01 Ene
“Este texto corresponde a la Lección dictada el día 15 de abril, con ocasión de la inauguración del año académico 2014 de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile”.
La misión pastoral de la Iglesia está íntimamente ligada a cómo ella se entiende a sí misma. Esta autocomprensión no ha de buscar su fundamento en la contingencia histórica ni en un constructivismo mutable —sin negar que estos factores contribuyan a la mencionada autocomprensión—, sino que en Jesucristo, quien es su Fundador. Por ello, al momento de preguntarnos por la identidad y el sentido de la Iglesia, tenemos que remitirnos a la voluntad “creadora” de Cristo y a la misión que le quiso confiar a su obra.
El Concilio Vaticano II, haciéndose cargo de esta problemática, y entendiendo la exigencia que el contexto histórico hacía a la comunidad de los discípulos en vista a transparentar de manera más nítida su ser original, buscó responder a la pregunta acerca de cómo se autocomprende la Iglesia y su consecuente misión. En esta dinámica de la autocomprensión se hace nítida progresivamente la denominada “eclesiología de comunión” como una matriz que, en sí misma explica, de manera amplia y profunda, la naturaleza de la Iglesia.
Esta “eclesiología de comunión” encuentra una recepción madura y novedosa en Evangelii Gaudium. La Exhortación Apostólica, en efecto, hace una síntesis y, al mismo tiempo, una propuesta integrando las dimensiones propias de la Iglesia: ser una comunidad de fe, esperanza y caridad (de filiación en Cristo), que expresa su misión, siendo un signo externo de esa unidad viva (de fraternidad en Cristo), pero que se desarrolla en vista de la misión propia de la comunidad de los discípulos, que es evangelizar (de anuncio de Cristo), porque la comunión “esencialmente se configura como comunión misionera”.
Así, la recepción de la “eclesiología de comunión” en Evangelii Gaudium, junto con ser coherente con el Vaticano II, resulta una verdadera provocación a la praxis de la Iglesia, que ha vivido un desarrollo eclesiológico postconciliar centrado en la comunión, pero con una creciente tendencia al “enclaustramiento”, a un “hacer” de “autopreservación” y de “vitalización interna”, más que a un desarrollo evangelizador, que sitúe la misión de la Iglesia “fuera de sí misma”.
Las presentes líneas, junto con hacer una breve exposición de los aspectos centrales de la “eclesiología de comunión” y de su concreción pastoral, visibilizarán de qué manera la reciente Exhortación Apostólica es una contribución novedosa a la autocomprensión de la Iglesia y de su consecuente acción pastoral, mostrándola con una identidad claramente misionera. Para evidenciar estos aportes propondremos algunos criterios o paradigmas que emergen de la propuesta de Francisco y que, a nuestro juicio, son un aporte a la “criteriología” pastoral. En este camino, no obviaremos, finalmente, poner de relieve que este documento, en su mirada de la Iglesia, tiene un antecedente genético en Aparecida.
I. LA IGLESIA: SIGNO E INSTRUMENTO DE COMUNIÓN
La “eclesiología de comunión” es considerada por un importante grupo de teólogos como la innovación más trascendente para la eclesiología postconciliar y para la vida de la Iglesia, especialmente a partir del Sínodo de los Obispos de 1985, que la denominó oficialmente como el concepto clave para comprender todo el acontecimiento conciliar. Esto es relevante porque el concepto de Iglesia (que explica su naturaleza, el “quién es”) explicita la misión de la misma (el “para qué”). Por ello, el punto de partida es preguntarnos qué se entiende por “eclesiología de comunión” en el Vaticano II.
Iglesia, sacramento de comunión
Un primer acercamiento permite dilucidar que esta eclesiología expresa el ser sacramental de la Iglesia y comporta una realidad orgánica constituida por lazos teológico-espirituales que la constituyen como una “comunidad de fe, esperanza y amor” (LG 8). Por tanto, cuando hablamos de “eclesiología de comunión” no hacemos referencia a una comprensión eclesial de carácter organizativo o de reparto de funciones o de poderes, sino, esencialmente, como una comunión con Dios por Cristo en el Espíritu Santo.
