17 Feb

El Discurso del Método: Las Cuatro Reglas de la Razón

El tema central es la presentación detallada y la justificación de las cuatro reglas fundamentales que René Descartes estableció para su método, el cual busca alcanzar un conocimiento seguro y verdadero.

Contexto del Racionalismo en el Siglo XVII

Este fragmento pertenece a la filosofía moderna (siglo XVII). René Descartes (1596-1650) es la figura clave que inaugura el Racionalismo, corriente que prioriza la razón como fuente principal del conocimiento. El discurso del método (1637) es la obra donde Descartes explica su proyecto de vida intelectual: encontrar una base sólida. Él sentía que el conocimiento acumulado hasta entonces estaba lleno de errores y dudas; por ello, decidió construir un nuevo sistema, tomando como modelo la certeza.

Las Cuatro Reglas del Método

Descartes argumenta que, para evitar los errores de los métodos anteriores, necesita un sistema propio que combine sus ventajas. Decide reducirlo a cuatro reglas estrictas que debe observar sin irregularidad:

  • La regla de la evidencia: Solo debemos aceptar como verdaderas aquellas ideas que se nos presenten de manera tan clara y distinta que sea imposible dudar de ellas. Esto significa evitar dos errores comunes: la precipitación (aceptar algo rápidamente sin pruebas suficientes) y la prevención (rechazar algo sin haberlo examinado bien). Esta regla es el punto de partida de su famosa duda metódica, ya que obliga a someter todo conocimiento a un examen estricto.
  • La regla del análisis: Esta regla aconseja que, ante cualquier dificultad o problema complejo que se quiera estudiar, es necesario fraccionarlo o dividirlo en tantas partes pequeñas como sea posible. Los problemas grandes son abrumadores; al descomponerlos en unidades más manejables, se facilita su comprensión y resolución.
  • La regla de la síntesis u orden: Una vez descompuestos los problemas, el pensamiento debe seguir un orden estricto. Hay siempre que empezar por estudiar los objetos más simples y fáciles de conocer y, a partir de ahí, ir ascendiendo de forma gradual hacia el conocimiento de los más compuestos. El conocimiento debe ser como una escalera: no se puede llegar a la cima sin haber subido todos los peldaños anteriores. Este ascenso progresivo asegura que cada paso se apoya en una base ya demostrada.
  • La regla de la revisión: Por último, esta regla exige que, en todo el proceso de razonamiento, se deben hacer recuentos y revisiones tan completos y generales como sea posible. Esto sirve como una garantía final para asegurar que no se ha omitido ni pasado por alto ninguna parte del análisis.

Impacto y Relaciones Filosóficas

Este método es la base del Racionalismo y muestra la gran confianza de Descartes en el poder de la razón humana para reconstruir el conocimiento desde su base. En el Discurso del método, Descartes rompe con la filosofía tradicional de la Edad Media, basada en la autoridad de Aristóteles y la Iglesia. Frente a esto, defiende que el conocimiento debe basarse en la razón propia y no en lo que otros han dicho.

Descartes se parece a Platón porque desconfía de los sentidos y da más importancia a la razón, aunque no acepta la existencia de Ideas perfectas como él. También se puede relacionar con San Agustín, ya que ambos parten del pensamiento para afirmar la propia existencia (“pienso, luego existo”), aunque Descartes lo hace desde un punto de vista más racional y menos religioso. Además, su pensamiento se opone al de los empiristas como Locke y Hume, que defendían que todo conocimiento viene de la experiencia, mientras que Descartes creía en las ideas innatas. Por último, su influencia será muy importante para Kant, que continuará la reflexión sobre el papel del sujeto en el conocimiento. Descartes no solo buscaba la verdad filosófica, sino también un método aplicable a todas las ciencias (una mathesis universalis). Su enfoque en la división y la síntesis influyó enormemente en el desarrollo posterior del pensamiento científico.

Meditaciones Metafísicas: La Segunda Meditación

El fragmento que estamos analizando pertenece a las Meditaciones Metafísicas de René Descartes, específicamente a la «Meditación Segunda: De la naturaleza del espíritu humano; y que es más fácil de conocer que el cuerpo», una obra cumbre publicada en 1641. Descartes, figura central del racionalismo y considerado el padre de la filosofía moderna, vive en el siglo XVII, una época de profundas transformaciones marcada por la Revolución Científica, la crisis de la escolástica y las guerras de religión.

La Búsqueda de la Primera Verdad Indudable

En este contexto de incertidumbre, busca establecer un conocimiento absolutamente cierto y universal, aplicando la precisión de las matemáticas a la filosofía. El tema principal del texto es la búsqueda y el descubrimiento de la primera verdad indudable: la existencia del propio sujeto pensante.

Descartes inicia un proceso de duda metódica y radical, poniendo en cuestión todo aquello que tradicionalmente se ha considerado fuente de conocimiento:

  1. Duda de los sentidos: Argumenta que nos engañan a menudo y que no podemos distinguir con certeza la vigilia del sueño.
  2. Duda de la realidad física: Extiende esta duda a la memoria, que puede ser falible, y a la existencia del propio cuerpo y sus atributos (figura, extensión, movimiento), que podrían ser meras ilusiones.
  3. La hipótesis del Genio Maligno: Para llevar la duda al extremo, introduce la hipótesis del «burlador muy poderoso y astuto», un ser hipotético que podría estar engañándonos constantemente sobre todo, incluso sobre verdades que parecen evidentes como las matemáticas.

El Descubrimiento del Cogito

Sin embargo, es precisamente en este punto de duda máxima donde Descartes encuentra la primera certeza inquebrantable. Si hay un genio maligno que me engaña, o si estoy dudando de todo, o si estoy pensando, entonces debo existir para ser engañado, para dudar o para pensar. La clave está en la actividad del pensamiento: «si he llegado a persuadirme de algo o solamente si he pensado alguna cosa, es sin duda porque yo era».

La acción de pensar (en cualquiera de sus formas: dudar, entender, afirmar, negar, querer, imaginar, sentir) implica necesariamente la existencia de un «yo» que realiza esa acción. La conclusión es contundente: «la proposición siguiente: ‘yo soy, yo existo’, es necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu».

El Dualismo y el Legado de la Subjetividad

Esta es la famosa intuición del cogito, ergo sum («pienso, luego existo»), que no es una deducción lógica, sino una intuición inmediata y evidente que surge de la propia conciencia de la actividad de pensar. Este «yo» que existe es, ante todo, una sustancia pensante (res cogitans), distinta del cuerpo. Esta distinción radical entre mente y cuerpo es el origen del dualismo cartesiano.

La formulación de Descartes tiene un precedente en San Agustín («Si fallor, sum»), aunque con fines diferentes. Descartes utiliza el escepticismo como herramienta, a diferencia de escépticos puros como Montaigne. Su obra sentará las bases del racionalismo, influyendo en Spinoza y Leibniz, quienes buscarán construir sistemas filosóficos a partir de principios evidentes. Sin embargo, será criticado por los empiristas (Locke, Berkeley, Hume), quienes defenderán que todo conocimiento proviene de la experiencia, y por filósofos posteriores como Kant, que intentará superar la dicotomía entre razón y experiencia, o Nietzsche, que cuestionará la noción de un «yo» fijo.

En resumen, este fragmento es de una importancia capital, ya que establece la primera verdad indudable, el «yo soy, yo existo», como punto de partida para el conocimiento. Marca la primacía de la subjetividad, funda el dualismo cartesiano y abre el camino a la modernidad, influyendo profundamente en el pensamiento occidental y sentando las bases para el desarrollo de la ciencia y la filosofía posteriores.

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