24 Feb

Las adivinanzas.- Las adivinanzas son un tipo de poesía lírica popular que tiende a esquematizar la expresión, expresión que se complica por el abundante uso de metáforas (unas sencillas y otras deslumbrantes), por los constantes juegos de palabras, por las paradojas, por las entonaciones muy marcadas que se suelen relacionar con la pronunciación del vocablo que se busca enmascarado en la secuencia verbal de los versos. En esta, por ejemplo, encontramos un juego de palabras que obliga al pensamiento a reemprender un orden regresivo:

Las retahílas


– Canciones que se cantan o se dicen con un concreto apoyo gestual o escénico. Encontramos vocablos o frases sin sentido que los niños se inventan para dar forma a determinados momentos de algunos de sus juegos: echar a suertes, escoger pareja, esconder la mano o el pie… En la mayoría de estas retahílas, el niño sólo es receptor del juego o acción, correspondiendo al adulto el papel de emisor (en las canciones de juego, el niño es emisor y destinatario, individual o colectivamente). Algunas de esas retahílas son juegos mímicos, tonadas que el adulto canta al niño muy pequeño, ejecutando con él, o junto a él, una acción que sirve, sobre todo, para jugar pero también para que vaya aprendiendo una serie de movimientos o gestos bastante elementales: giros de la mano, primeros pasos, palmadas, etc (como en a).
Otras retahílas, igualmente transmitidas por el adulto, están dirigidas a los niños que ya pueden intervenir en su ejecución, aunque sea parcialmente (como en b):
a) Cinco lobitos tiene la loba cinco lobitos detrás de una loma. A todos lavó, a todos peinó, Y al más pequeñito, tetita le dio. b) Esta barba…, barbará: Esta boca…, comerá; Esta nariz…, narigueta; Este ojito…, pajarito; Este otro…, su compañerito; Y ¡pum!, ¡tope borreguito!

Las suertes (fórmulas para echar a suertes) son un tipo de retahílas, de contenido absurdo, que tienen como función la de acompañar el inicio de un determinado juego, señalando quién comienza a actuar o quién asume un papel determinado. Muchos juegos infantiles necesitan sortear previamente quién se queda o quién se libra. Además de echarlo a cara o cruz, o a la china (escondiéndola en una de las manos), existe otro procedimiento en el que participan todos los que van a jugar, y por el que se entona una cantinela o sonsonete, marcando el compás (en muchas ocasiones sílaba a sílaba), mientras se señala sucesivamente y por orden a todos los niños participantes. El último señalado es, según lo convenido previamente, quien se libra o quien se queda. El sin sentido por el sin sentido, el placer emocionante de la palabra absurda y, a veces, el puro disparate, es esencial en estas composiciones, que siempre incluyen algún tipo de fórmula para indicar el o lo escogido.

Los trabalenguas


– El trabalenguas es un tipo de juego basado en la complicación sonora de las expresiones sobre las que se construye el texto. Esas expresiones suelen caracterizarse por su ilógica significativa, en ocasiones son auténticos disparates, pero los muchachos experimentan un verdadero placer al tener conciencia de que las usan en el contexto de un juego. Se podrían entender como una especie de burla porque son cantinelas que un emisor propone a un destinatario para que las repita con exactitud, sabiendo de su dificultad y con la casi certeza de que se va a equivocar, lo que provocará la risa o la mofa. El tropiezo silábico supone la pérdida del juego y se busca repitiendo algún fonema especialmente complicado de pronunciar o por la combinación Tema 3 Literatura Infantil: El folklore. Curso 2011-2012 Página 13
continua y apresurada de dos o tres fonemas. En ocasiones se reta al receptor con frases como El que no diga…, Para decir…

3) De juego (corro, comba, filas, columpio…)


Aunque la mayoría de los textos que hemos comentado hasta ahora podrían considerarse juegos infantiles, nos referimos en este caso a las canciones de juego, es decir, composiciones que van necesariamente acompañadas de una mínima acción que, en unos casos, se representa y en otros se mima solamente. Se cantan a coro y da igual que sean interpretadas a la rueda, a la comba, en filas, con saltos, con serpenteos de los niños en cadena, al columpio… Como ya hemos dicho, en estas el niño es emisor y destinatario del juego, mientras que en las retahílas que son juegos mímicos el emisor es un adulto.

4. Burlescas (patrañas, disparates, rechiflas, sarcasmos, cuentos de nunca acabar…)


Son coplillas que tienen como finalidad la burla, la broma. Suele haber una pregunta ingenua, que se completa con contestaciones rápidas y ripiosas, casi insolentes. Para hacer saltar la risa, se utilizan distintos artificios. Por ejemplo:
-El apunte de un sucedido chusco, que tiene gracia, donaire. Esto sería una rechifla
-Coplillas o dichos de una cierta crueldad con los que se humilla o ridiculiza al contrario. A esto se le llama sarcasmo.

