Contexto Histórico: La Crisis de la Modernidad
El Dadaísmo surge entre 1916 y 1918 como una reacción extrema a la crisis de la modernidad provocada por la Primera Guerra Mundial. La guerra demostró el fracaso de los valores fundamentales de la cultura occidental, especialmente la confianza en la razón, el progreso y la ciencia como motores de mejora social. Aquello que prometía civilización y avance desembocó en una destrucción masiva, industrializada y sin sentido. Desde este desencanto profundo, el Dadaísmo no pretende reformar el sistema cultural, sino ponerlo radicalmente en cuestión, atacando sus bases mismas.
La Negación Radical y el Manifiesto Dadá
En el Manifiesto Dadá, Tristan Tzara insiste en que DADA no puede definirse como un estilo artístico ni como un movimiento en el sentido tradicional. No propone una estética reconocible ni un conjunto de reglas formales, sino una actitud de independencia absoluta basada en la desconfianza hacia las instituciones, la comunidad artística y cualquier sistema teórico cerrado.
Características de la Actitud Dadá
- Negación de la Teoría: No implica ausencia de pensamiento, sino una crítica consciente a la necesidad de coherencia, causalidad y legitimación intelectual que caracteriza al discurso artístico académico.
- Rechazo del Sentido Estable: El Dadaísmo rechaza la obligación de explicar, justificar o dotar de sentido estable a la obra de arte.
- Crítica a las Vanguardias Dogmáticas: Tzara critica tanto a las academias como a otras vanguardias (como el Cubismo o el Futurismo) que, pese a haber nacido como rupturas, han terminado cristalizando en nuevos dogmas formales.
Para el Dadaísmo, cuando la ruptura se convierte en norma deja de ser verdaderamente subversiva y pasa a formar parte del mismo sistema que pretendía criticar. Por ello, DADA no busca fundar un nuevo “ismo”, sino evitar cualquier forma de institucionalización.
La Ruptura Ontológica de la Obra de Arte
Esta actitud se traduce en una transformación radical de la naturaleza de la obra de arte, lo que supone una auténtica ruptura ontológica con la tradición pictórica y escultórica. La obra deja de reproducir la realidad, de representar escenas o de construir símbolos e ilusiones. En lugar de ello, el Dadaísmo crea directamente a partir de la materia, incorporando objetos reales, materiales industriales y estructuras móviles.
El Arte como Experiencia y Provocación
La obra ya no es un objeto cerrado cargado de significado, sino un acontecimiento material y mental que sucede, sin argumento ni finalidad estética tradicional. El arte deja de ser representación para convertirse en experiencia.
En este contexto, la inutilidad de la obra se reivindica como un valor central. El arte ya no debe servir para agradar, decorar o educar moralmente, funciones asociadas al arte burgués y a su complicidad con el orden social establecido. Por el contrario, debe incomodar, provocar y perturbar. Tzara defiende una obra monstruosa, capaz de generar rechazo o miedo en los “espíritus serviles”, entendiendo esta provocación como un gesto profundamente político y ético. No se trata de escandalizar por capricho, sino de desenmascarar la hipocresía de la moral, la sentimentalidad y las instituciones culturales.
Inversión de Valores y Obra Abierta
El Dadaísmo propone así una inversión radical de los valores tradicionales. Conceptos opuestos como orden y desorden, afirmación y negación, identidad y disolución del yo se igualan como polos equivalentes dentro de un arte absoluto concebido como caos cósmico, puro, instantáneo y sin finalidad. Se niega cualquier concepción teleológica del arte, es decir, la idea de que el arte deba avanzar hacia un fin, un progreso o una verdad última.
En consecuencia, la obra no contiene un significado cerrado ni una intención definida por el artista; su sentido pertenece al espectador y se despliega en múltiples interpretaciones posibles. De este modo, el Dadaísmo anticipa planteamientos fundamentales de la teoría estética contemporánea, como la noción de obra abierta y la disolución de la autoridad del autor.
