13 Feb

Razón y fe en la Edad Media

Con la expansión del cristianismo en el Imperio romano, la fe cristiana entra en contacto con la cultura clásica y la filosofía griega. Surge así el problema de la relación entre razón y fe, uno de los ejes fundamentales del pensamiento medieval. La visión cristiana las entiende como dos fuentes de conocimiento: la razón es la facultad que permite conocer la naturaleza (la filosofía se vale de ella); la fe consiste en la aceptación de la revelación divina, mediante la cual Dios comunica unos conocimientos.

En época romana aparecen distintas posturas:

  • Algunos autores, como Tertuliano, rechazan la razón en favor de la fe (la famosa fórmula «creo porque es absurdo»).
  • Otros, como los grupos gnósticos, intentan racionalizar completamente la fe, afirmando un conocimiento racional sobre lo divino.
  • La mayoría de los autores de la patrística (por ejemplo, San Agustín) sostienen que razón y fe son complementarias y que la fe ilumina la razón.

Esta última posición triunfa en la Edad Media. La recuperación de Aristóteles y la influencia de pensadores musulmanes como Averroes permitieron el desarrollo de la escolástica, cuya figura principal es Tomás de Aquino. Para él, la razón puede conocer la naturaleza y demostrar la existencia de Dios mediante las cinco vías, sirviendo de preparación para la fe. Sin embargo, las verdades fundamentales para la salvación solo se alcanzan por la fe. En conclusión, la Edad Media se caracteriza por la armonía entre razón y fe y por el papel de la filosofía al servicio de la teología.

La revolución científica

La revolución científica designa la crisis del conocimiento tradicional, basado en el argumento de autoridad, y su sustitución por un conocimiento fundado en el método experimental. Este proceso se inicia en el Renacimiento (siglo XVI) y se prolonga hasta la Ilustración (siglo XVIII), dando lugar al nacimiento de la ciencia moderna.

En la Edad Moderna, Francis Bacon sentó las bases del método experimental al proponer que la ciencia debería basarse en la recopilación de datos y en la posibilidad de revisión por otros científicos. Asimismo, la cosmovisión tradicional era geocéntrica: un cosmos ordenado y con la Tierra inmóvil en el centro. Frente a ella, Copérnico propuso un modelo heliocéntrico, en el que los planetas, incluida la Tierra, orbitan alrededor del Sol. Esta nueva concepción fue confirmada y desarrollada por Galileo y Kepler; a su vez, la matematización de las leyes físicas permitió formular principios desconocidos hasta entonces.

Se produjo también el paso de la visión teleológica aristotélica a una concepción mecanicista y causal de la naturaleza. Newton, con la ley de gravitación universal, eliminó la distinción entre mundo sublunar y supralunar, defendiendo la idea de un universo uniforme. El universo comenzó a entenderse como una gran maquinaria regida por relaciones de causa y efecto. En síntesis, el método científico y la matematización permiten describir y predecir los fenómenos naturales y dieron a luz la ciencia moderna.

La disputa sobre el problema del conocimiento entre racionalistas y empiristas: Descartes y Hume

En la modernidad (siglos XV–XVIII), la filosofía se centra en el problema del conocimiento o epistemología. En este contexto surgen dos grandes corrientes: el racionalismo y el empirismo.

El racionalismo, fundado por Descartes (desarrollado también por Spinoza y Leibniz), se caracteriza por dos elementos principales: la crítica a la filosofía escolástica y la búsqueda de un nuevo método filosófico. Para ello recupera el escepticismo como instrumento para eliminar prejuicios y errores, y desarrolla una nueva metafísica de inspiración matemática. Descartes busca un criterio de verdad indudable mediante la duda metódica (duda de los sentidos, hipótesis del genio maligno, etc.). A través de este proceso alcanza la primera verdad indubitable: cogito, ergo sum (pienso, luego existo), la existencia del yo como algo que piensa. Desde esta certeza, y siguiendo su método (basado en la evidencia, el análisis, la síntesis y la enumeración), deduce la existencia de Dios (sustancia infinita) y la del mundo físico como sustancia extensa, constituyendo así los pilares de su metafísica.

Frente al racionalismo, el empirismo surge en Inglaterra; rechaza también la tradición filosófica, pero no acepta el innatismo racionalista. Defiende que todo conocimiento procede de la experiencia sensible. Representado por Locke, Berkeley y Hume, sostiene que la mente es una tabula rasa, aplica el principio de la copia como criterio de verdad y afirma un fenomenismo según el cual solo conocemos los fenómenos (lo que se nos presenta a los sentidos) y no las cosas en sí.