La Iglesia es comunión porque hunde sus raíces en la comunión trinitaria, siendo una misteriosa extensión de ella en el tiempo. De esta manera, la comunión trinitaria “se abre a la historia: al ser recibida por el hombre esa comunión rompe, desde lo más profundo, su soledad haciéndolo hijo de Dios y hermano de los hombres”. Consecuencialmente, la Iglesia comunión no está constituida, en primer lugar, por estructuras, sino que es una realidad mistérica que adquiere concreción en la comunidad viva de los discípulos, quienes no se agrupan por simples razones de afinidad, ni siquiera con vistas a una mayor eficacia apostólica ni funcional, sino porque han sido convocados por Cristo (cf. LG 8) para estar en comunión con Él y por eso es “signo e instrumento de la unión íntima con Dios” [filiación]. Él es su fundador, que crea la Iglesia para que sea el Nuevo Israel de Dios (cf. LG 9) [fraternidad]; y es su fundamento, siendo la cabeza que convoca a la unidad en un solo cuerpo.
Iglesia, ícono de la Trinidad en la historia
La comunión de Dios y con Dios se vuelve, entonces, en el principio de la unidad entre los hermanos. Así, la comunión trinitaria se despliega en la Iglesia, y a través de ella, presentándose como el fundamento para su orden y para articular de modo correcto la unidad en la diversidad en el cuerpo eclesial. En palabras de H. De Lubac la Iglesia es “mensajera y artífice de unidad”.
Esta comunión se verifica en varios niveles:
- Entre los miembros (cf. LG 4, 13).
- Entre quienes ejercitan diversas funciones (cf. LG 32).
- Entre la Iglesia universal y las iglesias particulares (cf. LG 10).
- Entre el Sucesor de Pedro y el colegio episcopal (cf. LG 21, 22).
Porque su fundamento está en la Trinidad, la comunión adquiere una amplitud ilimitada. No se trata solamente de la comunión de los hombres con Dios, sino que también genera la comunión de los hombres entre sí: signo e instrumento “de la unidad de todo el género humano” (LG 1). Al mismo tiempo, por ser relacional, la comunión se convierte en misión: “Anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios” (LG 5), abriéndose a un horizonte sin límites, por lo cual la Iglesia naturalmente no puede vivir replegada sobre sí misma, sino que debe atestiguar y comunicar el Misterio que la constituye y le da la vida. De ahí que esta comprensión eclesiológica también tenga honda repercusión en la misión de la Iglesia en el mundo.
Sentido relacional y misionero de la Iglesia
La Iglesia recibió de los apóstoles el solemne mandato de “anunciar la verdad que nos salva para cumplirlo hasta los confines de la tierra” (LG 17). Mediante la predicación del Evangelio y la comunicación del Misterio de la Salvación, la Iglesia atrae a los oyentes a la fe y a la confesión de la misma; mediante el anuncio de que Cristo es la plenitud de lo humano y es camino de felicidad, la Iglesia ilumina el peregrinar de todos los pueblos y los atrae, más allá de su credo.
Esta misión brota de la naturaleza comunional de la Iglesia y, por tanto, no solo implica anunciar, sino “atraer” hacia una realidad llena de sentido y que plenifica la vida del hombre. De ahí que la identidad misma de la Iglesia la empuja a servir al mundo buscando hacer viva la unidad que la explica y que la impele a su acción. Así dicho, no es posible comprender esta misión evangelizadora, connatural a la Iglesia, sin una comprensión relacional y proexistente (misionera) de su ser comunión. Por ello, una mirada completa de la eclesiología develada en la Lumen Gentium exige reconocer en la Gaudium et Spes un complemento indispensable, “la otra cara de la misma moneda”, que permite explicar la totalidad del ser y quehacer de la comunidad viva de los discípulos.
II. LA IGLESIA EN EVANGELII GAUDIUM
En su primera Exhortación Apostólica, Francisco proporciona una reflexión pastoral novedosa sobre la mencionada eclesiología de comunión, en sintonía con la comprensión conciliar, poniendo su acento en la dimensión “extrovertida”. Al respecto, señala que “la intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión esencialmente se configura como comunión misionera” (EG 23).
Desde este prisma, el Papa entiende a la Iglesia volcada a la evangelización, como una comunión dinámica, abierta y en salida. Esta comprensión, en plena coherencia con la naturaleza del Cuerpo de Cristo, reclama una revolucionaria “conversión pastoral” (EG 25), que lleve a que todas las estructuras de la Iglesia se transformen en instrumentos adecuados o cauces expeditos para “la evangelización del mundo actual, más que para la autopreservación” (EG 27). En efecto, “fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones” (EG 23).
Crítica a un modelo pastoral
La propuesta de una Iglesia en “dinamismo de salida” (EG 20) o “Iglesia extrovertida”, junto con ser novedosa, devela una crítica al modo como ha sido comprendida, en no pocas ocasiones, la “eclesiología de comunión”, y la consecuente pastoral que de ella brota. La crítica pareciera apuntar a que expresiones de esta eclesiología han sido implementadas pastoralmente con características “narcisas”, “autopreservantes” y con un marcado acento intraeclesial.
