17 Feb
René Descartes y el Nacimiento de la Filosofía Moderna
René Descartes (1596-1650) es considerado el padre de la filosofía moderna. Su pensamiento surge como respuesta a las corrientes filosóficas de su época, especialmente la escolástica y el escepticismo moderno. Su objetivo principal era encontrar un fundamento seguro e indudable para el conocimiento humano, evitando los errores del pasado y estableciendo una metodología rigurosa basada en la razón.
El Contexto Histórico: Escolástica y Escepticismo
La escolástica, corriente filosófica dominante en la Edad Media, combinaba el pensamiento de Aristóteles con la teología cristiana. Se basaba en la autoridad de textos religiosos y de comentadores clásicos, lo que llevaba a una aceptación acrítica del conocimiento. Su método era principalmente deductivo, partiendo de principios generales para explicar los fenómenos particulares, con una fuerte dependencia de la tradición y la argumentación formalista.
Sin embargo, con el auge del Renacimiento y el desarrollo de la ciencia moderna, la escolástica empezó a ser cuestionada. En particular, el escepticismo moderno, representado por autores como Michel de Montaigne, sostenía que no era posible alcanzar certezas absolutas, pues nuestros sentidos y nuestra razón podían engañarnos. Esta crisis del conocimiento llevó a la necesidad de encontrar un nuevo fundamento filosófico que garantizara la certeza y la validez del saber.
La Búsqueda de un Método Universal
Descartes, consciente de esta crisis, busca un nuevo método que permita establecer principios absolutamente ciertos y universales, sin depender de la tradición ni de la autoridad. Para Descartes, la filosofía necesita un punto de partida indudable, un principio sobre el cual construir todo el conocimiento. Su objetivo es eliminar cualquier duda y establecer un sistema de verdades absolutas.
Para ello, considera que la verdad no puede depender de la tradición o de la opinión, sino de la evidencia racional. Inspirado en el modelo matemático, Descartes aspira a encontrar un criterio de verdad basado en ideas claras y distintas, es decir, ideas cuya certeza sea inmediata y evidente para la razón. De esta manera, busca superar el escepticismo y dotar a la filosofía de la misma solidez y rigor que las matemáticas y las ciencias exactas.
Las Cuatro Reglas del Método Cartesiano
Para alcanzar la certeza, Descartes desarrolla su famoso método cartesiano, inspirado en la precisión de las matemáticas. Este consta de cuatro reglas fundamentales:
- 1. Evidencia: Aceptar solo aquello que se presente con claridad y distinción a la razón, evitando la precipitación y el prejuicio.
- 2. Análisis: Dividir los problemas en partes más simples para comprenderlas mejor.
- 3. Síntesis: Reconstruir el conocimiento desde lo más simple hasta lo más complejo de manera ordenada.
- 4. Enumeración: Revisar todo el proceso para asegurarse de no omitir nada.
La Duda Metódica y el Descubrimiento del Cogito
Aplicando este método, Descartes introduce la duda metódica, que consiste en dudar sistemáticamente de todo lo que pueda ser falso hasta encontrar una verdad absoluta. Duda de los sentidos, porque pueden engañarnos (como en los sueños o ilusiones ópticas), y también de las verdades matemáticas, pues un genio maligno podría estar manipulándonos para creer en errores. La duda no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un conocimiento absolutamente seguro.
En medio de esta duda radical, Descartes encuentra una verdad indudable: «Cogito, ergo sum» («Pienso, luego existo»). Aunque todo pudiera ser falso, el hecho mismo de dudar demuestra que hay un «yo» que está dudando y, por tanto, pensando. Si piensa, necesariamente existe. Esta es la primera certeza absoluta que encuentra y se convierte en el fundamento de su filosofía.
El cogito es una verdad que no depende de los sentidos, sino que surge de la razón misma. Esto lleva a Descartes a adoptar el racionalismo, es decir, la idea de que el conocimiento verdadero debe basarse en la razón y no en la experiencia sensorial. Para garantizar la validez de su criterio de verdad, Descartes establece que todo aquello que se perciba con claridad y distinción debe ser verdadero. Este principio será fundamental en su sistema filosófico, ya que le permitirá reconstruir el conocimiento sobre bases firmes.
Dios como Garante de la Verdad
Una vez establecida la certeza del cogito, Descartes necesita justificar la existencia del mundo exterior y evitar el solipsismo. Para ello, argumenta la existencia de Dios como garante de la verdad. Plantea varias pruebas para demostrar la existencia de Dios, entre ellas:
- 1. La idea de un ser perfecto: Tenemos en nuestra mente la idea de un ser perfecto e infinito (Dios). Dado que los seres finitos e imperfectos como nosotros no podrían haber generado esa idea por sí mismos, esta debe haber sido puesta en nosotros por un ser realmente perfecto: Dios.
- 2. Dios como ser necesario: La existencia de Dios se justifica porque en su esencia está el ser. Es un ser cuya no existencia es impensable, ya que la perfección incluye la existencia.
