07 Ene
¿Qué es el árbol de problemas?
Es una técnica participativa que ayuda a desarrollar ideas creativas para identificar el problema y organizar la información recolectada, generando un modelo de relaciones causales que lo explican.
Esta técnica facilita la identificación y organización de las causas y consecuencias de un problema; por tanto, es complementaria y no sustituye a la información de base.
El tronco del árbol es el problema central, las raíces son las causas y la copa los efectos.
La lógica es que cada problema es consecuencia de los que aparecen debajo de él y, a su vez, es causante de los que están encima, reflejando la interrelación entre causas y efectos.
¿Cómo construir el árbol de problemas?
Se debe configurar un esquema de causa‑efecto siguiendo los siguientes pasos:
-
Identificación del problema central.
Dentro de los problemas considerados importantes en una comunidad:
- Seleccionar un problema central teniendo en cuenta lo siguiente:
- Se define como una carencia o déficit.
- Se presenta como un estado negativo.
- Es una situación real, no teórica.
- Se localiza en una población objetivo bien definida.
- No debe confundirse con la falta de un servicio específico.
-
Exploración y verificación de los efectos/consecuencias del problema central (la copa del árbol).
Los efectos son una secuencia que va de lo más inmediato o directamente relacionado con el problema central hasta niveles más generales. La secuencia se detiene en el instante en que se han identificado efectos suficientemente importantes como para justificar la intervención que el programa o proyecto impone.
Si los efectos detectados son importantes, el problema central requiere una solución, lo que exige la identificación de sus causas.
-
Identificación de las causas y sus interrelaciones (las raíces).
La secuencia de causas debe iniciarse con las más directamente relacionadas con el problema central, que se ubican inmediatamente debajo del mismo. De preferencia se deben identificar unas pocas grandes causas, que luego se van desagregando e interrelacionando.
Una buena técnica es preguntarse: ¿por qué sucede lo que está señalado en cada bloque? La respuesta debería encontrarse en el nivel inmediatamente inferior.
Se deben identificar todas las causas, aun cuando algunas de ellas no sean modificables, deteniéndose en el nivel en que es posible modificarlas. Hay que recordar que lo que se persigue es elaborar un modelo causal para la formulación de un proyecto y no un marco teórico exhaustivo.
Cada bloque debe contener solo una causa.
- Diagramar el árbol de problemas, verificando la estructura causal.
Resumiendo
El árbol de problemas debe elaborarse siguiendo los pasos que, a continuación, se enumeran:
- Formular el problema central.
- Identificar los efectos (verificar la importancia del problema).
- Analizar las interrelaciones de los efectos.
- Identificar las causas del problema y sus interrelaciones.
- Diagramar el árbol de problemas y verificar la estructura causal.
Es importante recordar que los componentes del árbol de problemas deben presentarse de la siguiente manera:
- Sólo un problema por bloque.
- Problemas existentes (reales).
- Como una situación negativa.
- Deben ser claros y comprensibles.
El proyecto se debe concentrar en las raíces (causas). La idea es que si se encuentra solución para estas, se resuelven los efectos negativos que producen.
A continuación se presenta un ejemplo esquematizado del árbol de problemas.
Capital social: definiciones y enfoques
La definición estructural puede ser considerada como intencional o funcional, y ve al capital social como un recurso para conseguir algo.
La definición cultural, basada en atributos, considera que el capital social consiste en una serie de propiedades; por una parte, atributos estructurales: redes (sociabilidad informal) y asociacionismo; y, por otra, componentes culturales: confianza, normas (de reciprocidad…)
La definición intencional, instrumental o estructural se deriva fundamentalmente de los trabajos de Pierre Bourdieu y James Coleman, que definen el capital social como una serie de recursos que están disponibles para los individuos y que se derivan de la participación de estos en redes sociales.
Entonces, para Bourdieu, capital social es “el agregado de los recursos reales o potenciales que se vinculan con la posesión de una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento o reconocimiento mutuo” (Bourdieu en Durston, 2000: 8). Para este autor, por lo tanto, el capital social también estaría contenido en la estructura de las relaciones sociales.
Se trata de una definición instrumental, centrada en los beneficios individuales derivados de la participación en grupos (Portes, 1998).
Coleman define a su vez el capital social por su función para el individuo, como “el valor de estos aspectos de la estructura social [obligaciones y expectativas, información y normas acompañadas de sanciones] para los actores como recursos que pueden utilizar para promover sus intereses” (Coleman, [1988] 2001: 5).
Herreros ha sugerido que el capital social consiste en recursos —obligaciones de reciprocidad e información— que se derivan de la participación en redes sociales, pero ha insistido en que el capital social ha de ser entendido “no como la confianza o las redes, sino como la obligación de reciprocidad que se puede derivar de la participación en redes sociales” (Herreros, 2004: 7; véase también Herreros, 2002).
El capital social estaría dependiendo del grado de integración de un individuo y su red de contactos sociales; implica relaciones, expectativas de reciprocidad y comportamientos confiables; mejora la efectividad privada, pero también es un bien colectivo.
