17 Nov

  1. GRUPO DEL 27. CONTEXTO HISTÓRICO



El comienzo de Siglo XX está enclavado ya en la contemporaneidad, es decir, un momento donde ya ha caído el Antiguo Régimen; el mundo conocido hasta el momento se ha derrumbado y para colmo la base que lo sustentaba, Dios, ha muerto (Nietzsche). Lo que sume al ser humano en una constante angustia e incertidumbre por el futuro. Parecido caso pasa con el fin de la España Imperial y el Desastre del 98 con las pérdidas de las últimas colonias. Comienza El Problema de España para los intelectuales.


A los poetas del 27 les cupo en suerte o desgracia vivir y formarse en dos décadas cruciales en la historia: los “felices años 20” y, después, los “sombríos años 30”. Maduró en lo que se llama el período de entreguerras, en el paréntesis de 1918 y 1939.


Al comenzar la década de 1920, el ambiente intelectual de Europa y España está marcado por el intelectualismo, el purismo y las vanguardias; por ello, el ambiente de optimismo, de lo lúdico y la despreocupación marcarán el primer período de los autores del 27. No obstante, en estos años 20 irrumpíó el Fascismo (Mussolini en Italia, 1922); la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). De los felices años veinte se pasó a los sombríos años treinta, cuando en 1929 se vive el crack de la Bolsa de Nueva York, hecho del que fue testigo García Lorca.


Los efectos del crack fueron demoledores en América y en Europa: bancos en quiebra, millones de parados… Será en este momento cuando los poetas se dejen influir por las teorías liberadoras del Surrealismo (Freud, Marx) y, muchos, ya a partir de 1930, desembocarán en la militancia política y revolucionaria.


En 1933 Hitler asciende al poder en Alemania, se desata la violencia institucional, la persecución de los adversarios políticos. Proliferan las asociaciones de intelectuales contra el fascismo y en defensa de la cultura. En este contexto hay que entender la Revolución de 1934 en Asturias y la cruel represión subsiguiente, hechos que influyeron en estos poetas.


En 1931 se alza la II República como esperanza del surgimiento definitivo de una nueva
España. Se empezaron a crear frentes defensivos contra el fascismo y el nazismo con la formación de los Frentes Populares, que llegaron a ganar en 1936; pero el 18 de Julio de ese mismo año el golpe del General Franco y la guerra siguiente marcaron para siempre la vida y la obra de los autores del 27. La muerte, el exilio o el exilio interior condicionaron a la intelectualidad no sólo europea, también la del Estado Español



  1. CONTEXTO LITERARIO



Las vanguardias europeas



Cuando los poetas del 27 se aproximan a las primeras creaciones, el contexto literario está dominado en esos momentos por los movimientos de vanguardia europeos. La vanguardia supuso una ruptura frontal con la estética anterior y la tradición, en busca de la innovación radical.


El Futurismo fue el primero de los ismos que lanzó el mensaje iconoclasta, desde Italia, en 1909 de la mano del poeta
Marinetti. Su propuesta de temática poética es la civilización mecánica, los avances de la ciencia y el canto a la máquina, todo bajo el mito de la modernidad y el rechazo de la tradición. Estos temas de la modernidad calaron en toda la poesía del momento y llegaron a los autores del 27. En cuanto al lenguaje, los futuristas lanzaron los primeros experimentos, como la abolición de nexos, la violentación de la sintaxis y comienzan las innovaciones tipográficas.

El Cubismo en literatura fue mucho más influyente. Surgíó en Francia y su creador fue Guillaume Apolinaire, a partir de 1913. Sus rasgos principales son la defensa de la autonomía del arte, la eliminación de lo accesorio, el rechazo de la lógica y la visión humorística. Las innovaciones tipográficas dieron un paso más con el Cubismo. Apolinaire con su libro Caligramas puso de moda la expresividad tipográfica y la falta de puntuación.


El Dadaísmo fue el movimiento vanguardista más radical y extravagante, hasta propugnar el anti-arte y la anti-literatura. Históricamente correspondía a la quiebra de valores que supuso la guerra de 1914. Surgíó de la mano de Tristán Tzara. Sus rasgos principales fueron la rebeldía contra la lógica, contra las convenciones estéticas y sociales, además de otros rasgos que ya anuncian el Surrealismo: la liberación de la fantasía del individuo, la superación de las inhibiciones y la creación de un lenguaje incoherente.


El Creacionismo surgíó en París en 1917, por impulso de Pierre Reverdyy, más aún, por el chileno Vicente Huidobro. Fue el movimiento que más influyó en España. El rasgo principal de este movimiento fue la defensa radical de la teoría de la autonomía del arte (divorcio total entre el arte y la realidad). Junto a ello, las innovaciones tipográficas, como la ausencia de puntuación.


