27 Sep

Ya hemos comenzado la Cuaresma, ese tiempo especial de conversión y penitencia que iniciamos con la Imposición de la Ceniza el pasado Miércoles. Hoy, Primer Domingo de Cuaresma, las Lecturas nos presentan la tentación y el pecado de nuestros primeros progenitores en el Paraíso Terrenal, así como las tentaciones y el triunfo de Jesús sobre ellas en el Desierto.
En la Primera Lectura (Gen. 2, 7-9; 3, 1-7), tomada del Libro del Génesis, en el cual se relata la creación, observamos que el ser humano acaba de salir de las manos de su Creador, puro e inocente, hecho a imagen y semejanza de Dios. Viven el hombre y la mujer en total amistad con Dios. Pero el Maligno, envidioso del bien del hombre, lo busca para hacerlo caer y le plantea una tentación contra las órdenes que Dios les había dado.
Dios les había dicho: ?No comerán del árbol del conocimiento del bien y del mal, ni lo tocarán, porque de lo contrario habrán de morir?. El Demonio, como siempre, contradice a Dios y le dice a la mujer: ?No morirán. Bien sabe Dios que el día que coman de los frutos de ese árbol serán como Dios, que conoce el bien del mal?.
La primera parte de la tentación es de incredulidad en la palabra de Dios.

La segunda parte es de orgullo y soberbia:

 

?serán como Dios?

Estas dos primeras fases de la tentación abren camino a la parte final, que fue de desobediencia a Dios.

Y precisamente en esto consiste el pecado: en desobedecer a Dios.
El hombre y la mujer no resistieron la vana ilusión de estar por encima o a la par de Dios. Pero Dios sabe que el ser humano fue engañado. Por eso, aunque lo castiga, le promete un Salvador que lo liberará del pecado y de las consecuencias de ese pecado.
De allí que en la Segunda Lectura (Rom. 5, 12-19) San Pablo nos diga: ?Si por el delito de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de vida y de gracia de Dios … Porque, ciertamente, la sentencia vino a causa de un solo pecado, pero el don de la gracia vino a causa de muchos pecados … Y así como por la desobediencia de uno, todos fuimos hechos pecadores, por la obediencia de uno solo (Cristo), todos somos hechos justos?.
Quiere decir esto que por el pecado de Adán y Eva -y por todos los pecados nuestros- todos estaríamos condenados, pero por la obediencia de Cristo, todos podemos llegar a ser santos.
Es bueno enfatizar estas palabras de San Pablo, ya que podría existir la tentación del reclamo a Dios, por las consecuencias del pecado de Adán y Eva sobre cada uno de nosotros. Pero podemos preguntarnos: ¿Quién de nosotros podría lanzar la primera piedra? ¿Quién de nosotros no habría caído, igual que Adán y Eva?
Además: ¿no nos damos cuenta que la tentación del Paraíso Terrenal continúa, y los hombres y mujeres de hoy seguimos cayendo? Los hombres y mujeres de hoy queremos seguir decidiendo sobre lo que es bueno y lo que es malo, sin tener en cuenta para nada a Dios. Y también seguimos queriendo adquirir una supuesta sabiduría, que no es la verdadera Sabiduría que viene de Dios.
El Demonio, como en el Paraíso, sigue presentando la tentación como algo llamativo, apetitoso y ?aparentemente? bueno. Nos dice


la Escritura: ?La mujer vio que era bueno, agradable a la vista, y provocativo para alcanzar sabiduría?.


Ahora bien, ¿nos damos cuenta de todos los engaños que se nos presentan en nuestros días, tan parecidos a los del Paraíso Terrenal? ¿No seguimos los hombres y mujeres de hoy tratando de ?ser como dioses?, al buscar una supuesta sabiduría a través del ocultismo, del espiritismo (ahora llamado ?canalización de espíritus?), del control mental, de todas las formas de esoterismo oriental, de la adivinación, la astrología, la brujería, etc., etc., etc.?
Y fijémonos en algo … El pecado nunca se nos presenta como lo que es: rebeldía y desobediencia a Dios, sino más bien como una afirmación de nuestra personalidad, o como el uso de la libertad a la que tenemos derecho, o también para llegar a alcanzar una ?supuesta? sabiduría o auto-realización, etc.
Y ante las tentaciones -que siempre estarán presentes- nos quedan dos opciones: seguir nuestro propio camino … o seguir en fe el camino que Dios nos presenta para nuestra vida. Y para seguir el camino de Dios hay que seguir lo que