Si Dios existe y es un ser perfecto, entonces no nos puede engañar de manera sistemática. Gracias a la bondad divina, podemos confiar en que el conocimiento basado en ideas claras y distintas es verdadero. Esto permite recuperar la validez del conocimiento del mundo y la ciencia, superando la duda inicial y justificando la existencia de la realidad exterior.
Así, Dios se convierte en la garantía última del conocimiento y permite a Descartes reconstruir la realidad: primero, la existencia del «yo»; segundo, la existencia de Dios; y tercero, la existencia del mundo exterior. Gracias a Dios, podemos confiar en la validez de la razón y en la veracidad del conocimiento científico.
Legado y Comparación: Descartes frente a Kant
El pensamiento cartesiano supone una revolución filosófica al establecer la razón como fundamento del conocimiento y al introducir la subjetividad como punto de partida. Su legado influyó en el desarrollo del racionalismo moderno, representado por filósofos como Spinoza y Leibniz, y en la filosofía posterior, incluyendo a Kant y al idealismo alemán.
Divergencias Epistemológicas
Descartes y Kant son dos filósofos fundamentales en la historia de la filosofía, ambos preocupados por el problema del conocimiento y la certeza, pero con enfoques distintos. Descartes, como racionalista, sostiene que el conocimiento verdadero proviene de la razón. Mediante su duda metódica, rechaza todo lo que pueda ser dudoso y llega a una verdad indudable: cogito, ergo sum. A partir de esta certeza, construye su sistema filosófico basado en la existencia de ideas innatas y la garantía divina de la verdad.
Kant, en cambio, realiza una síntesis entre el racionalismo de Descartes y el empirismo de Hume. Afirma que el conocimiento surge de la interacción entre la razón y la experiencia. Según Kant, no existen ideas innatas como las concebía Descartes, sino que poseemos estructuras a priori (como el espacio y el tiempo) que organizan la experiencia.
En cuanto al criterio de verdad, Descartes confía en la claridad y distinción de las ideas como garantía del conocimiento, mientras que Kant introduce su giro copernicano: no conocemos la realidad en sí misma (noúmeno), sino solo los fenómenos, es decir, cómo las cosas aparecen según nuestras estructuras cognitivas.
Dualismo vs. Crítica de la Metafísica
Otro punto de contraste es la relación entre alma y cuerpo. Descartes defiende un dualismo entre la res cogitans (pensamiento) y la res extensa (mundo material), mientras que Kant, aunque no niega la distinción entre sujeto y objeto, se centra en la relación entre el conocimiento y la experiencia, dejando de lado la metafísica tradicional. En conclusión, Kant recoge la búsqueda de certeza de Descartes pero supera su racionalismo, al afirmar que el sujeto no descubre la realidad de forma pasiva.
Descartes ante la Desinformación Digital
En el Discurso del método, René Descartes se hace una pregunta que hoy suena muy actual: ¿cómo puedo estar seguro de que lo que creo es verdad? Su objetivo es encontrar un punto de partida indudable para construir el conocimiento. Para lograrlo propone la duda metódica, es decir, rechazar provisionalmente todo lo que pueda fallar.
Primero desconfía de los sentidos, porque a veces engañan; después introduce el argumento del sueño, ya que en sueños también creemos ver y tocar; y, por último, imagina la hipótesis del “genio maligno”, capaz de engañarle incluso en matemáticas. Sin embargo, descubre una certeza: mientras dudo, pienso, y si pienso existo (cogito, ergo sum). Esa verdad funciona como base.
La Duda Metódica en la Era de las Fake News
Esta actitud encaja con la era digital, donde la desinformación y las fake news circulan a gran velocidad. Hoy el engaño no viene solo de lo que vemos con los ojos, sino de pantallas, recortes, memes, titulares sensacionalistas y vídeos fuera de contexto. Además, las redes suelen premiar lo llamativo y lo emocional, y nosotros compartimos rápido porque algo nos indigna o nos asusta.
Por eso la pregunta cartesiana sigue siendo urgente: ¿qué razones tengo para aceptar esta información como verdadera? El criterio de claridad y distinción puede traducirse en hábitos de pensamiento crítico. Para el ciudadano actual, esto significaría:
- Comprobar la fuente original.
- Mirar la fecha de publicación.
- Contrastar con varios medios fiables.
- Diferenciar hechos de opiniones.
- Buscar datos verificables, como informes, estadísticas o declaraciones completas.
También implica sospechar de mensajes que solo apelan a emociones fuertes y no aportan pruebas. Aplicar la duda metódica no es negarlo todo, sino exigir justificación antes de creer y estar dispuesto a rectificar si aparecen pruebas mejores.
Aun así, conviene matizar: Descartes buscaba certezas absolutas, mientras que en temas sociales muchas veces solo tenemos conclusiones provisionales. Por eso su lección principal no es pedir infalibilidad, sino aprender a pensar con orden, argumentar con razones y no confundir lo viral con lo verdadero. En conclusión, Descartes sigue siendo relevante como guía práctica para orientarnos en el ruido mediático cotidiano y para convivir mejor con la información incierta.

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