Desde el enfoque estructural
El énfasis del enfoque estructural está puesto en las redes y relaciones sociales que están presentes en los miembros de un grupo, una comunidad o una determinada sociedad. En estas redes los individuos encontrarían importantes recursos como información, relaciones de reciprocidad, relaciones de confianza, entre otros aspectos que determinarían su capital social.
Enfoque cultural
Las definiciones y formas de comprender el capital social se centran en los valores y actitudes presentes en un grupo social. “Estas definiciones, abundantes especialmente en la ciencia política, consideran que el capital social se refiere a ciertos rasgos de los individuos, relacionados generalmente con sus preferencias” (Herreros, 2002: 138).
Uno de los autores que relaciona el capital social con este enfoque es Dietlind Stolle. Para ella, “el capital social es concebido como un fenómeno subjetivo compuesto por valores y actitudes de los ciudadanos que determinan cómo se relacionan unos con otros” (Herreros, 2002).
Robert Putnam, quien además es considerado como uno de los precursores del capital social, señala que éste está conformado fundamentalmente “por el grado de confianza existente entre los actores sociales de una sociedad, las normas de comportamiento cívico practicadas y el nivel de asociatividad que caracteriza a esa sociedad. Estos elementos evidencian la riqueza y la fortaleza del tejido social” (Kliksberg, 2000: 28).
Kenneth Newton propone una definición desde la perspectiva cultural: para él, el capital social “puede ser visto como un fenómeno subjetivo, compuesto de valores y actitudes que influyen en cómo las personas se relacionan entre sí. Incluye confianza, normas de reciprocidad, actitudes y valores que ayudan a las personas a trascender relaciones conflictivas y competitivas para conformar relaciones de cooperación y ayuda mutua”.
Stephan Baas, también desde el enfoque cultural, afirma que el capital social “tiene que ver con cohesión social, con identificación con las formas de gobierno, con expresiones culturales y comportamientos sociales que hacen a la sociedad más cohesiva y algo más que una suma de individuos”.
Valores, redes y relaciones sociales
Los valores —sobre todo desde el enfoque cultural— constituyen un recurso del capital social: la solidaridad, el respeto y la confianza mutua, entre otros, potencian procesos en los que el capital social crece y favorecen la vida cotidiana de las personas.
Las redes sociales, abordadas desde el enfoque estructural, permiten a los individuos y a los grupos obtener e intercambiar información, generar confianza, establecer relaciones de reciprocidad y acceder a recursos.
Las relaciones sociales muestran cómo se generan lazos y redes donde el capital social finalmente se manifiesta.
Construyendo una definición de capital social
Flotts propone la siguiente definición, considerando tanto el enfoque estructural como el cultural:
“Capital social es un fenómeno social, compuesto por los valores, las normas, las redes y las relaciones sociales presentes en una sociedad y que facilitan el establecimiento de vínculos de confianza, de reciprocidad y de solidaridad entre los miembros de un grupo, comunidad o sociedad determinada”.
Participación y ciudadanía
Desde el punto de vista del trabajo social, la participación es un principio inherente al mismo. El concepto de organización de la comunidad recoge la participación como un elemento esencial para la consecución del bienestar social de la comunidad.
La participación en la ISC significa que las personas de la comunidad, aunque no hayan sido elegidas o designadas responsables de la administración, puedan influir en las decisiones de los políticos y en los programas que conllevan estas políticas que afectan sus propias vidas, asumiendo con ello su propia responsabilidad desde el principio.
El trabajador social juega un papel importante apoyando al ciudadano para que esa participación sea real y eficaz, prestándole la orientación, formación e información necesaria, acompañándole en su intervención educativa. Todo un rol que debe sustentarse en varios pilares: actitud de respeto, autenticidad y transparencia, preparación técnica y actitudinal.
La participación también es importante para generar autonomía en los ciudadanos, ya que mediante la participación se fomenta el sentido de pertenencia a la comunidad y la autorresponsabilidad en la resolución de sus necesidades.
Al incrementar los niveles de participación resulta de gran importancia integrar equilibradamente los derechos individuales y sociales, de modo que se potencie a la persona a la vez que ésta se siente parte de una comunidad de propiedad común. Es justamente la participación lo que distingue al trabajo social con comunidades. Si no se da la participación en nuestras intervenciones, se pierde la dimensión de la ISC.
La participación social es presentada por las políticas sociales como una oportunidad para la superación de la pobreza, dándole legitimidad política, histórica, cultural, económica y gerencial.
Paradigma dialéctico e investigación participativa
El paradigma dialéctico, procedente de la filosofía marxista, supone una importante proposición metodológica para las intervenciones de carácter comunitario y la correspondiente transformación de la realidad sobre la que se actúa: la unidad sujeto/objeto, según Marx, ha liberado al hombre de una posición contemplativa. Es en la praxis cuando se produce una toma de conciencia en la que el sujeto es idéntico al objeto, y ello implica una transformación de la realidad; un proceso recíproco, en la medida en que el sujeto, al conocer “lo otro”, se conoce a sí mismo, obteniendo un conocimiento de ambos que los modifica.