Dios quiere, como El lo quiere, cuando

El lo quiere y porque

El lo quiere. De lo contrario, estamos actuando como Adán y Eva. Y … ¿es eso lo que queremos, realmente?
Jesucristo nos muestra en el Evangelio (Mt. 4, 1-11) cómo actuar ante la tentación.
Es cierto que El es Dios, y en Dios no hay pecado, pero quiso someterse a la tentación, para compartir con nosotros todo, menos el pecado. Veamos qué nos muestra Jesucristo en esta lucha que tuvo con el Demonio al terminar su retiro de cuarenta días en el desierto.




El Demonio lo tienta, primero, con el poder (Haz que estas piedras se conviertan en pan); luego, con el triunfo (Lánzate hacia abajo que Dios mandará a sus Angeles a que te cuiden) y, finalmente, con la avaricia (Te daré todos los reino de la tierra, si me
adoras).

Y tuvo la osadía el Demonio de tentar a
Jesucristo con palabras tomadas de la Sagrada Escritura. Y más osadía aún fue el tratar de desviar a Jesucristo de la misión que el Padre le había encomendado.
De acuerdo a esa misión, el Mesías no iba a ser un triunfador, ni un poseedor de reinos terrenos, sino que era enviado a salvar a los hombres, pero en humildad, en pobreza, en obediencia y en el sufrimiento.
Vemos, entonces, que -ante la tentación- Jesucristo no se aparta ni un milímetro del camino que Dios Padre le había señalado. La victoria que el Demonio había obtenido en el Paraíso se revierte ahora en el Desierto con una total derrota. Y así debe ser nuestra actitud ante las tentaciones: derrotar al Maligno con la gracia que Jesucristo nos obtuvo.
Sabemos por enseñanza de la Sagrada Escritura (cf. 1 Cor. 10, 13 y 2 Cor. 12, 7-10)Sabemos por enseñanza de la Sagrada Escritura (cf. 1 Cor. 10, 13 y 2 Cor. 12, 7-10) que nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas, lo que equivale a decir que ante cualquier tentación tenemos todas las gracias necesarias para vencerla.
Y si caemos, ¡qué gran consuelo el poder arrepentirnos y confesar nuestro pecado al Sacerdote! ¡Qué más podemos pedir! Es como un negocio o un juego en el cual nunca podemos perder, porque siempre, no importa cuán grave sea la falta, Dios nuestro Padre está dispuesto a perdonarnos y a acogernos como sus hijos que somos. ¿Qué más podemos pedir?
La Cuaresma nos invita a todos a aprender a vencer las tentaciones, como Jesucristo en el Desierto, con la ayuda de la gracia que Dios siempre nos da. Nos invita también a reconocernos pecadores, a arrepentirnos de nuestras faltas y a confesarlas cuando sea necesario, porque la Cuaresma es tiempo de volvernos a Dios y de acercarnos más a El