Estos movimientos de vanguardia sirven como marco literario que los autores del 27 pudieron observar como venido de afuera. El Ultraísmo y el Surrealismo fueron ya movimientos intensa y directamente vividos por ellos.


Contexto literario español



El panorama que los poetas del 27 encontraron en España, aparte de las influencias vanguardistas ya citadas, era muy heterogéneo; además, pervive la Generación del 98, con el prestigio de autores consagrados (Unamuno, Machado…). La obra de estos maestros nunca fue puesta en entredicho por los jóvenes autores. En cuanto al Modernismo, si bien el movimiento se encuentra agotado, Rubén Darío fue un referente

obligado.


Mucha mayor afinidad con la renovación artística de los años veinte tuvo el Novecentismo de Ortega y Gasset. Los criterios estéticos de esta corriente apuntan a las nuevas corrientes innovadoras que Ortega supo captar antes que otros muchos. La deshumanización del arte (1925) supuso el triunfo de un espíritu de renovación. La Revista de Occidente, fundada por Ortega, fue un trampolín para algunos autores del 27.


También se ha de señalar a Ramón Gómez de la Serna, quien desde su revista Prometeo o su tertulia en el Café Pombo, proclama la necesidad de los cambios. La creación de las greguerías (combinación de metáfora + humor) supuso un avance en la renovación del lenguaje literario.


Por último, Juan Ramón Jiménez (poesía pura
) fue otro de los maestros del grupo.


Denominación y nómina de autores



Han sido varias las denominaciones que ha recibido este grupo de excelentes poetas. Se trata de una promoción literaria excepcional que entra en escena en los años 20.


La fecha de 1927 es la más idónea para aunarlos: por ser la del centenario de la muerte de Góngora; porque en ese año empiezan a publicarse las revistas más significativas del grupo y también algunas de las mejores obras definitorias de estos poetas.


En cuanto a la nómina de autores que cabrían bajo ese grupo tampoco ha habido unanimidad. No hay duda para la crítica que han de estar Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Vicente Aleixandre. También se suelen añadir los nombres de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, además de un importante grupo de mujeres, las sin sombrero, y, según Dámaso Alonso, al “genial epígono”, Miguel Hernández.


Etapas del Grupo del 27



Se suele señalar dos etapas básicas en la evolución del grupo. La primera se extiende desde 1922 hasta 1928, y está marcada por el dominio de la poesía pura. La irrupción del Surrealismo, dentro de una estética de signo neorromántico, determina el nacimiento de la segunda etapa que llega hasta la Guerra Civil.


Los rasgos fundamentales de la primera etapa son la identificación entre realidad poética y realidad objetiva, la tendencia al poema breve, la eliminación del sentimentalismo, la efusión personal y el retorno a la estrofa clásica. Por supuesto, la poesía pura de Juan Ramón Jiménez.


El Surrealismo español fue bastante heterodoxo en sus actitudes, por ello se ha llegado a decir que en España no hubo propiamente Surrealismo, sino escritores surrealistas, cada uno de los cuales se apropió de aquello que le interesaba. Los únicos surrealistas españoles puros fueron el pintor Salvador Dalí y el cineasta Luis Buñuel. No obstante hay puntos comunes: la rebeldía y el cultivo del verso libre. Los libros poéticos marcados por el Surrealismo contienen claras llamadas a la transgresión y a la sublevación. Así, Luis Cernuda en Los placeres prohibidos reivindica la homosexualidad igual que Lorca en Poeta en Nueva York, uníéndola a una crítica del capitalismo.


Sobre 1931, muchos de ellos evolucionaron hacia posiciones políticamente revolucionarias, coincidiendo con la adopción de una poesía realista de denuncia social y de combate, que se encuentra prefigurada en algunos versos de Poeta en Nueva York de Lorca. Ya con la guerra llegaron la muerte, la dispersión y el exilio. Los poetas que sobrevivieron evolucionaron en direcciones distintas.


El teatro anterior a 1936



Durante el primer tercio de siglo, hay una clara dicotomía: un teatro que triunfa porque goza del favor del público burgués (comedia benaventina o el teatro cómico costumbrista de un Carlos Arniches o de los hermanos Álvarez Quintero); y otro teatro de renovación de nuevas formas dramáticas con hondos problemas existenciales, donde destacan Valle-Inclán (y sus esperpentos como Luces de Bohemia) y Federico García Lorca.



Federico GARCÍA Lorca (1898-1936)



Uno de los escritores más célebres del Siglo XX. Su asesinato influyó en esta difusión, pero con el tiempo su vigencia y su prestigio continúan siendo enormes.


