13 May

La Propuesta Vitalista de Friedrich Nietzsche: Voluntad de Poder y Eterno Retorno

El superhombre, la voluntad de poder y el eterno retorno son los tres conceptos fundamentales de la filosofía positiva de Nietzsche; es decir, de su propuesta vitalista. Esta aparece especialmente en Así habló Zaratustra, obra en la que el profeta Zaratustra anuncia la muerte de Dios, el advenimiento del nuevo hombre y proclama la afirmación de la vida y de la voluntad de vivir.

Una vez asumida la muerte de Dios y superada la etapa del nihilismo negativo, los seres humanos deben reinventar libremente su futuro en busca de una vida más plena e intensa. Desde esta nueva interpretación, la vida es entendida como voluntad de poder; es decir, como el impulso, fuerza o ímpetu de todo ser viviente hacia su duración, crecimiento y superación. La voluntad de poder es voluntad de superarse y de crear.

Frente al ideal ascético de la cultura occidental, basado en la resignación, la renuncia, el desprecio de los instintos y la represión de las pasiones, la voluntad de poder representa la afirmación de la plenitud existencial. Es poder sobre la propia vida, el esfuerzo por vivir una vida mejor, más noble, más intensa y más digna de ser vivida. Desde esta perspectiva, será bueno todo aquello que aumente e intensifique la voluntad de poder, y será malo todo lo que impida o dificulte su desarrollo. Nuestra vida habrá merecido la pena si en ella nos hemos atrevido a intensificar la voluntad de poder y a vivir plena e intensamente.

El Eterno Retorno y el Amor Fati

Esta propuesta vitalista está inseparablemente unida a una de las ideas más arriesgadas y extrañas de Nietzsche: el eterno retorno, según la cual todo se repetirá un número infinito de veces. Es una idea arriesgada porque rompe radicalmente con la concepción lineal del tiempo y de la historia propia de la cultura occidental, una concepción que, además, daba sentido a la historia mediante la idea de progreso.

La tesis nietzscheana del eterno retorno expresa la máxima reivindicación de la vida. La vida es fugacidad, nacimiento, duración y muerte, y en ella no hay nada permanente. Sin embargo, podemos recuperar la idea de permanencia haciendo que el propio instante dure eternamente, no porque no termine nunca, sino porque se repite sin fin. El eterno retorno sostiene que los acontecimientos de nuestra vida han de regresar eternamente para ser vividos de nuevo de forma idéntica.

Por eso, el eterno retorno nos impulsa a vivir de tal modo que estemos dispuestos a repetir nuestra vida infinitas veces. En este sentido, expresa el amor fati: desear que las cosas sean como son, querer que nada sea distinto, ni en el pasado ni en el futuro. La idea del eterno retorno sirve así para comprobar si somos capaces de decir «sí» a la vida, porque nos obliga a preguntarnos si aceptaríamos que cada instante de nuestra existencia se repitiese eternamente.

El Superhombre y las Tres Transformaciones del Espíritu

En estrecha relación con estas ideas aparece el concepto de superhombre. El superhombre de Nietzsche es el nuevo hombre, el artífice al que, tras la muerte de Dios, corresponde crear nuevos valores mediante la transmutación de los valores. Es el hombre que encarna la voluntad de poder, que ama la vida y su devenir en toda su plenitud.

En este sentido, el superhombre es el heredero de la muerte de Dios; es decir, el espíritu fuerte y libre que se ha liberado de la sujeción a Dios y de todo lo que este simboliza. Es también el nuevo hombre, contrapuesto al «último hombre», que representa al hombre mediocre, servil, sumiso y masa. Además, es el hombre del futuro, la esperanza y el fin más elevado de la Humanidad.

Su superioridad es de carácter vital y espiritual: encarna una voluntad de poder sana, ascendente y vital, porque afirma la vida en toda su plenitud; niega cualquier «más allá», lo que expresa su mundaneidad; y se reconoce como creador de nuevos valores, lo que muestra su creatividad.

Las tres transformaciones

El superhombre es el resultado de tres transformaciones del espíritu:

  • El camello: Se arrodilla para cargar con el peso del deber. Simboliza a quienes aceptan y obedecen ciegamente los valores y normas establecidas; representa al hombre domesticado por el cristianismo.
  • El león: Se transforma en león cuando quiere arrojar los viejos valores trascendentes y conquistar su libertad. El león simboliza al negador, al nihilista activo, y representa al hombre previo al superhombre.
  • El niño: Pero el león todavía no puede crear nuevos valores. Por eso debe transformarse en niño. El niño está más allá del bien y del mal: es plenamente inocente y libre de prejuicios, por lo que puede crear nuevos valores.