La felicidad

La felicidad es una aspiración común a todos los seres humanos y uno de los problemas centrales de la filosofía, ya que según cómo la entendamos orientamos nuestra vida y nuestras decisiones. En esta disertación defenderé que la felicidad auténtica requiere un fundamento racional y estable, aunque esta idea ha sido cuestionada por otras concepciones filosóficas.

Descartes sostiene que la felicidad consiste en la paz interior que proporciona el conocimiento seguro y el dominio racional de uno mismo. Para el racionalismo cartesiano, el uso correcto de la razón permite liberarse del error y de las pasiones desordenadas, alcanzando así una satisfacción interior duradera. Una persona que comprende racionalmente qué depende de ella y qué no, y orienta su vida conforme a ideas claras y distintas, puede mantener la serenidad incluso en situaciones adversas. Esto muestra que la felicidad no depende solo de lo externo, sino del control racional del propio pensamiento.

Hume, desde el empirismo, afirma que la razón es esclava de las pasiones y que nuestras acciones, así como nuestra felicidad, están guiadas principalmente por los sentimientos y emociones. Una persona puede sentirse feliz siguiendo sus inclinaciones naturales, sin necesidad de reflexionar racionalmente sobre ellas. Sin embargo, una felicidad basada únicamente en los sentimientos es inestable y cambiante, ya que las emociones varían constantemente. Sin la guía de la razón, los deseos pueden conducir al conflicto interior y a la frustración, impidiendo una felicidad duradera.

En conclusión, Descartes destaca la importancia de la razón como fuente de serenidad y equilibrio interior, mientras que Hume subraya el papel central de los sentimientos en la vida humana. No obstante, como hemos visto, una felicidad fundada solo en las emociones resulta frágil. Por ello, reafirmo que la felicidad auténtica exige un fundamento racional que permita ordenar los deseos y alcanzar una paz interior estable, más allá de los estados emocionales pasajeros.

Comparación de Spinoza con Descartes

Descartes y Spinoza son dos filósofos racionalistas de la Edad Moderna; por lo tanto, los dos pertenecen a la misma corriente. Es interesante comparar sus dos propuestas éticas porque, a pesar de partir desde los mismos principios racionalistas, culminan en concepciones diferentes. De hecho, el propio Spinoza comienza esta parte de su Ética atacando las posturas de Descartes.

En primer lugar, Descartes aplica una concepción dualista a su ética: el ser humano está compuesto de dos sustancias distintas, alma (res cogitans) y cuerpo (res extensa). Las pasiones son afectos del alma producidos por el cuerpo y, aunque pueden ser útiles, deben ser controladas por el alma: por la razón y la voluntad. Para Descartes, esto es el fundamento de la libertad moral: el dominio racional de las pasiones. Así podemos orientar con más seguridad la acción.

Spinoza rechaza el dualismo cartesiano y afirma que mente y cuerpo son dos modos de una única sustancia. En ese sentido, los afectos y pasiones no son vicios ni imperfecciones, sino fenómenos necesarios que se siguen de las leyes de la naturaleza. Por ello, la libertad no consiste en dominar los afectos, sino en comprenderlos a partir de sus causas, transformando los afectos pasivos en activos mediante un conocimiento adecuado. En definitiva, Descartes propone dominar los afectos y pasiones por medio de la razón, mientras que Spinoza defiende comprenderlos racionalmente.

Comparación de Hildegarda de Bingen y Cristina de Pizán

Hildegarda de Bingen y Cristina de Pizán tratan en sus textos la condición de la mujer. Me parece interesante compararlas porque, aunque ambas defienden la dignidad de la mujer y ensalzan su capacidad racional, lo hacen desde perspectivas diferentes. Hildegarda es una autora del siglo XII, vinculada al pensamiento medieval cristiano; Pizán es una escritora de finales del siglo XIV y comienzos del Renacimiento.

Hildegarda tiene una visión teológica y bíblica. Considera que la mujer es parte esencial de la creación. Es, como el hombre, imagen de Dios, y por eso mismo tiene la capacidad de conocer y de amar. Hildegarda se centra también en la diferencia: cada sexo expresa algo distinto (son distintos y complementarios). El varón representa la divinidad de Cristo y el elemento activo de la naturaleza; la mujer, la humanidad de Cristo y el elemento receptivo y fecundo.

Por otro lado, Cristina de Pizán desarrolla una defensa más racional y social de las mujeres. Pizán piensa que la mujer tiene las mismas capacidades que el hombre, y es la sociedad y la falta de educación la que crea diferencias entre sexos. La desigualdad es un producto social. En ese sentido, la autora denuncia el trato que se le da a la mujer dentro de esa sociedad y del matrimonio. En Hildegarda no encontramos esa misma crítica.

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