En efecto, el foco de atención ha estado, con preeminencia, en la organización de la Iglesia misma —en sus estructuras— más que en las personas que la constituyen, en los planes pastorales más que en el Evangelio que se debe anunciar, postergando, paradójicamente, el sentido misionero que explica el ser de la Iglesia. La realidad descrita ha favorecido el “enclaustramiento” de muchos bautizados en los límites internos de las parroquias, movimientos u organizaciones eclesiales.
Al respecto, señala Francisco que “si bien se percibe una participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico” (EG 10). Esto conlleva la contradictoria situación de que los discípulos, muchas veces, “se limitan a tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad” (EG 10), olvidando que la vida y la acción evangelizadora de la “Comunión misionera” transcurren principalmente en los diversos escenarios de la historia, en los que el discípulo está llamado a ser “atractivo”, a ser “luz”, a ser “sal”.
Eclesiología de comunión y pastoral de conjunto
Este desarrollo eclesiológico “introvertido” no es un fruto “veleidoso”, sino que ha tenido como motivación fortalecer la comunión interna de la Iglesia —y la comunión con otras comunidades eclesiales no católicas— y la participación de sus miembros, localizando los lugares de encuentro con Cristo y con los hermanos en las “formas” por medio de los cuales se manifiesta la comunidad de los discípulos en un momento de la historia o en un contexto social determinado.
La reminiscencia de esta comprensión “enclaustrada” de la Iglesia la ubico en una parcial interpretación de la denominada Pastoral de Conjunto y su relación con la “eclesiología de comunión”. La señalada interpretación hace creer que estar en “comunión” implica lograr una sintonía mayor con el plan programático de la diócesis u organización eclesial —con la “hoja de ruta”—, tendiendo hacia un creciente centralismo, en desmedro de la dimensión carismática, y confundiendo el concepto teológico de comunión con el de uniformidad.
La misión como lugar de comunión
La denominada comunión misionera subraya como lugar esencial para la comunión no primeramente lo “programático”, sino lo “paradigmático”. Así, lo que constituye la comunión no es el cumplimiento riguroso de un itinerario fraguado por una organización, ni es la uniformidad que puede pretender esa estructura, ni es el centralismo de la gestión pastoral, sino es la común-misión que brota de la unidad entrañable con el Señor.
Esta acentuación de la “comunión en la misión” implica un giro copernicano que rompe la inercia pastoral de los decenios precedentes. Interpela a una praxis pastoral que progresivamente se ha sostenido en las “grandes estructuras” y en los “grandes planes”. Estas “megaestructuras”, en vez de ser subsidiarias de la acción pastoral de las comunidades vivas, terminan convirtiéndose en estructuras que deben justificar su existencia, generando un complejo entramado en el que se persigue gestar la comunión con la estructura misma más que con la misión que la explica, con la “hoja de ruta más que con la ruta misma” (EG 82).
La comunión es diversidad
Un aspecto relevante lo encontramos en el “cómo”, desde la clave de la “Comunión misionera”, se comprende la “unidad” y la “diversidad” de la Iglesia. El Evangelio “se transmite de formas tan diversas, que sería imposible describirlas o catalogarlas, donde el Pueblo de Dios, con sus innumerables gestos y signos, es sujeto colectivo” (EG 129), por lo que una excesiva centralización complica la vida de la Iglesia y la dinámica misionera (cf. EG 32).
Esta variedad es armonizada por el Espíritu Santo que “suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y, al mismo tiempo, constituye una unidad que nunca es uniformidad, sino multiforme armonía que atrae” (EG 117). Así, las diferencias entre personas y comunidades no son una amenaza para la unidad, porque es el Espíritu Santo quien suscita esa diversidad y, al mismo tiempo, puede convertirla “en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción” (EG 131).
La comunión no es centralismo
Emerge otra arista del problema, propia de la “introversión eclesial”: “cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia” (EG 131). Con ello, se pone en discusión el enfoque de los planes pastorales monolíticos que pretenden ser el único lugar donde se genera la comunión.
Esa comprensión puede ser un obstáculo a la evangelización porque persigue un centralismo que no se condice con la naturaleza de la Iglesia. A eso refiere Francisco cuando afirma que “hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador” (EG 26). Por ello, se hace urgente “ser audaces y creativos en esa tarea de repensar los objetivos de las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades” (EG 33).
