29 Ene
Introducción y unión dinástica
Tras la boda de Isabel y Fernando (1469) y la muerte de Enrique IV, aconteció una guerra de sucesión castellana (1474-1479) entre Juana la Beltraneja e Isabel, que finalizó con la renuncia de Juana en el Tratado de Alcaçovas. En 1479 Juan II de Aragón murió y Fernando le sucedió. Nació la Monarquía Hispánica, pero cada Corona mantuvo su propia política. En Castilla resaltan el Consejo Real (1480), los corregidores y la Santa Hermandad; en Aragón, los virreyes y el sistema de insaculación.
Los Reyes Católicos
El gobierno de los Reyes Católicos se basó en la supremacía castellana y en la fe cristiana, fundamento de la unidad de los reinos. Para ello crearon el Consejo de la Suprema Inquisición y fomentaron las regalías, apoyadas en clérigos como el Cardenal Cisneros. Expulsaron a los judíos (1492, sefardíes) y crearon un cuerpo de funcionarios para atender los asuntos diplomáticos.
Expansión territorial y política dinástica
Conquistaron Granada (1492), Navarra (1512), Canarias (1496) y estrecharon la relación con Portugal. Se extendieron hacia Italia y el norte de África. Destaca el descubrimiento de América (1492). Para aislar a Francia, organizaron matrimonios para sus hijos:
- Isabel con Manuel de Portugal;
- María, a la muerte de Isabel, con Manuel de Portugal;
- Juan con Margarita de Austria;
- Juana con Felipe de Austria;
- Catalina con Enrique VIII de Inglaterra.
La conquista de Granada
La conquista de Granada, marcada por el enfrentamiento entre el sultán Muley Hacén y su hijo Boabdil, se inició con la ocupación de Zahara (1481). Constó de tres fases: la conquista occidental (1482-1487), a cambio de un señorío de Nerja a Estepona para Boabdil; la conquista oriental (1488-1490) hasta Guadix y Almería; y la conquista del reino (1490-1492), con el asedio de la capital, realizado desde el campamento de Santa Fe. Las capitulaciones del 25/11/1491 dieron a Boabdil territorios en las Alpujarras y los Reyes Católicos se comprometieron a aceptar las costumbres de los granadinos. El 2 de enero de 1492 Boabdil entregó la Alhambra. En la guerra destacó el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) y la financiación mediante bulas de cruzada y préstamos de nobles, mercaderes y judíos. Supuso el fin de Al-Ándalus, cuyos territorios se repartieron entre la nobleza.
Carlos I
Carlos I heredó de Felipe el Hermoso el Franco Condado, Países Bajos y Borgoña (1519), y de Juana las Coronas de Castilla y Aragón y sus posesiones (1516). Gobernó con una política integradora (unidad religiosa) y una corte itinerante. Con la muerte de su abuelo Maximiliano I (1519), Castilla pagó su elección como emperador del Sacro Imperio.
El nombramiento de extranjeros para altos cargos y las cargas fiscales generaron la revuelta de las Comunidades (1520), reprimida en Villalar (1521), y la revuelta de las Germanías (1520-1522) en Valencia. Se enfrentó a conflictos europeos: contra Francia por el control de Italia y Borgoña (destaca la Batalla de Pavía), que se prolongó hasta la Batalla de San Quintín; contra los turcos, que amenazaban Viena y Austria; y contra el protestantismo de Lutero mediante la Liga de Esmalcalda (1531), derrotada en 1547. La Paz de Augsburgo (1555) marcó el reconocimiento de la coexistencia luterana en el Sacro Imperio y supuso un límite a la política religiosa imperial.
Felipe II
Felipe II heredó la Monarquía Hispánica, los territorios borgoñones, de Centroeuropa y de América. Se centró en la defensa del catolicismo y de la hegemonía. Estableció la capital en Madrid y contó con un sistema de consejos: territoriales y temáticos. Un grave problema fue la venalidad de los cargos, consistente en su venta a particulares.
Se enfrentó a conflictos internos: la sublevación de los moriscos de las Alpujarras (1568); el bandolerismo; y las alteraciones en Aragón con el caso de Antonio Pérez, acusado y perseguido por la Inquisición. La crisis de Hacienda se caracterizó por los juros. En política exterior, tras la muerte del rey de Portugal Felipe II reclamó el trono y formó la unión ibérica; entró en la Liga Santa contra el Imperio otomano, venciendo en la batalla naval de Lepanto (1571).
