06 Ene

ENFRENTAMIENTO ENTRE UNA MORAL AUTORITARIA Y LOS DESEOS DE LIBERTAD

El tema central de La casa de Bernarda Alba es el enfrentamiento entre dos fuerzas contrapuestas: la moral autoritaria frente al deseo de libertad. El llamado “principio de autoridad” impide la realización personal de los individuos, lo que provoca su frustración, que recae, como sucede en otras obras teatrales del escritor granadino (Mariana Pineda, Bodas de sangre, Yerma), en mujeres, concretamente en cinco hermanas que no podrán ser felices por culpa del autoritarismo inflexible, represivo y tiránico de su madre, Bernarda.

El luto y la casa como cárcel

Esta, tras la muerte de su segundo marido, asume el papel del hombre y, basándose en la tradición familiar (“así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo”) y en la autoridad que le confiere su posición de “cabeza de familia”, impone a sus hijas un riguroso luto de ocho años, lo que las condena a permanecer encerradas en vida en la casa. Bernarda les dice que se hagan a la idea de que “hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas”; el lugar que se convierte así en la cárcel de su juventud y de sus deseos (salir de casa, amar, casarse, actuar y opinar libremente).

Bernarda Alba: La encarnación del despotismo

Bernarda Alba encarna, pues, la autoridad injusta y despótica basada en una moral social tradicional y conservadora, que se fundamenta en convenciones sociales, preceptos negativos, limitaciones y prohibiciones. Citamos algunas palabras pronunciadas por Bernarda que ejemplifican bien dicha moral: “látigo y mula para los hombres, hilo y aguja para las hembras”, “silencio”, “luto”, “virginidad”, “obediencia”.

Su poder absoluto y sin límites, reflejado también en su lenguaje enérgico, brusco y tajante, está guiado por unos principios convencionales que exigen un comportamiento público intachable, es decir, una imagen social u honra limpia e inmaculada. Se muestra más preocupada por la decencia, por el qué dirán (“¡Cuánto hay que sufrir y luchar para hacer que las personas sean decentes y no tiren al monte demasiado!”, dice al principio de la obra) que por las necesidades y la felicidad de sus hijas, que solo tienen, en palabras de Bernarda, “el derecho a obedecer” pues “aquí se hace lo que yo mando”. Cualquier réplica es atajada inmediatamente y considerada una insolencia.

La obsesión por la honra y el control

La obsesión por conservar la honradez, así como el temor a las murmuraciones y críticas de las vecinas, provoca que aísle a sus hijas. Cada una de ellas debe someterse a su poder opresivo, a su control, a su orden y disciplina, o bien sufrirá las consecuencias. Para Bernarda, “una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en enemiga”.

La rebeldía de Adela

Sin embargo, el deseo de libertad y el amor apasionado que Adela, la hija menor, siente por Pepe el Romano, el prometido de su hermana mayor, Angustias, son más fuertes que su temor a la autoridad materna. Desde el comienzo de la obra, Adela manifiesta su rebeldía en varias ocasiones:

  • Lleva un abanico de flores rojas y verdes en lugar del abanico negro prescrito por el luto.
  • Se prueba su vestido verde y lo luce ante las gallinas.
  • Expresa sus deseos de libertad y su decisión de romper con las normas de Bernarda.

Al final se produce el enfrentamiento directo con su madre: le arrebata el bastón (símbolo de su autoridad), lo rompe y defiende su recuperada libertad, pero la disfruta de modo efímero. Con el suicidio de Adela —último signo de rebelión en defensa de una libertad imposible— se impone la sombría y oscura dominación de Bernarda, cuyas hijas se ven condenadas a vivir encerradas sin la más mínima esperanza.

El núcleo temático: Realidad frente a deseo

Así pues, si Bernarda representa el autoritarismo opresor y una forma de vida dominada por las apariencias, las convenciones sociales y la moral tradicional, la actitud de su hija Adela representa la libertad del individuo que, guiado por su pasión, se subleva contra un régimen autoritario para satisfacer sus ansias de libertad. En este enfrentamiento entre autoridad y libertad, o conflicto entre realidad y deseo (o de convenciones contra naturaleza, opresión contra instintos, represión contra rebeldía, poder contra sexualidad, etc.) reside el núcleo temático y estructurador de la obra.

Solo una de las dos fuerzas antagónicas puede sobrevivir. Vence el autoritarismo opresor, el orden consolidado e intransigente, la sociedad que coarta, censura (“nos pudrimos por el qué dirán”, dice una de las hijas) e impide la realización de los deseos y las ilusiones del individuo cuya identidad propia, individual y única es imposible. Ante tal frustración, a Adela únicamente le queda una salida: el suicidio. Las otras hijas (Angustias, Magdalena, Amelia y Martirio) aceptan con sumisión y resignación la suerte que les ha correspondido. Las criadas (Poncia y la Criada), aunque la odian, no se atreven a enfrentarse a Bernarda y solo se limitan a murmurar a sus espaldas.

La locura de María Josefa

Hay otro personaje que también da cauce a su rebelión: María Josefa, la madre de Bernarda. Lo hace a través de la locura, única vía de escape para un personaje maltratado y enclaustrado en una habitación. Su prisión resulta aún más asfixiante que la de las hijas de Bernarda al ver reducido aún más su espacio vital. Sus palabras expresan la tiranía de la madre y el sufrimiento de sus sobrinas, así como sus deseos de libertad y de casarse: “¡Quiero irme de aquí, Bernarda! ¡A casarme a la orilla del mar, a la orilla del mar!”.

Su locura le dará a Adela fortaleza para proclamar sus anhelos de libertad, enfrentarse a su madre y denunciar el sometimiento al control y el poder de Bernarda. En definitiva, la opresión y el autoritarismo de Bernarda provoca dos respuestas, estériles, en búsqueda de libertad: la locura de María Josefa y el suicidio de Adela.

Deja un comentario