-Una secuencia seriada de mentiras encadenadas. Aquí tenemos las patrañas o los disparates.

-También encontramos la artimaña engañosa en los cuentos de nunca acabar, con el desespero y el fastidio del oyente. Los cuentos de nunca acabar son una asociación de la forma métrica y contenido incipientemente narrativo. La estrofa puede ser de dos, tres, cuatro y más versos y en todos ellos queda incluida una fórmula que incita a la repetición, o que proporciona el apoyo para volver a empezar el cuentecillo. La cuestión es que el interlocutor no pueda impedir que volvamos a empezar.

5) Petitorias (Coplas del tiempo, aguinaldos, piñatas, posadas…)

Se trata de peticiones sobre cuestiones diversas, marcadas muchas de ellas por las épocas o momentos en que se llevan a cabo. Algunas son reflejo de las propias necesidades de los mayores, como suelen ser las coplas del tiempo, en las que se solicita cambios climáticos.
Las petitorias más numerosas son los aguinaldos, coplas que se cantan en Navidad, en Carnaval y con las que mozos y niños, en los pueblos y de casa en casa, piden dinero y viandas para, al final del recorrido, organizar la fiesta y la jarana. Esa petición la hacen, a veces así, pidiendo sin más; otras veces se utilizan amenazas, o insultos ante personas roñosas y que no sueltan nada. No son raros los intentos de soborno mediante el exagerado elogio y la adulación.
Dentro de este grupo estarían también las piñatas y las posadas, que prácticamente ya no existen. Las piñatas son canciones y bailes antes de romper una olla llena de dulces y de confetis en el primer domingo de Cuaresma; las posadas eran reminiscencias de escenas evangélicas de María y José buscando cobijo.

6. Cabalísticos (conjuros, ensalmos, invocaciones, pronósticos…)


Se trata de formulillas que los niños utilizan para que se les hagan realidad deseos o situaciones más o menos peregrinas: desaparecer el hipo, no reír, encontrar lo perdido, curar un mal, etc. Las supersticiones de los adultos penetran en los ámbitos infantiles, impregnadas de misterio y simbolismo. Son de algún modo retahílas, pero se distinguen de éstas en el hecho de que las retahílas son estrofas que actúan como parte integrante de juegos colectivos, repitiéndose de forma ritual cuantas veces lo ordenen las reglas del juego. No así las cabalísticas, en las que la voluntad del jugador, frecuentemente en solitario, es la que decide el momento y el número de las reiteraciones. Además estas últimas llevan la carga de fe, de esotérica confianza con que el niño las recita, y por eso aguarda esperanzado a que se opere el milagro.
Con los conjuros se ahuyentan los malos espíritus o, amenazándolos, se les reclama ayuda para obtener algún favor o prebenda. En las invocaciones disminuye la imprecación, si bien continúan patentes las peticiones interesadas. Los ensalmos tienen como misión curar enfermedades o aliviar o eliminar dolores. Los pronósticos son adivinaciones y profecías sobre hechos que van a suceder; es característico de este tipo de composiciones que se usen versos enigmáticos.

7) Didácticas (consejas, refranes, aleluyas…)


En este caso se trata de poesía sentenciosa, doctrinal, o narrativa de la que se desprende más o menos explícita alguna enseñanza. Es evidente que muchos refranes (en los que se vierte la sabiduría popular) escapan, grosso modo, del interés y de la comprensión infantiles; pero también es verdad que bastantes de ellos, por la claridad y belleza de su contenido, por su fácil retención, son manifestaciones apropiadas para el gusto de los niños. Otro tanto podríamos afirmar acerca de las consejas y aleluyas, aunque a éstas hay que sumarles la atención que despierta el relato del suceso lejano o fantástico.