HOMILIAS DOMINICALES


El primer domingo de cuaresma es el comienzo de una caminata por el desierto. La mención en los evangelios de los cuarenta días y cuarenta noches de Jesús en el desierto es como la música de fondo para ayudarnos a escuchar bien los textos bíblicos de este domingo.
Los cuarenta días de Jesús en el desierto están íntimamente relacionados con los cuarenta días de Israel en el desierto. La Cuaresma es el Exodo cristiano. Estamos atravesando el desierto como pueblo, como iglesia. De cierta manera vamos de regreso «para la casa» — la casa original, el jardín del Edén. Nuestras vidas se viven entre el desierto y el jardín. A veces estamos metidos más en la sequía del desierto, quejándonos con los israelitas por la falta de agua y pan. Y en otros momentos saboreamos un poco de la abundancia y la libertad del jardín. El jardín es nuestra «casa original» y es también nuestra «casa final.» Nacimos en el jardín (donde Dios nos formó del barro y sopló en nuestras narices), y vamos caminando hacia el jardín del Reino. Es curioso que en San Juan (cap. 20, el evangelio de la misa del Domingo de Pascua) María Magdalena se encuentra con Jesús en el jardín, tanto así que cree que él es el jardinero!
Y algo importante en nuestros textos de Génesis y de San Mateo: el Espíritu de Dios está en todo. El Espíritu está presente en el jardín, donde es el aliento de vida para el recién creado «ser vivo.» Y luego el Espíritu está presente con Jesús en el desierto, en medio de las tentaciones. «Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu,» dice el evangelio de san Mateo. Dios está presente en nuestra creación y también en nuestra tentación.
Para Israel la presencia del Espíritu de Dios durante su largo caminar por el desierto se encuentra en la nube y la columna de fuego que acompañaban al pueblo día y noche (Ex 13, 21-22). Dios no abandona a su pueblo nunca, ni siquiera cuando éste abandona a su Dios. La fidelidad de Dios es eterna.
40 días. 40 años. 40 siglos. 40…
¿No es esto el sentido principal de estos relatos bíblicos? ¿Que Dios es fiel? Las tentaciones siguen siendo iguales durante todas las edades.
Jesús fue tentado igual como fueron tentados los primeros seres humanos en el jardín del Edén. La diferencia fue que Jesús puso su confianza en la presencia fiel de Dios, mientras que Israel (simbolizado en sus primeros abuelitos del Libro del Génesis) se hizo auto-suficiente.
La primara tentación de Jesús es de tener más pan. Jesús sintió hambre después de sus muchos días en el desierto. 144,000 personas mueren hoy de hambre. Adán y Eva no estaban satisfechos con la gran abundancia que Dios les había concedido. Querían más. Dios está con nosotros, pero queremos más. ¿Qué más hay si todo es regalo de Dios? Pero siempre agarramos más y más y más por el miedo de sentir un poco de hambre. Abandonamos a Dios en búsqueda de más pan. Eso es lo que hicieron Adán y Eva. Cambiaron a Dios por el pan (y el Mercedes Benz y el nuevo teléfono celular y un CD más para la colección).
Jesús, en cambio, optó por sentir el hambre. Sin hambre nos olvidamos de Dios. Dios es el pan de la vida. Dios da el maná en el desierto. Adán y Eva se cansaron de tanta espera y optaron por comparar su pan en el supermercado La Serpiente. Es más rápido, menos espera, menos problema. El mundo dejó de ser jardín y se ha convertido en mercado.
La misma tentación, pero con respuestas diferentes. Jesús no cae en lo fácil, lo rápido, lo que está de moda. En vez de caer en la trampa de tener más pan, Jesús se hace pan y se entrega a los demás. Es la respuesta de los que estamos caminando hacia el jardín de Reino con Jesús.
Pero ¿Cómo caminar en este dessierto de tanta tentación? El mundo nos quiere vender tanta cosa, tanto engaño, tanto pan barato en el supermercadoLa Serpiente. Es tan fácil caer en las garras de lo inmediato, lo fácil, la última moda. ¿Qué hacemos?
Los textos de hoy nos dan unas claves para ayudarnos a optar por el pan del Reino de Dios. En primer lugar, nos recuerda el evangelio que la caminata no es de un día o de dos. El número cuarenta tiene que ver con el camino de la vida, toda la vida. Para que el Pueblo de Dios se liberara de la esclavitud de Egipto tuvieron que caminar toda una vida. La libertad que Jesús nos ofrece no es algo que se compra en el supermercado. Incluso, sólo se va descubriendo cuando dejamos de comprar. Es decir, tenemos que dajar de llenar nuestras barrigas (y nuestras cuentas de banco) de tanta cosa para empezar a llenar nuestros corazones y nuestras vidas de Dios. Sin pobreza de Espíritu, sin hambre de Dios, no nos liberamos nunca.
Tenemos que aprender a pasar de largo el supermercado La Serpiente donde se ofrecen respuestas fáciles a la vida, y comprometernos a un largo caminar de fe. Hay un jardín de Dios que no se vende en ningún mercado. Hoy podemos tomar un paso más en esa dirección.
Otra cosa: El Espíritu está presente aún cuando somos tentados. Cuando en la pantalla de la televisión o en la pantalla de la computadora aparecen tentaciones, respuestas fáciles, un nuevo «high» que durará ocho segundos, es en ese momento que tenemos que agarrarnos del Espíritu de Dios y seguir caminando. «¡Pero, si no me lleno de esas cosas me voy a morir!» ¿Acaso hemos perdido tanto la fe? ¡Hay que sentir el hambre! En medio del hambre uno descubre el pan que sólo da Dios. Cuando el diablo se cansó de tentar a Jesús, llegaron los ángeles con canastas llenas del pan de Dios.
Todos los días los mercados del mundo nos ofrecen ropa nueva, carros nuevos, una tarjeta de crédito que ya lleva mi nombre! Desafortunadamente, hemos creído la misma mentira que creyeron Adán y Eva: ahí en ese árbol está la felicidad. ¡Que locura! ¡Que mentira! Ellos vivían en plena felicidad, pero querían más y más y más. El New York Stock Exchange (Bolsa de Valores) no es el Dios que liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto.
La Cuaresma es un tiempo para caminar, guiados por el Espíritu. Si por alguna razón nos hemos quedado estancados en el supermercado, pues el Espíritu nos da un empujón hacia el desierto. Ahora, ¡Cuidado! El desierto es aburrido, seco, caliente. Pero para los que sigamos los pasos de un tal Jesús de Nazaret, dicen que el desierto es el lugar donde se come el pan más rico del mundo. ¡Y aún sin tarjeta de crédito!