El superhombre encarna la inocencia del niño. Es aquel en quien la voluntad de poder se manifiesta con su auténtica fuerza creadora. Es el creador de nuevos valores vitales. Es el «sentido de la tierra»: rechaza la moral de esclavos y la obediencia, rechaza la conducta gregaria y la moral del rebaño, crea valores fieles al mundo de la vida y a la vida terrenal, vive en la finitud, no cree en ningún sentido trascendente, no teme la diferencia y ama la intensidad de la vida. El superhombre es el hombre que dice «sí» a la vida en toda su plenitud.

Karl Marx: Materialismo Histórico y la Crítica al Capitalismo

La filosofía de Karl Marx (1818-1883) solo puede ser entendida desde el hecho histórico que supone la consolidación del capitalismo y la entrada en la Historia de la clase social del proletariado como una poderosa fuerza revolucionaria. Tomará de Hegel la dialéctica, de Feuerbach el materialismo, de la economía inglesa el conocimiento de las leyes del funcionamiento del capitalismo, y del socialismo la defensa del carácter colectivo del trabajo.

La filosofía de Marx es, además de una investigación económica (El Capital), una teoría político-ideológica al servicio del proletariado, cuyo objetivo último será la implantación del comunismo (Manifiesto comunista). Marx considera que la filosofía tiene una función eminentemente práctica: la de transformar el mundo y, más concretamente, la de acabar con el sistema capitalista y con la desigualdad social y la explotación del proletariado. Su análisis de la sociedad y de la historia tendrá una gran influencia tanto en el ámbito del pensamiento social del siglo XX (marxismos diversos y Escuela de Frankfurt), como en la política efectiva de buena parte de las sociedades de este mismo siglo.

La Alienación Económica en el Trabajo

El tema central es la alienación del hombre en el trabajo; es decir, la alienación económica, que para Marx es la forma de alienación básica y fundamental. El autor nos describe las condiciones y consecuencias del trabajo enajenado en el seno de la sociedad capitalista. El sistema capitalista está basado en relaciones de producción de explotación, que obligan al trabajador a vender su trabajo, convirtiéndose en algo ajeno, externo al trabajador (extraño), que ya no pertenece a su ser, sino a otros: al burgués capitalista. El obrero se ve expropiado de su trabajo y de los frutos de su trabajo, que pasan a ser propiedad del burgués capitalista, y él mismo se convierte en mercancía.

Para Marx, la esencia del hombre es el trabajo, entendido como actividad productiva en virtud de la cual el hombre se relaciona con la naturaleza y con el resto de los hombres de forma creativa y transformadora. Esta actividad constituye para Marx la más alta y plena realización de las posibilidades humanas.

Consecuencias del Sistema de Producción Capitalista

Sin embargo, en el sistema de producción capitalista el trabajo no es el lugar ni la actividad que permiten al hombre realizarse, sino todo lo contrario. En el trabajo, el hombre se cosifica y se deshumaniza, y es desposeído de su esencia (cuanto más trabajo pone el obrero en el producto de su trabajo, menos le pertenece).

Por eso, para el obrero el trabajo se convierte en algo forzado, en una actividad que no es satisfactoria ni creativa, sino solo un medio para sobrevivir. En esas condiciones, el trabajo es una actividad de autosacrificio y de renuncia, dándose la paradoja de que el hombre solo está «dentro de sí» cuando está fuera del trabajo (porque en el trabajo está «fuera de sí»). En esto consiste la alienación económica para Marx, sobre la cual se levanta la acumulación del capital en manos del capitalista y que tiene su origen en el trabajo realizado por el obrero y no remunerado.

Alienación Religiosa y la Superación del Capitalismo

Marx compara la alienación en el trabajo propio de la sociedad capitalista con la que se produce en el ámbito de la religión. De la misma manera que el trabajo aparece ante el trabajador como algo diferente y separado de él, en el fenómeno religioso también se produce el extrañamiento de lo que no es más que el producto de la imaginación, la mente y el corazón humanos. Es el hombre quien crea a Dios, proyectando en él nuestras mejores cualidades idealizadas. Pero Dios aparece como un ser separado y ajeno, enfrentado incluso a nosotros mismos, sus creadores.

Y es que, además, para Marx la alienación religiosa tiene un origen económico, social y político cuyo objetivo es legitimar y perpetuar el orden establecido; es decir, la injusticia social y la miseria del proletariado, al que le promete la compensación por su sufrimiento en este mundo en el «más allá» («La religión es el opio del pueblo», dice Marx).

La alienación para Marx no es un estado natural, sino solo histórico y transitorio. Toda forma de alienación acabará con el fin de la alienación económica o enajenación del trabajo, lo cual, para Marx, solo se producirá cuando se acabe con el modo de producción capitalista y se instaure el comunismo: una sociedad sin clases en la que habrá desaparecido la propiedad privada y la explotación de unos hombres por otros.

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