3.2.2. NARRATIVA EN PROSA

Está representada por los cuentos. Además de la conservación y la variación, que son las dos fuerzas que operan en todo texto tradicional, en el cuento influye también el modo narrativo de los informantes: cada narrador introduce, cada vez que lo narra, variaciones que, a la larga, pueden llegar a distorsionar el cuento, a hacer que el cuento se parezca poco al original. Puede decirse que el narrador de cuentos tradicionales es un narrador especializado en el sentido de que son determinados miembros de la comunidad los que por su gracia, memoria, etc., los cuentan. De esta forma, el narrador se siente, no sólo transmisor del cuento tradicional sino dueño de él y se permite establecer modificaciones como añadir detalles del entorno en el que se sitúa la historia, proponer diversos tipos de final según la audiencia (repentino con chistes, cancioncilla que induce a risa, moralizante, etc.)
Los cuentos son la creación del folklore oral más persistente, la más asidua. Por otra parte, son manifestaciones en las que se repiten los mismos asuntos, personajes, credos o creencias, sean cuales sean las tierras o las épocas en que nacieron. Esta coincidencia de motivos, de sucedidos, de ideas puede ser fruto de un posible origen común, pero es más probable que sea fruto de la unicidad de la especie humana. Por eso tales cuentos siguen encontrando en los oyentes ecos lejanos: ni los personajes, ni los acontecimientos de esas narraciones le son del todo ajenas al receptor, porque coinciden con sus impulsos vitales.
Los cuentos populares son numerosísimos; vamos a utilizar una clasificación muy simple atendiendo a la intención con que se desenvuelven los temas, a los ambientes en los que se desarrollan las peripecias de la intriga y a la atmósfera que se crea con la presencia o ausencia de lo maravilloso, o con la irrupción de seres y sucesos distintos a la cotidianeidad. Así, se pueden clasificar en:
a) Los realistas
b) Los maravillosos
c) Los realista-fantásticos.

3.4.2.1. Cuentos realistas

Los temas son los de todos los días, y todo aquello que sea posible, sin que tercien para ello poderes del más allá. Aparecen los hombres, los animales y las cosas como son (o como los vemos). Los hombres son seres de carne y hueso, a quienes les acontece algo digno de ser relatado o por su comicidad, o por la picardía y travesuras, o por el donaire y las ocurrencias, o por la bizarría y la decisión.
Los protagonistas y ambientes son, regularmente, humildes y, con frecuencia, campesinos. A veces, son ladinos o socarrones, que, en su supuesta simpleza, engañan al poderoso y se alzan triunfantes de las pruebas a las que se le someten. Representan, en suma, una contestación del pueblo a las clases dominantes, que acaban en ridículo y derrotadas. Son cuentos de adivinanzas, de trabalenguas, acumulativos de obstáculos que uno a uno se van salvando, llanos o complicados…, variopintos como la vida misma.
3.4.2.2.

Cuentos maravillosos


El paradigma es el cuento de hadas, en donde lo fabuloso y la transgresión de las leyes naturales son factores determinantes para su análisis y etiquetación. Las armas visibles que utilizan para subvertir el orden preestablecido son conjuros, ensalmos, fórmulas rituales, profecías, filtros, ungüentos, talismanes, lámparas, escobas, alfombras, espejos, varas…
El rompimiento de ese orden no es algo anómalo para el niño, que contempla los hechos con una lógica distinta a la del adulto. Al niño le trae sin cuidado la Tema 3 Literatura Infantil: El folklore. Curso 2011-2012 Página 17
verosimilitud del relato: lo que importa es que los sucesos le resuelvan sus apetencias e impulsos primarios. Los personajes y los argumentos son también primarios, sin complicaciones, tipos de una pieza: o buenos o malos, bellos o feos, ricos o pobres, valientes o cobardes… Esas antinomias afectan no sólo a los personajes, sino que se extienden también a los espacios (entornos): palacio o cabaña, castillo o pocilga…
En los cuentos se enfrentan fuerzas rotundamente contrapuestas, en lugares y épocas apartados e inconcretos; esto permite ver nítidamente los seres y las actuaciones y el niño se inclina decididamente por las potencias positivas. A sus héroes les pueden ocurrir tropiezos, desgracias, calamidades, injusticias…, pero al final brillará la victoria y será castigada la infamia. El niño se siente copartícipe en ese triunfo final, y con los finales felices se libera de sus temores como en una gratificante catarsis.
Hay partidarios y hay detractores de los cuentos de hadas. A favor de los cuentos de hadas, se pueden dar las siguientes razones:
– Los niños son muy receptivos a este tipo de cuentos
– Potencian la capacidad crítica
– Estimulan la imaginación y el despliegue de la fantasía.

3.4.2.3. Cuentos realista-fantásticos

Los planos real e insólito se armonizan en el relato realista-fantástico: encontramos ambientes y personajes cotidianos unidos a figuras y acontecimientos fantásticos. A veces es muy difícil trazar la línea divisoria entre lo real y lo fantástico ya que esa división es relativa porque depende, entre otras cosas, de las creencias y de los sedimentos culturales de los receptores.
Los cuentos de aparecidos son los arquetipos, y el diablo, las ánimas en pena y los santos de la catolicidad, los espectros que más asiduamente se repiten.
Los seres del mundo de los muertos se mezclan sin violencia ni extrañezas con los vivientes, que reaccionan ante ellos normalmente o, a lo sumo, con esperada sorpresa y, en contados casos, con asombro. Pero ni siquiera lo consideran un milagro: es un suceso no corriente, contemplado con desenvuelta familiaridad que puede que acarree, esporádicamente, algún empeño moralizador, jamás ningún sermón o alegato teológico.

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