¡Ánimo, yo he vencido al mundo! (Mt 4,1-11)

Semana I del Tiempo de Cuaresma – 10 de febrero de 2008

La Cuaresma adquiere un especial relieve este año después de los dramáticos hechos que han agitado al mundo en este último tiempo. Es necesario que destinemos momentos prolongados a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios para que podamos comprender, en una mirada de fe, el sentido de la historia que nos toca vivir y nuestro rol personal dentro de ella.
Ante el horrendo atentado contra las torres gemelas de Nueva York y el Pentágono, después de una primera reacción de desconcierto y de incredulidad por tanta maldad, nos preguntamos: ¿Por qué? Los analistas políticos han intentado dar respuesta a esta pregunta. Algunos opinan que grupos fundamentalistas islámicos que nutren particular odio a la sociedad opulenta y materialista de Occidente han querido dar un golpe a su corazón mismo, es decir, a los símbolos del poder económico y militar del país más poderoso. Otros opinan que se trata de la acción de grupos terroristas fanáticos muy bien instruidos y organizados que buscan destruir por destruir sin tener una finalidad clara. Estas respuestas pueden ser verdaderas; pero no satisfacen, porque no responden la pregunta en el nivel profundo del sentido. Analizamos esas respuestas y las consideramos superficiales, diríamos ingenuas, y seguimos preguntando: ¿Por qué? Es que queremos saber qué sentido tienen esos hechos. Este sentido profundo no lo podemos comprender sino en una mirada de fe. Lo abre a nosotros solamente Jesucristo.
El autor del Apocalipsis enfrenta este mismo problema con su simbolismo propio: «Vi en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro, escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos. Y vi un ángel poderoso que proclamaba con fuerte voz: ‘¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus sellos?’ Pero nadie era capaz -ni en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra- de abrir el libro y de leerlo. Y yo lloraba mucho porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni de leerlo. Pero uno de los Ancianos me dice: ‘No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; él podrá abrir el libro y sus siete sellos'» (Apoc 5,1-5).
La asamblea cristiana que escucha este relato compren-de que el libro contiene el plan de Dios sobre la historia humana. Está en la mano de Dios y está ya completamente escrito: todo está ya ordenado por Dios. Pero nadie es capaz de conocer su contenido: la lógica interna del proyecto de Dios es inaccesible, porque el libro está sellado «con sie-te sellos». Cuando el vidente constata esta imposibilidad rompe a llorar. Este es el llanto desesperado -?lloraba mucho?- de todo hombre que no logra dar un sentido a su vida porque no comprende el sentido de los hechos que le toca vivir. Se cae entonces en la desorientación, el temor y la evasión por medio de la droga, la violencia y los placeres desenfrenados. Pero hay un remedio: el León de la tribu de Judá podrá abrir el libro y leerlo. El vidente se anima y recobra esperanza. ¿Cómo se concretiza esta promesa?
La respuesta está a continuación: «Entonces vi, de pie en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado» (Apoc 5,6). El Cordero es Jesucristo, ofrecido en sacrificio por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación. Él es quien toma el libro de los siete sellos y comienza a abrirlos progresivamente. De esta manera revela su contenido. Todos los acontecimientos, los personajes, los sufrimientos, los gozos y las penas, la violencia, la injusticia, los hechos sociales y políticos, todo ahora se hace comprensible a la luz del misterio de Cristo.
Intentemos ver esa luz en el Evangelio de este I Domingo de Cuaresma que nos presenta a Jesús «llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo». Se entabla una lucha en la cual el diablo despliega todas sus armas de seducción y engaño -los placeres de la comida, la fama y las riquezas de este mundo- para apartar a Jesús de su misión y arruinar la obra de la redención. El diablo se atreve a tentar al mismo Salvador, es decir, intenta dar un golpe de destrucción y de muerte en la fuente misma de la Vida; el «señor de la muerte» (cf. Heb 2,14) se enfrenta con aquel que dijo: «Yo soy la Vida» (Jn 14,6). Y queda derrotado: «Entonces el diablo lo deja».

