18 Ene
De Dante a Joyce: representación de la realidad, subjetividad y conciencia moderna
(Auerbach – Eco – Bürger)
Los textos de Erich Auerbach sobre Farinata y Cavalcante, de Umberto Eco sobre Ulysses y de Peter Bürger sobre Montaigne permiten trazar una línea de evolución fundamental en la literatura occidental: el paso desde una representación de la realidad anclada en una cosmovisión trascendente y moralmente ordenada hacia una literatura centrada en la conciencia, la subjetividad y la fragmentación de la experiencia moderna. Aunque pertenecen a momentos históricos muy distintos, los tres textos dialogan en torno a una misma cuestión central: cómo se representa la realidad humana y el yo en la literatura.
1. Dante (Auerbach)
En Farinata y Cavalcante, Auerbach analiza un episodio de La Divina Comedia de Dante para mostrar una transformación decisiva en la representación literaria medieval. Dante sitúa a personajes históricos reales en un marco sobrenatural, el Infierno, pero los dota de una profundidad psicológica y una individualidad desconocidas en la tradición clásica. Farinata degli Uberti aparece como un político orgulloso, firme en sus convicciones incluso tras la muerte, mientras que Cavalcante de’ Cavalcanti irrumpe dominado por la angustia paterna. Ambos comparten castigo, pero no identidad psicológica: cada uno conserva los rasgos esenciales de su vida terrenal.
Auerbach subraya que esta representación rompe con la épica clásica, donde los personajes aparecen completamente definidos y sin ambigüedad interior. En Dante, por el contrario, los personajes poseen interioridad, conflicto emocional y tensión psicológica, y el lector debe deducir su carácter a partir de gestos, silencios y reacciones. Esta forma de representación inaugura una literatura en la que lo humano, lo histórico y lo cotidiano entran en la literatura seria, aunque todavía dentro de una visión cristiana del mundo que fija definitivamente la identidad del alma tras la muerte.
Desde esta perspectiva, la identidad en Dante es profunda, pero no problemática: los personajes están «históricamente determinados», pero no se cuestionan a sí mismos. El yo aparece como una esencia moral fijada por las decisiones tomadas en vida. Aquí resulta productivo introducir el análisis de Peter Bürger sobre Montaigne, ya que permite entender qué ocurre cuando esta concepción estable del sujeto empieza a resquebrajarse.
2. Montaigne (Bürger)
En La autoafirmación del yo escéptico, Bürger muestra cómo Montaigne rompe con el modelo cristiano clásico del sujeto, garantizado por Dios y organizado en una estructura temporal coherente. Frente a este modelo, Montaigne presenta un yo empírico, cambiante, inestable y fragmentario. El ser humano ya no es una unidad moral sólida, sino una suma de estados, instantes y contradicciones. Sin embargo, esta inestabilidad no conduce a la disolución del yo, sino a una nueva forma de identidad basada en la facultad de juzgar (jugement, ‘juicio’), que permite al sujeto reconocerse como el mismo a pesar del cambio.
Esta concepción del yo escéptico resulta clave para comprender la evolución posterior de la literatura. Mientras que en Dante la identidad está fijada para la eternidad, en Montaigne el yo se experimenta como mutable y contradictorio, pero seguro de sí mismo sin necesidad de garantías externas. La escritura deja de ser un reflejo de una identidad previa y se convierte en un proceso de autoconstrucción: el yo se constituye escribiéndose.
3. Joyce (Eco)
Esta línea de desarrollo culmina, en la modernidad, en Ulysses de James Joyce, tal como lo analiza Umberto Eco. Joyce lleva hasta el extremo la crisis del sujeto y de la representación iniciada en la modernidad. En Ulysses ya no existe un cosmos ordenado, ni religioso ni racional. La realidad aparece como un flujo continuo de percepciones, pensamientos, recuerdos y asociaciones mentales. La técnica del stream of consciousness elimina el narrador omnisciente y cualquier jerarquía entre los hechos: lo trivial y lo trascendente tienen el mismo valor literario.
Eco subraya que en Ulysses desaparece la idea de un sujeto estable. La conciencia ya no es una entidad fija, sino una sucesión de eventos mentales. En este sentido, Joyce radicaliza la intuición de Montaigne: si el yo es mutable y contradictorio, la literatura debe representar esa mutabilidad sin imponerle un orden externo. A diferencia de Dante, donde los personajes conservan una identidad esencial y fija, en Joyce la identidad es fluida, relativa y provisional.
Sin embargo, Eco insiste en que el aparente caos de Ulysses se apoya en una estructura rigurosa: el esquema homérico, las correspondencias simbólicas, la organización temporal. Este «orden oculto» recuerda, paradójicamente, a la mentalidad medieval, aunque su función ya no sea garantizar un sentido trascendente, sino permitir una obra abierta, susceptible de múltiples interpretaciones. El orden ya no se impone al lector como verdad, sino que funciona como andamiaje invisible.
Comparación y síntesis
Comparados desde esta perspectiva, Dante, Montaigne y Joyce representan tres momentos decisivos en la historia de la representación literaria. En Dante, la realidad humana se representa con profundidad psicológica, pero dentro de un marco teológico que fija el sentido y la identidad. En Montaigne, el yo se vuelve problemático, inestable y escéptico, pero encuentra una nueva forma de unidad en el juicio. En Joyce, finalmente, la realidad y el sujeto se fragmentan definitivamente, y la literatura renuncia a toda jerarquía externa, convirtiéndose en una enciclopedia caótica y total de la experiencia moderna.
Puntos clave
- Dante: representación psicológica dentro de un orden teológico; identidad fijada.
- Montaigne: yo escéptico, fragmentario, autoconstruido por la escritura y el juicio.
- Joyce: conciencia como flujo, identidad fluida; técnica del stream of consciousness y presencia de un orden estructural oculto.
Conclusión
En conclusión, los textos de Auerbach, Bürger y Eco permiten comprender la literatura occidental como una historia de la progresiva interiorización y problematización del yo. Desde la representación histórica y moral de Dante hasta la conciencia fragmentaria de Joyce, pasando por el yo escéptico de Montaigne, la literatura se convierte en el espacio privilegiado donde se ensaya, se cuestiona y se reinventa la identidad humana. Esta evolución no implica una pérdida de profundidad, sino una transformación radical de las formas de sentido, acorde con la experiencia histórica de la modernidad.

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