13 Oct

13.1. TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS. PROCESO DE DESAMORTIZACIÓN Y CAMBIOS AGRARIOS. LAS PECULIARIDADES DE LA INCORPORACIÓN DE ESPAÑA A LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. MODERNIZACIÓN DE LAS INFRAESTRUCTURAS. EL IMPACTO DEL FERROCARRIL.

El Siglo XIX supuso una profunda transformación económica en los países más desarrollados de Europa (Gran Bretaña, Francia, Alemania y Bélgica), la industria desplazó a la agricultura como principal actividad económica, al mismo tiempo que la producción y el comercio crecían en proporciones hasta entonces desconocidas. España, como gran parte del este y sur de Europa, también conocíó importantes cambios, pero su industrialización no fue plena. La lentitud de los cambios provocó que a finales del XIX, España mantuviese una economía predominantemente agraria, con un sector industrial limitado y poco capaz de competir en el mercado exterior.

Transformaciones agrarias

La transformación de la agricultura española a lo largo del Siglo XIX fue escasa e insuficiente, hecho que explica en buena medida la lentitud del proceso de industrialización en España. A comienzos del XIX la agricultura era la base de la riqueza nacional (56 % del total de la producción; el 82% si incluimos la ganadería; cerca de dos tercios de la población activa estaba empleada en ella). No obstante, el sector agrícola atravesaba por importantesdificultades fundamentalmente por la desigual distribución de la tierra, la ausencia de innovaciones tecnológicas y los bajos rendimientos agrícolas.

Los gobiernos liberales del XIX, especialmente los progresistas, trataron de modificar esta situación introduciendo algunos cambios que afectaban a los derechos de propiedad. Trataron de liquidar las formas de propiedad propias del Antiguo Régimen (señorío, mayorazgo, bienes comunales, manos muertas,…) y consolidar la propiedad privada de la tierra, como elemento esencial de la organización capitalista de la economía.

Con ese fin emprendieron a partir de 1836 una profunda reforma agraria liberal. Tres medidas fueron fundamentales:

·La supresión de los mayorazgos (1836) que ponía fin a la imposibilidad de vender, donar o perder los bienes nobiliarios heredados por el titular de una familia.

·La abolición del régimen señorial (1837) que anulaba los derechos de carácter jurisdiccional de los señores y convertía en propiedades libres y plenas los antiguos señoríos.

·Las desamortizaciones, que consistieron en la expropiación, por parte del Estado, de las tierras eclesiásticas y municipales para su posterior venta a particulares en pública subasta.

Aunque se dieron algunos precedentes en el Siglo XVIII, el verdadero proceso desamortizador se desarrolló a partir de 1837 en dos fases, a cada una de las cuales se la conoce por el nombre del ministro que la puso en marcha:

·La desamortización de Mendizábal (1837): Desarrollada durante la Regencia de María Cristina por un gobierno progresista afectó a bienes eclesiásticos por lo que se conoce también como “desamortización eclesiástica”. Tenía tres objetivos básicos sanear la Hacienda, financiar la primera guerra carlista y convertir a los nuevos propietarios en adeptos a la causa liberal.

·La desamortización de Madoz (1855): Se inició durante el bienio progresista y afectaba tanto a tierras de la Iglesia como, especialmente, a propiedades municipales. Sus objetivos fundamentales eras reducir la deuda pública y mejorar las infraestructuras, en especial la red de ferrocarriles.

Las consecuencias de las desamortizaciones han sido valoradas de manera desigual: Es cierto que se pusieron en cultivo grandes extensiones de tierra, hasta entonces poco o nada explotadas, pero también es cierto que buena parte de la historiografía se muestra crítica al haberse antepuesto la finalidad fiscal sobre la social, desaprovechándose la oportunidad de repartir las tierras entre los campesinos que las habían trabajado. No hubo un cambio significativo en la estructura de la propiedad; en general, no hubo concentración ni dispersión de tierras, sino tan sólo cambio de propietarios. Fueron escasos los compradores pequeños y medianos, permaneciendo intactos los grandes patrimonios. Los principales compradores fueron las clases urbanas ricas que se convirtieron en una nueva oligarquía agraria.

La agricultura española siguió teniendo unos rendimientos de producción muy bajos, siendo frecuentes las crisis de subsistencias durante buena parte del XIX; hasta el último tercio del siglo no se inician cambios en la agricultura tradicional (producción de cereales), comenzando a ganar peso el cultivo de frutales y la agricultura de regadío en el litoral mediterráneo.

La Revolución


 Industrial en España

En la España del XIX, el proceso de industrialización sufríó un notable retraso con respecto a los países que lideraron la Revolución Industrial. Además, su extensión fue muy limitada
.

El mayor desarrollo se dio en Cataluña, donde la industria textil (con el sector algodonero como ámbito más dinámico) actuó de palanca de la industrialización regional. Cataluña fue la única zona donde la industrialización se originó a partir de capitales autóctonos y donde la burguésía mostró una verdadera mentalidad emprendedora apostando por la mejora de la maquinaria y de las técnicas de producción (Fábrica Bonaplata). La protección arancelaria durante casi todo el siglo la puso a salvo de la competencia inglesa.


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