Este Evangelio nos quiere enseñar que Cristo es la única esperanza del mundo en su lucha contra el mal y la muerte. Él es el único que nos puede dar la paz: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). El diablo ?es homicida desde el principio? (Jn 8,44), desde que engañó e hizo caer a nuestros primeros padres: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab 2,24). De ella nos libra Cristo que, por su parte, dice: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).
El tiempo de la Cuaresma se nos ofrece para dedicarnos de manera más asidua a la oración, para liberarnos de los placeres de este mundo, por medio del ayuno, y para resistir a la seducción de las riquezas, por medio de la limos-na. De esta manera nuestra inteligencia será iluminada para comprender que el único que nos puede salvar en este momento dramático de la historia es Cristo. Él es la única fuerza salvífica y vivificadora que vence a las fuerzas de muerte que se han desatado en el mundo. No nos salvará la fuerza de los misiles, pues ?nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino… contra los espíritus del mal. Por eso -sigue exhortando San Pablo- tomad las armas de Dios… la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu…? (Ef 6,12-18). La Cuaresma es un tiempo de conversión a Cristo. Él ayunó y oró cuarenta días y así nos enseña que con estas armas se vence al diablo.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Los Angeles (Chile
Jesús fue tentado por Satanás (1). Él lo permitió para enseñarnos a vencer las tentaciones.

El diablo siempre se mueve con astucia (2). Nos conoce. Lleva siglos haciendo lo mismo. Ofrece exactamente lo que nos apetece en cada momento.

Satanás, nos tienta aprovechando nuestras necesidades. Pero también se aprovecha de nuestra vanidad y de nuestras ambiciones.

Es un buen negociante. Conoce las técnicas del marketing. Por eso, las tentaciones dan gato por liebre. Satanás trata de vendernos cosas estropeadas. Lo suyo es la publicidad engañosa.

En el fondo quiere engañarnos en lo principal, en que desconfiemos de Dios, porque él odia a Dios.

Conoce nuestros puntos débiles y sabe cuando actuar. Después de que Jesús estuviese muchos días sin comer, se sentía débil. Justo en ese momento se acerca el tentador y le dice:

Di que estas piedras se conviertan en pan

.

Jesús rechaza con energía lo que le pedía el diablo, aunque también se lo pidiese el cuerpo. Y reacciona así, porque Jesús había venido a hacer la voluntad de su Padre y no a darse gusto.

En la segunda tentación, el diablo le dice que se tire desde lo alto del templo, a la vista de todos, porque Dios no permitirá que caiga al suelo.

Si hacía lo que Satanás le pedía, todo el mundo quedaría admirado y muchos le seguirían con facilidad: ¡qué cosa más inteligente! podríamos pensar. Eso mismo quiere el diablo que hagamos nosotros, que busquemos quedar bien en todo lo que hacemos.

