06 May

La Obra Reformadora del Primer Bienio

Tras la dictadura de Miguel Primo de Rivera, España entró en una etapa de inestabilidad política. Durante la llamada “Dictablanda”, la oposición republicana se organizó y firmó el Pacto de San Sebastián (1930) con el objetivo de instaurar un gobierno provisional y acabar con la monarquía. Las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 se interpretaron como un plebiscito sobre el apoyo a la monarquía o la república: aunque los monárquicos obtuvieron más concejales en conjunto, el triunfo republicano en las ciudades donde los caciques no tenían tanta influencia se interpretó como un rechazo al régimen. Como consecuencia, el 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República y el rey Alfonso XIII abandonó el país.

Se formó entonces un Gobierno Provisional presidido por Niceto Alcalá-Zamora, que impulsó un programa de reformas destinado a modernizar y democratizar España. Estas reformas buscaban establecer un Estado democrático, laico y social de derecho, tal y como recogía la Constitución de 1931, además de transformar las estructuras económicas, sociales y políticas.

Medidas clave del Bienio Reformista (1931-1933)

Entre las primeras medidas destacan la reforma militar impulsada por Manuel Azaña, la secularización del Estado, el impulso a la educación pública y los primeros proyectos de reforma agraria. Sin embargo, este proceso se vio limitado por el contexto internacional de la Gran Depresión, que provocó desempleo y reducción de recursos, además de problemas internos como el paro agrario, la deuda pública y la oposición de sectores conservadores y élites económicas.

  • Ámbito socio-laboral: Se estableció la jornada laboral de ocho horas, se reguló el derecho de huelga y se crearon jurados mixtos para mediar en conflictos laborales, además de mejorar la seguridad en el trabajo. A pesar de estos avances, el aumento del paro y la falta de recursos provocaron un incremento de huelgas y conflictos sociales, especialmente promovidos por la CNT y la FAI.
  • Reforma agraria: La Ley de Reforma Agraria de 1932 buscaba redistribuir las tierras expropiadas a grandes terratenientes, muchas de ellas semiabandonadas o mal gestionadas, para mejorar la vida de los campesinos, apoyándose en el Instituto de Reforma Agraria.

Transformaciones sociales y territoriales

En el terreno religioso, se impulsó un Estado laico basado en la libertad de cultos, con medidas como la expulsión de los jesuitas, la prohibición de que la Iglesia desarrollara actividades educativas y económicas, y la implantación del matrimonio civil y el divorcio. Estas decisiones provocaron una fuerte oposición de la Iglesia y de los partidos católicos, como Acción Popular y la CEDA.

La reforma militar de Azaña buscó someter el ejército al poder civil, reduciendo el número de oficiales mediante jubilaciones voluntarias y creando la Guardia de Asalto. Aunque se logró disminuir el número de mandos, persistió una fuerte oposición dentro del ejército, que se manifestó en intentos de golpe de Estado como la Sanjurjada.

En cuanto a la organización territorial, se impulsó la descentralización mediante la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña en 1932, que otorgó amplias competencias a la Generalitat. Sin embargo, esta política generó rechazo en sectores conservadores y centralistas, y los estatutos del País Vasco y Galicia quedaron paralizados.

Por último, en el ámbito educativo, se promovió un sistema laico, gratuito y mixto, con la construcción de miles de escuelas, el aumento del número de maestros y la mejora de sus condiciones laborales, además del desarrollo de iniciativas como las Misiones Pedagógicas. A pesar de ello, la falta de recursos y la oposición de sectores conservadores limitaron su alcance.

El fin del reformismo y la polarización

Las elecciones de noviembre de 1933 dieron la victoria a la derecha, especialmente a la CEDA, lo que dio inicio al Bienio Conservador. Este periodo supuso la paralización o incluso el retroceso de muchas de las reformas anteriores: se frenó la reforma agraria, se redujeron las medidas laborales, la Iglesia recuperó parte de su influencia y se detuvieron los avances en descentralización.

En conjunto, estos cambios y tensiones provocaron un aumento de la polarización social y política en España, creando un clima de conflicto que desembocaría en acontecimientos posteriores como la Revolución de 1934 y, finalmente, la Guerra Civil tras el triunfo electoral del Frente Popular.

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