Destaca la rebelión en Flandes, para frenar el protestantismo calvinista, que dio inicio en 1566 a la guerra de los Ochenta Años. Holanda y Zelanda se independizaron, creándose las Provincias Unidas. Pese a que Felipe II fue rey consorte de Inglaterra al casarse con María I Tudor, su sucesora Isabel I apoyó a los protestantes en Flandes. España intentó invadir Inglaterra con la Armada Invencible (1588), que fracasó y significó el ascenso del poder marítimo inglés.
Los Austrias en el siglo XVII
En el reinado de los Austrias del siglo XVII destacó la figura del valido, ministro por designación real que actuaba en nombre del rey. Los validos prescindieron en ocasiones de los consejos y otorgaron altos cargos a sus parientes. Felipe III (1598-1621) tuvo como valido al duque de Lerma, que aplicó políticas pacifistas para afrontar la crisis financiera heredada. Expulsó a los moriscos en 1609, lo que provocó la despoblación de zonas de Valencia y Aragón. En política exterior intentó alcanzar acuerdos de paz (Pax Hispánica), firmando con Inglaterra la Paz de Londres y acordando con las Provincias Unidas una tregua de 12 años (1609).
El conde-duque de Olivares fue el valido de Felipe IV (1621-1665) y mantuvo una política exterior más ofensiva. Planteó la Unión de Armas, un gran ejército sostenido por todos los reinos. En 1640 la monarquía sufrió una crisis general: no podía costear la guerra contra Francia y exigió a los catalanes la manutención de los soldados, lo que dio lugar al Corpus de Sangre. Al final, Barcelona aceptó la soberanía de Felipe IV, aunque el conflicto tuvo consecuencias duraderas.
Simultáneamente estalló una rebelión en Portugal contra la Unión de Armas y el duque de Braganza se proclamó rey (Juan IV). La Monarquía Hispánica intervino en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) contra los príncipes protestantes germanos y sus aliados, y se reanudó la guerra contra las Provincias Unidas. Francia derrotó a los españoles en la Batalla de las Dunas y en la Batalla de Rocroi. La Paz de Westfalia (1648) marcó el fin de la hegemonía de los Habsburgo en Europa y la consolidación de la independencia de las Provincias Unidas.
En 1659, con la Paz de los Pirineos, concluyó la guerra con Francia, con la entrega de territorios como el Rosellón y parte de Cerdeña, y con el matrimonio de Luis XIV con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV. Con el Tratado de Lisboa (1668) España reconoció la independencia de Portugal, manteniéndose Ceuta bajo soberanía española.
Carlos II (1675-1700) reinó tras la regencia de su madre Mariana de Austria. Presentó importantes limitaciones físicas y psicológicas. Don Juan José de Austria, hijo ilegítimo de Felipe IV, dio un golpe de Estado en 1677 proclamándose primer ministro. Se produjeron revueltas como la Segunda Germanía en Valencia (1693) y el Motín de los Gatos en Madrid (1699). El mayor problema de su reinado fue la cuestión sucesoria; dejó como heredero a Felipe V y, tras su muerte en 1700, se estableció la nueva dinastía de los Borbones.
Guerra de Sucesión y acceso de los Borbones
En 1700 Carlos II, rey de España, murió sin descendencia y nombró heredero al francés Felipe V de Anjou. El otro pretendiente a la Corona era el archiduque Carlos de los Austrias. El acceso de un Borbón al trono suponía una amenaza para el equilibrio europeo por la posible construcción de un bloque franco-español. Como respuesta se formó la Gran Alianza, integrada por Austria, Reino Unido, Provincias Unidas, Prusia, Saboya y Portugal, para frenar a Felipe V.
El conflicto se desarrolló entre 1701 y 1714 en la Península Ibérica, Italia, Flandes y ultramar. Con el acceso en 1711 de Carlos al trono austriaco y la renuncia de Felipe V al trono francés, las Provincias Unidas y el Reino Unido rompieron su alianza con Austria. Entre 1713 y 1714 se firmaron acuerdos que finalizaron la guerra: la Paz de Utrecht y el Tratado de Rastadt, basados en el equilibrio entre potencias. España perdió Flandes (en manos austríacas) y territorios en Italia (repartidos entre Saboya y Austria). El Reino Unido emergió como principal potencia marítima (toma de Gibraltar en 1704 y de Menorca) y se introdujo en el comercio americano mediante el navío de permiso y el derecho de asiento. En la península, Castilla apoyó mayoritariamente a Felipe V; en Aragón la nobleza de Valencia también lo apoyó, mientras que Cataluña respaldó a Carlos, debido en parte a la animadversión hacia los franceses tras la sublevación de 1640.