En la última tentación, el demonio ofrece a Jesús la gloria y todos los reinos de la tierra, si se arrodilla y le adora.

Esta tentación es la peor de todas: que no sirvamos a Dios, que le sirvamos a él. Es muy raro encontrarnos con gente que adore al diablo directamente, eso es lo que él querría. Pero indirectamente le adoramos cuando consigue que hagamos su voluntad, que es separarnos de Dios, que es nuestro Padre.

En definitiva, el demonio promete siempre más de lo que puede dar. La felicidad está muy lejos de sus manos. Toda tentación es siempre un miserable engaño.

María nunca actuó con engaño, siempre vivió cara a la Verdad. Y sus vestidos son luminosos.
Ella nos ayudará a descubrir las mentiras del diablo, que aunque se vista de Prada nos es tan mono, tiene cuernos para herir a los demás

(1) Cfr. Evangelio de la Misa: Mt 4, 1-11.- (2) Cfr. Primera lectura: Gen 2,79;-3, 1-7.-

Ver homilía extensa



Jesús fue tentado por Satanás (Cfr. Mt 4, 11). Él lo permitió para enseñarnos a vencer las tentaciones.

El diablo siempre se mueve con astucia. Nos conoce. Lleva siglos haciendo lo mismo. Ofrece exactamente lo que nos apetece en cada momento. El diablo es capaz de cualquier cosa, y, a veces, incluso
se viste de Prada.

Satanás, nos tienta aprovechando nuestras necesidades. Pero también se aprovecha de nuestra vanidad y de nuestras ambiciones.

Los que practican el yudo, dicen que hay que saber aprovechar los movimientos del otro para derribarlo. Pues Satanás sabe como aprovechar hasta nuestras cosas buenas -nuestras fuerzas- para derribarnos.

Podemos repetirle ahora al Señor: no nos dejes caer en la tentación.

El diablo es un buen negociante. Conoce las técnicas del marketing. Por eso, las tentaciones dan gato por liebre. Trata de vendernos cosas estropeadas. Lo suyo es la publicidad engañosa.

Hacer lo que nos pide es llevarnos al huerto aunque parezca que no, aunque pensemos que nos va a mejorar la vida. Va quemando etapas hasta que consigue tenernos para él. Hay un cuento antiguo que nos muestra su manera de actuar.

Un hombre rico se arruinó por completo y se quedó sin nada para comer. Eso le llevo a estar triste y preocupado.

Un día que iba solo por el monte se encontró con el demonio. El tentador sabía por qué estaba triste. Le propuso que si le obedecía en todo le sacaría de la pobreza y le haría el hombre más rico del mundo. Entonces hicieron un pacto.

Satanás le dijo que fuera a robar donde quisiera y que él lo protegería. Cuando estuviera en peligro solo tenía que llamarle y decir: «Socorredme, don Martín».

El hombre fue de noche a casa de un mercader, y, al llegar, la puerta se la abrió el propio diablo, que hizo lo mismo con la caja fuerte, y se llevó mucho dinero.

Al día siguiente hizo un robo muy grande, y después otro, hasta que fue tan rico que ya no se acordaba de la miseria que había pasado.

No satisfecho con haber salido de la pobreza, siguió robando hasta que lo cogieron. Pero, cuando le pusieron la mano encima, llamó a don Martín que llegó de prisa y le libró en seguida.

Al ver el hombre que don Martín cumplía su palabra, volvió a robar. En uno de estos robos fue otra vez preso, le llamó pero don Martín no acudió tan de prisa como él hubiera querido.

Los jueces habían empezado ya a hacer sus investigaciones. Cuando llegó el diablo, el hombre le dijo: –¡Ah, don Martín, cuánto miedo he pasado! ¿Por qué no habéis venido antes?

Le contestó que estaba ocupado con un asunto muy urgente y que por eso se había retrasado, pero le sacó de la cárcel.

De nuevo robó y de nuevo le pillaron. Esta vez le condenaron a muerte. Don Martín recurrió al indulto real y de este modo volvió a libertarle.

Siguió robando y otra vez lo cogieron. Llamó a don Martín, pero cuando vino el hombre estaba ya al pie de la horca.