Los bautizados como protagonistas de la evangelización
La propuesta de la “Comunión misionera” tiene su fundamento primero en el Bautismo (cf. EG 103), de donde proviene “la gran dignidad” (EG 104) del cristiano. En efecto, “en todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a Evangelizar” (EG 119). La nueva evangelización implica “un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados […] Ya no decimos que somos discípulos y misioneros, sino que somos siempre discípulos misioneros” (EG 120).
Este modelo cuestiona la figura del “agente pastoral” limitado a las estructuras internas. El valor de un laico no está supeditado a su participación en la vida intraeclesial, sino a su capacidad de transformar el mundo. El “protagonismo laical” no debe traducirse solo en ocupar puestos en la estructura, sino en ser presencia de Cristo en la sociedad. Este protagonismo bautismal no anula el valor del Sacramento del Orden, sino que lo sitúa en su justa función de servicio a la santificación del Cuerpo Místico, ayudando a que cada bautizado sea testigo del Evangelio.
Una Iglesia “en salida”
Lejos de todo intimismo, la propuesta pone el foco de la Iglesia “fuera de sí”, dispuesta a “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). Francisco afirma con audacia que prefiere “una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una iglesia enferma por el encierro” (EG 49).
Emerge la comprensión de una Iglesia más “carismática” que “estructural”, que se revitaliza por la fuerza del Espíritu Santo. Resulta evidente que es necesaria una “conversión pastoral” que asuma que toda renovación debe tender a la misión para no caer presa de una especie de introversión eclesial (EG 27).
III. APROXIMACIONES TEOLÓGICO-PASTORALES
Evangelii Gaudium es una sugerente invitación a profundizar nuestra comprensión de la Iglesia. Particularmente, su propuesta de una Iglesia “en salida” enriquece el campo de la “Criteriología” pastoral. Entendemos por criteriología aquellos paradigmas comunes a todas las acciones de la Iglesia para discernir si se realizan en una correcta perspectiva teológica.
Comunión en la misión
La comunión de la Iglesia es, en primer lugar, un don, pero también un desafío. La propuesta de la Iglesia “en salida” privilegia la misión como “lugar” paradigmático para gestar la comunión. Un corazón misionero “nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades” (EG 45). Este modo de comprender la unidad permite integrar distintos movimientos y parroquias en la única misión de evangelizar, liberando a la estructura de una responsabilidad que no le corresponde como fin último.
Estructuras misioneras
Benedicto XVI afirmó en Verbum Domini que “la Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio”. En esta lógica, la conversión pastoral exige que las estructuras se vuelvan más expansivas y abiertas. El “estructuralismo” es síntoma de una Iglesia instalada y enferma, donde se prioriza la supervivencia de la organización sobre el anuncio. Las estructuras deben ser simples, dúctiles y facilitadoras, preparadas para mutar o desaparecer si quedan obsoletas para la misión.
Discípulos en la intemperie
La V Conferencia de Aparecida subrayó que la tarea evangelizadora depende de hombres y mujeres nuevos que encarnen la tradición y novedad como discípulos de Jesucristo. El Bautismo faculta a todos para comunicar a Jesús en cualquier lugar: en la calle, en el trabajo, en el camino. Se revaloriza el testimonio de los bautizados en la política, la cultura y las artes. Francisco sintetiza: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (EG 273).
IV. CONCLUSIÓN: LA IGLESIA ES UNA “COMUNIÓN MISIONERA”
Eclesiológicamente, la óptica de Evangelii Gaudium asume a la Iglesia como Misterio de Comunión que encuentra su modelo en la Trinidad. Esta comunión es esencialmente abierta “para” darse. La Iglesia se plenifica en su “extroversión”, fuera de sí misma. Por tanto, la Iglesia debe ser comprendida como una “Comunión misionera”.
Pastoralmente, la prioridad no está en las reuniones internas ni en las discusiones sobre formas y estilos que insertan a la Iglesia en un circuito narcisista. La prioridad está en la donación de la vida. Esta propuesta exige una revisión de los modos de conducción, de las curias y de todas las instituciones eclesiales para que sean subsidiarias y descentralizadas.
Finalmente, esta comprensión de Iglesia “en salida” exige una mirada más flexible de lo “programático”, transitando desde hojas de ruta rígidas hacia orientaciones amplias que respeten la diversidad. Francisco nos ha introducido en un dinamismo que favorece la acción misionera de los discípulos desde la riqueza de su bautismo, articulando a toda la comunidad en vista a la entrega generosa para la vida del mundo.

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