Dadaísmo en Acción: Zúrich y el Cabaret Voltaire
La relación con el pasado tampoco se plantea desde la continuidad histórica. El Dadaísmo rechaza la idea de una historia del arte lineal y progresiva, entendiendo que solo el contraste y el choque entre tiempos permiten una lectura viva de la historia. Cuando Tzara afirma amar una obra antigua por su novedad, señala que el valor de la tradición no reside en su conservación intacta, sino en su capacidad de ser reinterpretada desde el presente.
En este sentido, DADA propone una abstracción entendida no como estilo formal, sino como actitud mental, ampliando radicalmente el campo artístico al incorporar elementos ajenos al arte tradicional, como:
- La publicidad.
- El lenguaje comercial.
- Los negocios (considerados también materiales poéticos).
Esta disolución de las fronteras entre arte y vida se manifiesta de manera especialmente intensa en el contexto del DADA Zúrich. En 1916, Hugo Ball y Emmy Hennings fundan el Cabaret Voltaire, un espacio experimental en el que confluyen poesía sonora, música popular, canto, danza, pintura y lectura de textos en múltiples idiomas. Las veladas dadaístas, marcadas por el caos, la improvisación y la ausencia de jerarquías entre disciplinas, convierten el arte en acción, experiencia y acontecimiento efímero, anticipando prácticas fundamentales del arte contemporáneo como la performance, el happening y el arte procesual. La participación de figuras como Tristan Tzara, Marcel y Georges Janco o Hans Arp consolidó el Dadaísmo como una red internacional de ruptura cultural.
La Aportación de Duchamp: El Ready-Made
Dentro de este contexto de negación radical, Marcel Duchamp realiza una de las aportaciones más decisivas a la teoría del arte del siglo XX a través del concepto de ready-made. Duchamp defiende que el valor artístico no reside en la habilidad técnica, la belleza ni la expresión subjetiva, sino en el acto intelectual de elección.
El Ready-Made como Crítica Estética
Al seleccionar un objeto cotidiano y descontextualizarlo, se anula su función práctica y se genera un nuevo pensamiento sobre el objeto. La elección del ready-made se basa deliberadamente en la indiferencia visual y en la ausencia total de buen o mal gusto, entendiendo el gusto como una costumbre social producida por la repetición y la aceptación cultural. Escapar del gusto supone situarse fuera de toda convención estética y utilizar el ready-made como herramienta crítica contra el sistema del arte.
Asimismo, Duchamp pone en crisis conceptos tradicionales como la originalidad, la unicidad y el aura, ya que el ready-made puede ser replicado sin perder su sentido, cuestionando la noción clásica de autoría. Consciente del peligro de que esta estrategia se institucionalice, Duchamp limita su producción para evitar que el arte se convierta en una “droga de hábito”, tanto para el artista como para el espectador, y lleva su planteamiento al extremo con la idea del ready-made recíproco, evidenciando la arbitrariedad del valor artístico y la construcción cultural del prestigio.
Legado y Conclusión
Finalmente, tanto el Dadaísmo como las propuestas de Duchamp amplían la concepción del arte hacia una reflexión sobre la percepción y la pluralidad de miradas. El arte no ofrece una verdad única ni un punto de vista privilegiado, sino que revela la existencia de múltiples formas legítimas de ver el mundo. Cambiar la perspectiva transforma la experiencia de la realidad, haciendo visible que lo pequeño puede ser grande y que lo imposible puede volverse imaginable.
El artista se concibe así como un puente que, a través de la imaginación, permite acceder a otras formas de percepción y enriquecer nuestra relación con el mundo desde la apertura, la duda y la experiencia, sentando las bases teóricas del arte contemporáneo.
Etiquetas: arte contemporáneo, Cabaret Voltaire, dadaismo, Marcel Duchamp, Ready-Made, Tristan Tzara, Vanguardias
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