31 Mar
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica
Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica. Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí, indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser santa, católica y apostólica.
Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia posee estas propiedades por su origen divino.
I. La Iglesia es una
La Iglesia es una debido a su origen, debido a su Fundador y debido a su alma.
Desde el principio, esta Iglesia una se presenta con una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben. Entre los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y modos de vida. La gran riqueza de esta diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia.
II. La Iglesia es santa
La fe confiesa que la Iglesia no puede dejar de ser santa. Cristo amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios. La Iglesia es el Pueblo santo de Dios y sus miembros son llamados «santos».
La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar: todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados, cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre.
III. La Iglesia es católica
La palabra «católica» significa «universal» en el sentido de «según la totalidad» o «según la integridad». La Iglesia es católica en un doble sentido: es católica porque Cristo está presente en ella.
IV. La Iglesia es apostólica
La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre «el fundamento de los Apóstoles», testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo.
- Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza.
- Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo, gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral.
Las virtudes
La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.
Las virtudes humanas
Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.
Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino.
Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
- Prudencia: Dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo.
- Justicia: Consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
- Fortaleza: Hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones.
- Templanza: Modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.
Las virtudes y la gracia
Las virtudes humanas, adquiridas mediante la educación, actos deliberados y una perseverancia mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Con la ayuda de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien.
Ruinas de San Ignacio Miní: Historia de las misiones jesuíticas
Las luchas territoriales llevaron al rey de España, Felipe II, a enviar a los jesuitas a la zona en 1585. Preocupado por el poder que estaban obteniendo, Carlos III, junto con el Papa Clemente XIV, promovió su expulsión del Reino de España y su disolución como orden en 1768.
Frente a los cambios impuestos por la evangelización, los indígenas debían rechazar sus creencias, abandonar sus costumbres semi-nómadas y ser controlados en su trabajo. Los párrocos se encargaban de la gestión de la reducción y de la enseñanza. Los hijos de los caciques contaban con privilegios, como asistir a la escuela, mientras que el resto de los niños aprendían oficios en talleres.
Las misiones hoy
La expulsión de los jesuitas provocó el abandono de las misiones. No fue hasta hace pocas décadas que se recuperaron y pasaron a formar parte del patrimonio cultural. Siete de ellas ingresaron en el Patrimonio de la Humanidad, destacando San Ignacio Miní (Argentina), Santísima Trinidad del Paraná (Paraguay) y Santa Ana (Argentina).

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