquellos filósofos encargados de combatir la apariencia y el cambio.

Ya desde la Antigua Grecia, Platón distinguiría entre un mundo aparente (Mundo Sensible) repleto de copias, imperfecto, perecedero y cambiante, sometido al devenir; y un mundo verdadero (Mundo Inteligible), estático, perfecto, inmutable, aquel dotado de realidad, únicamente accesible por medio de la Razón. Sin embargo, Nietzsche denuncia a estos sabios que se empeñaron en deshistorizar, eternizar y fijar una verdad absoluta que había terminado dando lugar a una cultura decadente, caduca y obsoleta.

Además, Nietzsche acusa al lenguaje de ser una herramienta que llena la realidad de sustancias, sujetos, causas-efectos…. Que en ningún caso experimentamos. Estos elementos lingüísticos permiten construir mundos artificiales a través del termino «yo», porque afirma la existencia de un sujeto individual qué realmente no es ninguna sustancia; de la gramática del verbo ser, que fomenta la existencia de la idea de la existencia de identidades con rasgos permanentes; y la estructura de sujeto-predicado, que permite diferenciar entre causa y efecto.


No existe ningún conocimiento, ni ningún intelecto capaz de alcanzar estos conceptos metafísicos porque son pura invención que el hombre ha hecho para olvidar el caos del mundo en el que vive, para refugiarse en otro que le sirva de vía de escape de este. Para Nietzsche los conceptos metafísicos son puras metáforas que el hombre occidental ha olvidado lo que son: palabras vacías de significado que filósofos como Sócrates, Platón, Kant o Descartes han llenado de mentiras.

El carácter interpretativo del autor niega el mundo metafísico y afirma un pluriverso de interpretaciones, todas igual de válidas. Porque Nietzsche plantea la cuestión de la verdad en términos de salud, son nuestras necesidades las que interpretan el mundo.

A pesar de todo, no es que el mundo metafísico sea falso, es sólo la interpretación de los enfermos, el mundo en el que necesitan creer. El verdadero problema es que imponen su interpretación como la única válida para todos.

En conclusión, el mundo metafísico es la interpretación de los hombres aterrados por el devenir, con una voluntad de poder débil, que han impuesto su interpretación de la realidad ante la del resto. Para ello han utilizado herramientas como el lenguaje o el platonismo. En consecuencia, Nietzsche ha criticado y desenmascarado este mundo falso para afirmar y valorar las interpretaciones individuales, además de apreciar el mundo del devenir.

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