Al verle le dijo: –¡Ay, don Martín, que esto no era broma! No sabéis el miedo que he pasado.

El diablo le dijo que no se preocupara, que traía una bolsa llena de dinero para sobornar al juez y así librarlo de la muerte.

El juez había dado ya la orden de ejecución y estaban buscando una cuerda para ahorcarlo. Mientras la buscaban, se acercó el hombre al juez y le tendió la bolsa que le había dado don Martín.

Pensando el juez que tendría mucho dinero, intentó librarle de la horca. Empezó a decir que Dios no quería que se ahorcase a ese hombre porque no encontraban la cuerda para hacerlo.

Se apartó un poco para ver el contenido de la bolsa y, en lugar de dinero lo que encontró fue una soga para la horca.

Cuando estaba con la cuerda al cuello, volvió a llamar a don Martín para que le salvase como otras veces. Pero don Martín replicó que él siempre ayudaba a sus amigos hasta el momento en el que se los podía llevar.

Termina el cuento con una enseñanza: El que en Dios no pone su confianza, en lo principal sufrirá malandanzas.

En el fondo quiere engañarnos en más importante, que desconfiemos de Dios, porque él odia a Dios.

Señor, Tú eres mi refugio y fortaleza, que nunca desconfíe de Ti.

Satanás va poco a poco. Volvamos a las tentaciones de Jesús. En la primera tentación, el Señor se sentiría débil después de haber estado muchos días sin comer. Justo en ese momento se acerca el tentador y le dice: di que estas piedras se conviertan en pan.

Conoce nuestros puntos débiles y sabe cuando actuar. El diablo nos tienta en el mejor momento: cuando nos tumbamos en el sofá y encendemos la tele, cuando vamos a divertirnos a un sitio donde hay poca luz, mucha música y poco espacio, cuando hemos pillado el puntillo, cuando estamos enfadados porque nos han regañado por algo o nos ha salido mal un examen.

Jesús rechaza con energía lo que le pide el diablo, aunque también se lo pidiese el cuerpo. Y reacciona así, porque Jesús había venido a hacer la voluntad de su Padre y no a darse gusto.

Señor ayúdanos a cortar con la tentación. Date prisa en socorrernos.

En la segunda tentación, el diablo le dice que se tire desde lo alto del templo, a la vista de todos, porque Dios no permitirá que caiga al suelo.

Si hacía lo que Satanás le pedía, todo el mundo quedaría admirado y muchos le seguirían con facilidad: ¡qué cosa más inteligente! podríamos pensar.

Eso mismo quiere el diablo: que busquemos quedar bien en todo lo que hacemos. Pero no descaradamente: que busquemos quedar bien nosotros, pensando que también lo hacemos por los demás.

En la última tentación, el demonio ofrece a Jesús la gloria y todos los reinos de la tierra, si se arrodilla y le adora.

Esta tentación es la peor de todas: que no sirvamos a Dios, que le sirvamos a él. Es muy raro encontrarnos con gente que adore al diablo directamente, eso es lo que él querría.

Pero indirectamente le adoramos cuando consigue que hagamos su voluntad, y no lo que Dios nos dice. El Señor es nuestro Padre, y quiere nuestro bien.

Satanás, lo sabe, y como lo odia, quiere que nosotros desconfiemos de Dios, y así seamos felices.

Indudablemente contra Dios nada puede, pero contra nosotros, que somos sus hijos si. Y como ve que el Señor nos quiere tanto, intenta lograr nuestra perdición.

Todo lo que Satanás sabe es engañar. Nunca dice la verdad completa. Envuelve con papel de regalo la soga con la que quiere asfixiarnos.


En definitiva, el demonio siempre promete y da algo de placer, para que piquemos el anzuelo. Pero la felicidad está muy lejos de sus manos. Toda tentación es siempre un miserable engaño. Se ve después. Además crea adicción, porque es una droga que nos hace esclavos.

María nunca actuó con engaño, siempre vivió cara a la Verdad. Y sus vestidos son de luminosos.

Ella nos ayudará a descubrir las mentiras del diablo, que aunque se vista de Prada nos es tan mono, tiene cuernos para herir a los demás.
 

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