16 Abr

La Travesía de los Argonautas y el Dilema de Medea

Ya los Minias surcaban el mar con la nave de Pagasa, y Fineo, arrastrando en perpetua noche una vejez miserable, había sido visto, y los jóvenes hijos de Aquilón habían ahuyentado de la boca del anciano desdichado a las aves aladas. Y, tras muchas penalidades bajo el ilustre Jasón, habían llegado por fin a las rápidas aguas del fangoso Fasis.

Mientras se acercan al rey y piden el vellocino de Frixo, y se impone a los Minias la terrible ley de grandes trabajos, la hija de Eetes, Medea, concibe en su interior poderosas llamas. Tras luchar largo tiempo, cuando ya no puede vencer su pasión con la razón, reflexiona:

«En vano resistes, Medea; no sé qué dios se opone, y es extraño —si no es esto, o algo muy semejante— lo que llaman amor. […] Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor».

Medea se debate entre el deber filial y el deseo por el extranjero. Ante la posibilidad de que Jasón muera a manos de los toros, los guerreros nacidos de la tierra o el insomne dragón, decide intervenir. Tras obtener la promesa de matrimonio de Jasón, quien jura por los ritos de la diosa triple, ella le entrega las hierbas encantadas. Gracias a este auxilio, Jasón logra domar a los toros de bronce y cumplir con la prueba impuesta.

El Conflicto entre Apolo y Cupido

El primer amor de Febo (Apolo) fue Dafne, hija de Peneo; no se lo concedió el azar, sino la cruel ira de Cupido. Tras la victoria de Apolo sobre la serpiente Pitón, el dios se burló del hijo de Venus, quien, en represalia, disparó dos flechas:

  • Una de oro: que provoca el amor.
  • Una de plomo: que ahuyenta el amor.

Apolo fue herido por la flecha de oro, mientras que Dafne recibió la de plomo, condenándola a huir de cualquier pretendiente y a buscar la virginidad perpetua. A pesar de las súplicas de su padre, Peneo, para que le diera nietos, ella se mantuvo firme en su rechazo al matrimonio.

La Persecución y la Metamorfosis

Apolo, consumido por el deseo, persigue a la ninfa a través de los bosques. A medida que la alcanza, Dafne, agotada y desesperada, invoca a su padre para que destruya su figura. En ese instante, ocurre la metamorfosis:

  • Su pecho es ceñido por una fina corteza.
  • Sus cabellos se transforman en hojas.
  • Sus brazos se convierten en ramas.
  • Sus pies quedan fijados en raíces perezosas.

Apolo, al verla convertida en árbol, la abraza y la consagra como su símbolo: «Puesto que no puedes ser mi esposa, serás al menos mi árbol». Desde entonces, el laurel se convirtió en el emblema de la gloria, adornando las cabezas de los caudillos victoriosos y las puertas de los emperadores.

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