14 Abr

1.La Revolución Industrial española en el contexto europeo

La industrialización española se define por su carácter tardío, incompleto y regionalizado.Mientras potencias como Reino Unido consolidaban su revolución, España enfrentaba obstáculos estructurales como:

1. Demanda interna débil por el bajo poder adquisitivo del campesinado

2. Red de transportes deficiente

3. Escasez de capitales propios lo que derivó en una fuerte dependencia del capital extranjero y del proteccionismo estatal. 

El proceso fue desigual: Cataluña líderó el sector textil algodonero gracias a la mecanización y una burguésía dinámica; la siderurgia, tras el fracaso andaluz, se asentó en Asturias por sus recursos carbóníferos y finalmente en el País Vasco, donde el hierro de calidad y la exportación a Gran Bretaña permitieron la consolidación de Altos Hornos de Vizcaya. 

La Ley de Minas de 1869 impulsó una minería de orientación exportadora que, aunque atrajo capital foráneo, tuvo una escasa articulación con la economía nacional. En conclusión, España presentó un modelo de industrialización periférica frente al desarrollo generalizado europeo.


2. El sistema político de la Restauración: el modelo canovista

El régimen de la Restauración (1874), ideado por Antonio Cánovas del Castillo, buscaba la estabilidad política tras el Sexenio Democrático mediante una monarquía constitucional de corte conservador. Sus pilares fundamentales fueron la Constitución de 1876 que establecía la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes y la confesionalidad católica y la existencia de un bipartidismo sólido. Este sistema se articulaba mediante el turno pacífico entre el Partido Conservador (Cánovas) y el Partido Liberal (Sagasta), institucionalizado tras el Pacto del Pardo. La alternancia no emanaba de la voluntad popular, sino de una sistemática manipulación electoral: el Ministerio de la Gobernación elaboraba el encasillado, y los caciques locales aseguraban los resultados mediante el pucherazo. Este sistema garantizó el predominio de la oligarquía (nobleza y alta burguésía), manteniendo la estabilidad a costa de marginar a las fuerzas democráticas, republicanas y al movimiento obrero.


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. Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz

Las desamortizaciones fueron el proceso de incautación y venta en pública subasta de tierras vinculadas en «manos muertas» para transformarlas en propiedad privada capitalista. La Desamortización de Mendizábal (1836), durante la Regencia de María Cristina, afectó a los bienes del clero regular con el objetivo de financiar la Primera Guerra Carlista, reducir la deuda pública y crear una base social de propietarios adeptos al liberalismo. Por su parte, la Desamortización de Madoz (1855), en el Bienio Progresista, tuvo un carácter civil al afectar principalmente a los bienes de propios y comunes de los ayuntamientos. Sus ingresos fueron fundamentales para sufragar la expansión del ferrocarril. Aunque estos procesos modernizaron la estructura jurídica de la propiedad, no constituyeron una verdadera reforma agraria social, ya que la burguésía y la aristocracia fueron las principales beneficiarias, mientras que el campesinado se vio perjudicado al perder el acceso a los recursos comunales.


4. Etapas del reinado de Isabel II (1833-1868)

El reinado de Isabel II supuso la construcción definitiva del Estado liberal en España. Tras un periodo de Regencias marcado por la Guerra Carlista y la alternancia entre el Estatuto Real (1834) y la Constitución de 1837, se inició el reinado efectivo con la Década Moderada (1844-1854). Liderada por el general Narváez, esta etapa impuso la Constitución de 1845, de soberanía compartida, y profundizó en la centralización administrativa y la creación de la Guardia Civil. El descontento progresista desembocó en el Bienio Progresista (1854-1856), donde se impulsaron reformas económicas clave como la Ley de Ferrocarriles y la Ley Madoz. Finalmente, tras la etapa de estabilidad relativa de la Uníón Liberal de O’Donnell, el régimen entró en una crisis política y económica terminal. El agotamiento del modelo moderado y el descrédito de la corona culminaron en el Pacto de Ostende y la Revolución de 1868 («La Gloriosa»), que forzó el exilio de la reina.


5. El problema de Cuba y la crisis del 98

La crisis colonial de finales de siglo tuvo su origen en la negativa de España a conceder la autonomía política a Cuba y en el rígido arancel proteccionista que perjudicaba los intereses de la isla. El conflicto independentista, reanudado en 1895 bajo el liderazgo de José Martí, se recrudecíó con la política de reconcentración del general Weyler. La intervención de los Estados Unidos, tras la voladura del acorazado Maine, derivó en una guerra asimétrica que concluyó con el Tratado de París (1898), mediante el cual España cedíó Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El Desastre del 98 provocó una profunda crisis moral y política en la nacíón, favoreciendo la aparición del Regeneracionismo. Esta corriente, liderada por figuras como Joaquín Costa, denunciaba los vicios del sistema de la Restauración y exigía la modernización social y educativa del país bajo el lema «despensa y escuela».


