30 Ene

1.2. La Secularización de la Religión

La modernidad es la época de la secularización, cuyos antecedentes podemos verlos con Weber, en las propias entrañas de la concepción racional que anida en la fe hebraica en el Dios creador: la distancia entre Creador y creatura señala ya un principio de independencia y autonomización de la creación. Pero, sin duda, el proceso de secularización se agiganta con la entrada en la modernidad. Y se comprende fácilmente al hilo de lo que antecede.

Definición y Afirmación de lo Secular

La secularización quiere decir en un primer momento la afirmación de lo secular: su consistencia, autonomía. Las cosas mundanas, temporales, del «siglo» (saeculum) tienen razón de ser por sí mismas. Esta es la otra cara de la moneda de la razón ilustrada. Al mostrar la realidad su consistencia y fundamento, la razón se afianza y se atreve a pensar, hasta el punto de intentar fijados de una vez por todas. La razón moderna y la autonomía del hombre y del mundo se acompañan permanentemente.

Dios, la religión y lo sacro, aparecen cada vez más como necesarios para sostener el mundo. Una idea que se eleva hasta la altura del rechazo de la religión cuando esta —o mejor sus representantes— persistan en el mantenimiento de una visión «tradicional» de un mundo supeditado a lo transmundano. Se comprende así que la historia de la modernidad y de la razón ilustrada continental —la historia de la confrontación con la religión y los poderes e instituciones que pretendían mantener la visión premoderna del mundo.

Emancipación de las Esferas Sociales

Este proceso de independización creciente del mundo y sus cosas, trae la lenta e inexorable pérdida de relevancia social, pública, de la religión. Las diversas actividades humanas —desde la política, la ciencia, el arte y la moral—, se irán emancipando de la tutela de la religión. No necesitan ya de su visto bueno o legitimación para actuar y presentarse en público. Han estrenado ya la mayoría de edad. Incluso, se inicia un proceso social y cultural de diferenciación que está en el fondo del pluralismo racional —diversas dimensiones de la razón— que vamos descubriendo en la modernidad.

Este impacto cultural y mental se dejará sentir con el tiempo sobre la cosmovisión unificadora del sentido y la realidad, de carácter religioso cristiano, que comenzará a ser puesta en cuestión, a cuartearse y finalmente —como vemos hoy— a ofrecer un rostro fragmentado. La religión (cristiana) monopolizadora hasta ahora del sentido, encontrará en la razón pluralizada y dividida, con sus diversas visiones e ideologías, tantas ofertas de sentido/salvación que rivalizarán con ella.

La pérdida de centralidad y relevancia social de la religión, la empuja hacia los márgenes de la sociedad. La religión empezará a ser menos importante que la política, la economía o la ciencia. Comienza su carrera como institución o subsistema social periférico. La pérdida de relevancia social de los signos, símbolos, «roles» e instituciones religiosas es uno de los datos a los que remiten el concepto y el proceso de la secularización ilustrada, sea frecuentemente —especialmente en la academia—.

Adaptación y Privatización de la Religión

Cuando la religión, como cualquier subsistema social adaptativo, se vio obligada a preocuparse por su propia supervivencia en este clima de la modernidad, hubo quienes se apresuraron a anunciar su pronta desaparición. Ocurría, más bien, una adaptación a la nueva situación. Un proceso que, lógicamente, exigía ciertos cambios en la propia religión.

Uno de los cambios más visibles en la nueva situación es el denominado proceso de privatización: el desplazamiento de la religión hacia los márgenes y su pérdida de relevancia social. Ahora la religión se recluye en la institución. Se funcionaliza y especializa en ser religión y nada más que religión. Esta institucionalización especializada de la religión camina en el cristianismo católico por una fuerte eclesiastización, con síntomas de reclusión sociocultural y de confrontación con el talante y la racionalidad modernos.

La religión se libera de cargas sociales legitimadoras —aunque seguirá teniendo querencia por controlar la dimensión moral pública— y se concentra en la dimensión interior, espiritual, de la vida de los creyentes, no sin influir, desde aquí, en los aspectos sociales. Esta interiorización, espiritualización, de la religión es la cara personal del proceso de privatización.

El Individuo como Lugar de lo Sagrado

La religión ya no es cuestión de condicionamientos culturales, sociales o políticos, cuanto de libre decisión del individuo, el cual, como ya vio Durkheim, comienza a ser el lugar de lo sagrado/religioso en la modernidad. La consecuencia es que la religión adquiere tonos cada vez más personales e individuales.

Secularismo y Reencantamiento

La confrontación con el talante y la racionalidad ilustrada ha dado a la modernidad, europea especialmente, una coloración antirreligiosa y a la religión cristiana (católica) la apariencia de enemiga de la modernidad (Contrarreforma, contra-ilustración…). La secularización ha aparecido así con connotaciones ideológicas de oposición a la religión: disminución de la religión y lenta desaparición de la misma. Es la dimensión que ha desembocado en el secularismo: la actitud beligerante contra la religión en la modernidad; la exaltación de la pura profanidad, que no escapa de la sospecha de inversión sacralizante.

La modernidad, vemos, lleva en sí las semillas de la emancipación de lo mundano. Este dinamismo des-magifica el mundo y lo entrega a su pura profanidad. Pero no es un proceso unidireccional: la des-magificación o desencantamiento del mundo produce un movimiento contrario que desemboca en la mitificación de los objetivos y del dinamismo de la modernidad, la cual adquiere, paradójicamente, connotaciones sagradas.

Conclusión: Secularización como Reconfiguración

La secularización debería ser entendida, por tanto, como ya nos sugirió Weber, como desmagificación de unos aspectos del mundo y como re-encantamiento de otros, no como liquidación de la religión. La religión no desaparece, pierde influencias sociales, se desprende de sus formas mágicas, adopta otras formas nuevas, que en un principio comienzan a deambular por la institucionalización, la interioridad y el individuo. Pero ni la modernidad ni la religión se van a detener aquí.

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