Felipe V y la consolidación borbónica
Tras la victoria, Felipe V consolidó su reinado y promovió importantes obras arquitectónicas, como la construcción del Palacio Real de Madrid sobre los restos del antiguo Alcázar. Tras Utrecht, Felipe V intentó recuperar territorios perdidos y asegurar el imperio colonial. Con un revisionismo impulsado por ministros como Alberoni ocupó Cerdeña y Sicilia, pero fue presionado por las potencias europeas y devolvió sus conquistas.
Posteriormente inició una política realista, negociando con otras potencias para intervenir según los intereses españoles. En 1733 firmó con Francia el Primer Pacto de Familia, con el que intervino en la guerra de Polonia consiguiendo para el infante don Carlos las Dos Sicilias. Con el Segundo Pacto de Familia (1743) obtuvo para su segundo hijo los ducados de Parma y Toscana. Fernando VI mantuvo una postura de no intervención en aquellos pactos, pero su sucesor Carlos III firmó el Tercer Pacto de Familia (1761), participando en la guerra de los Siete Años y en el conflicto de la independencia de las Trece Colonias americanas, con acciones que llevaron a recuperar Menorca, Florida y Sacramento.
La Revolución Francesa (1789) provocó la crisis de estos pactos, que Carlos IV rompió y volvió a negociar en 1795.
Reformas borbónicas y modelo de Estado
La guerra de Sucesión (1700-1714) supuso el tránsito de los Austrias a los Borbones. El modelo de Estado borbónico se basó en el absolutismo, la centralización y la uniformidad. El absolutismo implicaba que el rey gozaba de amplios poderes, de tal forma que el Estado se confundía con su persona; el rey poseía los territorios, dictaba las leyes y su autoridad era legitimada por la Iglesia.
Una de las principales reformas fue la sustitución de los consejos de los Austrias por un sistema de secretarías de despacho, compuesto inicialmente por cuatro: Guerra; Marina e Indias; Justicia; y Estado. Más tarde se añadió la Secretaría de Hacienda. Otra reforma clave fue la aplicación de los decretos de Nueva Planta, con el objetivo de uniformizar el territorio. Estos decretos se aplicaron en Valencia y Aragón (1707), Mallorca (1715) y Cataluña (1716), y consistieron en la supresión de fueros e instituciones locales y la imposición de las leyes castellanas. Navarra y las provincias vascas fueron la excepción, al haber apoyado a Felipe V en la guerra de Sucesión. Con la Nueva Planta se integraron los consejos territoriales en el de Castilla.
La centralización se reflejó en un sistema provincial gobernado por un capitán general, y en la figura de intendentes y corregidores. También se reformó el ejército: se creó un sistema de reclutamiento por levas; se transformaron los tercios en regimientos; se destinó parte del presupuesto central a mantener un ejército profesional permanente; y se construyeron nuevos astilleros, arsenales y buques de guerra para potenciar la marina.
La política absolutista también se tradujo en un mayor control sobre la Iglesia (regalismo). Los objetivos de Felipe V respecto a la política religiosa incluyeron el derecho a designar cargos eclesiásticos y a percibir las rentas de las sedes vacantes y de los tribunales eclesiásticos. Consiguió avances con la firma del concordato de 1737, que además recogió concesiones económicas.
En 1767 Carlos III expulsó a los jesuitas y confiscó sus bienes, y limitó las competencias de la Inquisición. Fernando VI, conocido como ‘el Prudente’ o ‘el Justo’, impulsó una política de neutralidad exterior y reformas internas centradas en la modernización del Estado durante su reinado (1746-1759). Entre sus logros destacan el fortalecimiento de la flota naval, la mejora de infraestructuras como caminos y el impulso del comercio, con el Marqués de la Ensenada como principal ejecutor. Ensenada diseñó además un ambicioso catastro con el fin de contabilizar población y riqueza territorial para reformar el sistema contributivo y hacerlo más equitativo.

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