Hijo de una familia muy acomodada estudió música con Manuel de Falla y se trasladó a Madrid, donde vivíó en la célebre Residencia de Estudiantes y compartíó con Dalí, Buñuel y tantos otros, momentos cruciales para el arte del Siglo XX. Viajó a Nueva York y a Cuba en el curso 29-30, donde fue testigo del crack de la Bolsa del 29. Vuelto a España escribe tragedias y dramas de gran éxito. Fue director del teatro universitario La Barraca con el que recorríó numerosos lugares del Estado (apoyando al gobierno de la República) llevando lo mejor de su dramaturgia. Su republicanismo de izquierda y su condición de triunfador hicieron de él en Granada, al estallar la guerra, una víctima fatal.


El universo lorquiano se define por un palpable sistematismo: la poesía, el drama, la prosa se alimentan de obsesiones y claves estilísticas constantes. La variedad de forma nunca atenta contra esa unidad de fondo. Un clasicismo de fondo, Barroco, gongorino, nutre la imaginería lorquina. En el centro de ese sistema expresivo alienta un poderoso código simbólico, cuyos elementos dorsales son la luna, el agua, la sangre, el caballo, la hierba y los metales, unidos al tema de la muerte y el destino trágico.


La carrera literaria de Lorca dura dieciocho años, desde su primer libro de poemas hasta las primeras obras de madurez como Poema del Cante Jondo o Romancero Gitano (1928). A estas seguirán Poeta en Nueva York y Diván del Tamarit, el magistral Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías y los Sonetos del Amor Oscuro.


La lírica de Lorca es una felicísima mezcla de poesía popular y renovación. Los temas y ritmos tradicionales conviven con imágenes atrevidas y sugerentes de cuño vanguardista. Sus versos nos transportan a un mundo dominado por misteriosas fuerzas atávicas o instintos ancestrales. El universo poético de Lorca, presidido por la muerte, que acecha a cada paso, es trágico y violento. Las pasiones se desencadenan con intensidad y abocan al individuo a un destino fatal. El amor y el sexo se presentan como un impulso dionisíaco al que no cabe resistirse, una fuerza vital que se entrelaza inevitablemente con la muerte.


La fusión de imágenes surreales con la vena popular logra sus mejores momentos en Romancero gitano (1928). El poeta se ocupa de una raza marginada y manifiesta sus simpatías hacia ella; toma partido frente a la represión institucionalizada que representa la guardia civil.


A raíz de una crisis íntima, Lorca viaja a EEUU. El resultado es Poeta en Nueva York (1929-1930), denuncia de una sociedad materialista que oprime al débil y margina al negro; trabajará en esta obra hasta el final de su vida. Usa el verso libre y se vale de imágenes oníricas, irracionales, para transmitir la angustia que le produce esa ciudad monstruosa e inhumana. Alza su voz contra la técnica que domina al hombre y contra el dinero que destruye a los seres indefensos. En su etapa final compone más teatro que poesía.


Trayectoria teatral



Lorca se nutríó de diversas tradiciones teatrales. Tuvo en cuenta el drama rural de épocas anteriores, leyó a los clásicos españoles (Lope de Vega y Calderón de la Barca) y no olvidó los ecos de la tragedia griega o a Shakespeare. Igualmente, cultivó en su teatro la prosa y el verso, así como diversidad de géneros y formas.


Obras suyas son Mariana Pineda (1925), La zapatera prodigiosa (1926) sobre una hermosa joven casada con un zapatero viejo. Pero es ya en la década del treinta, tras su crisis personal que coincide con su viaje a Nueva York, con La Barraca, cuando declara su ansia de una comunicación más amplia con el público y su orientación social. Son palabras suyas las siguientes: En nuestra época, el poeta ha de abrirse las venas por los

demás. Por eso yo (…) me he entregado a lo dramático, que nos permite un contacto más directo con las masas.


En las tragedias y dramas que compone ahora la mujer ocupará un puesto central; junto a los gitanos (Romancero Gitano) y los negros (Poeta en Nueva York), es una figura marginada con la que el autor, en su obra, se siente identificado profundamente porque él es otro marginado social, probablemente a causa de su homosexualidad.


En Bodas de Sangre (1933) una novia se escapa con su amante el mismo día de su boda, reflejando en la historia una pasión que desborda barreras sociales y morales, pero que desembocará en la muerte.


Yerma (1934) es el drama de la mujer condenada a la infecundidad. De un lado, el ansia insatisfecha de la maternidad; de otro, la fidelidad a su marido… Todo ello se une al anhelo de la mujer por realizarse frente a la sumisión que se debe a la moral recibida de la honra. De ese choque surge la tragedia.


Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores (1935) es el drama de la mujer soltera en la burguésía que se marchita como flor toda su vida.

Es La Casa de Bernarda Alba (1936) la auténtica culminación del teatro lorquiano.

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