6. Crecimiento demográfico lento

Durante la mayor parte del Siglo XIX, España mantuvo un régimen demográfico antiguo, caracterizado por una natalidad alta y una mortalidad muy elevada provocada por las recurrentes crisis de subsistencia, las epidemias de cólera y las deficientes condiciones higiénico-sanitarias. Esto resultó en un crecimiento natural débil en comparación con otras naciones europeas. A partir de 1870, se inició una lenta transición demográfica marcada por el descenso gradual de la mortalidad catastrófica. No obstante, la persistente falta de tierras y oportunidades laborales impulsó importantes movimientos migratorios. En el ámbito interno, se produjo un éxodo rural hacia los centros industriales emergentes de Madrid, Barcelona y Vizcaya. En el ámbito externo, se produjo una masiva emigración transoceánica, especialmente de gallegos, asturianos y canarios, hacia América (Argentina y Cuba) en busca de mejores condiciones de vida.


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. Origen del carlismo

El carlismo surgíó en 1833 como un conflicto sucesorio entre Isabel II y el infante Carlos María Isidro, pero representaba en realidad un profundo choque ideológico entre el liberalismo y el tradicionalismo antiliberal. Bajo el lema «Dios, Patria, Rey y Fueros», este movimiento defendía el absolutismo monárquico, la unidad religiosa católica y la preservación de los regíMenes forales frente a la centralización liberal. Sus bases sociales se encontraban en el clero y el pequeño campesinado de las zonas rurales de Navarra, el País Vasco y el Maestrazgo. El conflicto dio lugar a tres guerras civiles a lo largo del siglo, siendo la Tercera Guerra Carlista (1872-1876) la que finalizó con la derrota definitiva del pretendiente y la subsiguiente abolición de los fueros vascos. No obstante, la persistencia del sentimiento foral y la resistencia a la centralización sentaron las bases de los futuros nacionalismos periféricos.


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. Red ferroviaria (1848-1900)

La expansión del ferrocarril fue el eje vertebrador de la economía decimonónica, impulsada decisivamente por la Ley General de Ferrocarriles de 1855. Esta legislación atrajo capital extranjero, principalmente francés, mediante un sistema de subvenciones que aceleró la construcción pero condiciónó el trazado. La red se configuró con una estructura radial con centro en Madrid, lo que dificultó la conexión transversal entre las regiones de la periferia. Una carácterística técnica determinante fue la adopción del ancho de vía ibérico, superior al europeo para salvar la compleja orografía y como medida estratégica de defensa, lo que limitó la interoperabilidad con el resto del continente. Aunque el ferrocarril no estimuló la siderurgia nacional como se esperaba, debido a las franquicias arancelarias para importar materiales, fue un factor clave para la articulación del mercado nacional y el transporte de materias primas pesadas.


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Nacionalismos (catalán y vasco)

Los nacionalismos periféricos surgieron durante la Restauración como respuesta al centralismo del Estado liberal y a las transformaciones socioeconómicas de la industrialización. El nacionalismo catalán evoluciónó desde un movimiento cultural de recuperación de la lengua, la Renaixença, hacia una corriente política que reclamaba la autonomía, plasmada en las Bases de Manresa (1892) y liderada por la Lliga Regionalista de Prat de la Riba. Por su parte, el nacionalismo vasco tuvo un origen más radical tras la abolición de los fueros en 1876. Su ideólogo, Sabino Arana, fundó el PNV (1895) sobre los principios de la pureza racial, el catolicismo integrista y la defensa del euskera, rechazando la influencia cultural de los inmigrantes o maketos. Finalmente, el regionalismo gallego o Rexurdimento mantuvo un carácter eminentemente cultural y literario, centrado en la reivindicación de la identidad gallega frente al atraso y el olvido administrativo.


10. Amadeo I de Saboyá

​El Sexenio Democrático representó el intento de democratizar el Estado tras la caída de Isabel II. El reinado de Amadeo I de Saboyá (1871-1873), primera experiencia de monarquía constitucional elegida por las Cortes, fracasó por una inestabilidad crónica. El asesinato del general Prim, su principal apoyo, fragmentó la coalición de gobierno, dejando al rey aislado frente a una oposición multiforme: aristocracia alfonsina, Iglesia, republicanos y el movimiento obrero. El régimen colapsó ante la coincidencia de la Tercera Guerra Carlista, la Guerra de los Diez Años en Cuba y la desarticulación de sus apoyos políticos, lo que forzó la abdicación de Amadeo I en Febrero de 1873.

​Ante el vacío de poder, las Cortes proclamaron la Primera República, etapa de extrema fragilidad marcada por la división entre republicanos unitarios y federales. El intento de establecer un modelo de Estado descentralizado mediante el proyecto de Constitución Federal de 1873 detonó la insurrección cantonal, un movimiento radical que proclamó cantones independientes (destacando el de Cartagena). La incapacidad de los cuatro presidentes (Figueras, Pi i Margall, Salmerón y Castelar) para pacificar el país y gestionar simultáneamente los frentes carlista, cubano y cantonal, provocó un giro autoritario. El proceso terminó con el Golpe de Estado del general Pavía y, tras la dictadura transitoria de Serrano, el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto, que restauró la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII

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