05 Abr
La crítica al capitalismo: plusvalía y explotación
La crítica de Marx al capitalismo parte de un examen concreto de cómo funciona el sistema económico. Para entenderlo, introduce una distinción clave:
- Valor de uso: La utilidad real de un objeto para satisfacer una necesidad humana.
- Valor de cambio: El precio que tiene en el mercado.
En el capitalismo, el valor de cambio domina completamente sobre el de uso: una zapatilla de marca puede costar cientos de euros no porque proteja mejor los pies, sino por el prestigio asociado a la marca. Todos los objetos, incluida la fuerza de trabajo humana, se convierten en mercancías cuyo valor lo fija el mercado.
Sobre esta base, Marx desarrolla el concepto de plusvalía: el valor que el trabajador genera durante su jornada laboral pero que no recibe en su salario. El capitalista paga al obrero solo lo necesario para que subsista —el valor de su fuerza de trabajo— y se apropia de la diferencia como beneficio. La plusvalía es el motor del sistema capitalista: para maximizarla, los capitalistas reducen salarios, alargan jornadas o trasladan la producción a países con mano de obra más barata. La ropa producida en el sudeste asiático con salarios mínimos y vendida a precio europeo es un ejemplo perfecto.
Este mecanismo produce inevitablemente la alienación económica: el trabajador queda desconectado del fruto de su trabajo, que pasa a ser propiedad del capitalista. Cuanto más produce, más enriquece a otro y más se degrada a sí mismo. A esto se suma la alienación ideológica: la superestructura —religión, leyes, cultura— hace que los propios explotados defiendan el sistema que los oprime, lo que Marx llama falsa conciencia. La infraestructura económica determina la superestructura ideológica, y no al revés: esta es la base del materialismo histórico.
Nietzsche no examina el capitalismo directamente, pero su descripción de la moral de esclavos conecta con este planteamiento: en ambos casos hay individuos que no son dueños de su propia vida ni del fruto de su esfuerzo, sometidos a un sistema que se presenta como natural y justo pero que responde a intereses concretos. Los dos son maestros de la sospecha: nos enseñan a desconfiar de lo que se da por evidente.
La crítica a la filosofía occidental
Tanto Marx como Nietzsche dirigen una crítica profunda a la filosofía de la tradición occidental. Los dos coinciden en que esa filosofía no ha buscado la verdad de forma desinteresada: ha servido para justificar y perpetuar formas de dominación, aunque cada uno lo demuestra desde un ángulo distinto.
Marx y la inversión del idealismo
Marx critica la filosofía porque ha operado siempre en el plano de las ideas, ignorando las condiciones materiales que la determinan. Influido por Hegel y por Feuerbach, Marx invierte el idealismo hegeliano: mientras que para Hegel la historia avanza a través de la evolución de las ideas, para Marx son las condiciones materiales y económicas las que determinan las ideas, no al revés. Los grandes sistemas filosóficos —incluido el propio Hegel— forman parte de la superestructura: legitiman el orden económico establecido sin saberlo. Por eso Marx afirma que «los filósofos solo han interpretado el mundo de distintas formas, cuando de lo que se trata es de transformarlo». La filosofía debe convertirse en práctica emancipadora.
Nietzsche y la crítica a la metafísica
Nietzsche ataca la filosofía occidental por razones más radicales. Los grandes filósofos —Sócrates, Platón, Aristóteles, Kant, Hegel— han inventado un mundo metafísico estático y eterno para escapar del miedo al devenir, a la realidad en constante cambio. Nietzsche los llama filósofos-momia: como las momias egipcias, sus conceptos están embalsamados y no cambian. Han duplicado el mundo: inventaron un mundo metafísico perfecto e inmutable —las Ideas de Platón, las esencias de Aristóteles— para desprestigiar el único mundo real, el sensible. Usan el método genealógico al revés: presentan sus miedos como verdades eternas. Frente a esto, Nietzsche defiende que la realidad no es, sino que deviene, y que solo existe un conocimiento posible: el perspectivista, condicionado por la voluntad de poder de cada individuo.
Ambos concluyen que la filosofía tradicional debe superarse: Marx, sustituyéndola por una práctica transformadora de la realidad material que libere al proletariado; Nietzsche, destruyendo sus fundamentos a martillazos —como anuncia el subtítulo de El crepúsculo de los ídolos— y abriendo paso a un pensamiento nuevo, libre de metafísica y verdades absolutas, propio del superhombre.
La emancipación humana: Marx y Nietzsche
A pesar de sus profundas diferencias, Marx y Nietzsche parten del mismo diagnóstico: el ser humano está sometido a fuerzas que le impiden vivir plenamente, y esa situación debe superarse. Los dos son pensadores de la emancipación, aunque proponen caminos radicalmente distintos para alcanzarla.
La propuesta de Marx: El fin de la explotación
Para Marx, el ser humano es esencialmente un ser productivo que se realiza a través de su trabajo. En condiciones naturales, el trabajo es el medio por el que el hombre transforma la naturaleza y se transforma a sí mismo: se crea a sí mismo mediante su actividad creadora. Pero el capitalismo pervierte esa relación: convierte el trabajo en explotación y al trabajador en una mercancía más. La plusvalía es el mecanismo concreto de esa explotación, y la alienación —económica e ideológica— es su consecuencia. La emancipación exige eliminar las condiciones materiales que generan esa situación: la propiedad privada de los medios de producción, la división en clases y la superestructura ideológica que las sostiene. Marx pensaba que el capitalismo colapsaría inevitablemente por sus propias contradicciones internas, siguiendo la lógica del materialismo histórico, y que de ese colapso surgiría una sociedad sin clases donde cada individuo pudiera desarrollarse libremente.
La propuesta de Nietzsche: La voluntad de poder
Para Nietzsche, el ser humano está sometido a cadenas culturales: dos mil años de filosofía metafísica, moral de esclavos y religión han aplastado la voluntad de poder del individuo y le han impuesto una vida descendente, resignada y sin sentido real. La emancipación pasa por destruir esos valores heredados —tarea del nihilismo activo, representado por el león— y crear otros nuevos desde la propia voluntad de poder —tarea del superhombre o Übermensch, representado por el niño. El resultado es un individuo completamente libre, sin Dios, sin moral universal y sin verdad absoluta a la que rendir cuentas.
Los dos proyectos son opuestos en su forma: colectivo y material en Marx, individual y vital en Nietzsche. Pero comparten la convicción de que el ser humano puede y debe liberarse de lo que lo somete, y de que para hacerlo hay primero que desenmascarar el engaño. Eso es precisamente lo que los convierte en maestros de la sospecha.

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