Lewin (1946) desarrolló la investigación participativa como alternativa a la investigación tradicional que separaba la ciencia y la práctica. Lewin defiende la necesidad de una integración de ambas en proyectos conjuntos, en donde los profesionales aplicados investiguen con rigurosidad los efectos de sus intervenciones prácticas y los teóricos sean capaces de encontrar aplicaciones sociales relevantes para sus formulaciones.
Se pretende conseguir dos objetivos clave:
- Investigación‑acción, a través de cuya práctica los grupos o comunidades pretenden cambiar sus circunstancias de acuerdo con una idea compartida por todos los miembros del grupo.
- Investigación‑acción, a través de una práctica reflexiva, en la que se confunden la práctica que investiga y el proceso de investigación de esa práctica.
El conocimiento acompañado de la acción es, por lo tanto, lo esencial de este modelo de intervención, a través del cual se conocen los problemas que sufren las comunidades para actuar frente a ellos, urgente y eficazmente. Conocer la realidad para poder interpretarla y posteriormente actuar; porque se interesa de forma especial por el potencial de cambio de esa realidad concebida holísticamente.
Los movimientos de intervención comunitaria han realizado aportaciones significativas a la investigación‑acción participativa (IAP). Este tipo de intervención tiene como principal misión hacer que el pueblo tome conciencia de la situación en la que vive con el fin de ir mejorando sus condiciones de vida tanto en el ámbito individual y familiar como social.
Este planteamiento implica preparar progresivamente a la comunidad para que vaya mejorando las condiciones de trabajo y la comprensión de su entorno, pero también para participar en la elaboración de un nuevo saber.
La investigación‑acción pretende explicar y asegurar el rigor científico del proceso: parte de hipótesis que surgen de la observación de los hechos y evalúa los resultados apoyándose en las estrategias de cambio que se hayan establecido. Las características y fases de este modelo de intervención son (Le Boterf y Park):
- El problema elegido surge de la gente afectada por él, y cuyo interés exige una solución. Al no ser exteriorizado y consensuado por la comunidad, precisa de la intervención externa de los investigadores participantes comprometidos con la gente, que ayudan a formular, identificar y analizar el problema para proceder a la investigación colectiva del mismo.
- El investigador debe preliminarmente conocer la comunidad (por medio de estudios sociales e históricos que existan, documentos, etc.). Esta fase inicial permite que comunidad e investigador se conozcan, así como explicar la finalidad del proyecto y la identificación de los miembros de dicha comunidad que van a asumir un rol activo en la ejecución del mismo. Interacción activa entre investigador y comunidad, de diálogo y negociación, en la que ambos son considerados sujetos activos.
- Existe, entre la investigación y la acción, una interacción permanente. La producción de conocimientos, útiles y relevantes para la práctica social y política, se realiza mediante la transformación de la realidad social. La acción es fuente de conocimiento y la investigación es en sí misma una acción transformadora.
- Se interviene sobre situaciones reales, a una escala relativamente limitada, trabajando con grupos reales, quienes deciden conjuntamente con el investigador, participando y colaborando a lo largo de todo el proceso en cómo formular el problema, la información a obtener y los medios y técnicas utilizadas para ello, los procedimientos, la forma del análisis de los datos, qué hacer con los resultados y las acciones a emprender a partir de los mismos.
- Estamos ante un proceso educativo dinámico, en el que el diálogo es un distintivo esencial de la investigación‑acción participativa, pues mediante él la gente se une y participa en los aspectos cruciales de la investigación y la acción conjunta, hablan como iguales en un intercambio no solo de información sino de sentimientos y valores.
- Se pone al servicio de grupos o colectivos sociales más desfavorecidos, buscando mejorar sus condiciones de vida y sus capacidades de análisis y resolución de los problemas que afrontan cotidianamente. El compromiso del investigador con la comunidad ha de estar apoyado con un trabajo permanente de reflexión crítica sobre las implicaciones teóricas y metodológicas de su intervención en el proceso de la investigación‑acción.
- Los resultados que surgen de la investigación son útiles para organizar las acciones comunitarias, elaborar políticas sociales y ejecutar medidas de cambio social. Investigador y comunidad, al comprender la naturaleza del problema, están en una posición que permite verlo como algo a resolver comunitariamente.
Se desprende de todo lo anterior que la IAP parte de una nueva filosofía y concepción del mundo y de la vida; valora aquello que es nuestra forma y modo más ordinario de vivir, estudiar y analizar los grupos y las necesidades en las que se desarrolla la intervención colectiva. La investigación‑acción desde esta óptica encierra un compromiso político e ideológico.
La IAP puede considerarse como un proceso sistemático que lleva a cabo una determinada comunidad para llegar a un conocimiento más profundo de sus problemas y tratar de solucionarlos, intentando implicar a toda la comunidad en el proceso.
Se puede afirmar que la IAP es una combinación de investigación, educación‑aprendizaje y acción. Tiene como objetivo prioritario conocer y analizar una realidad, así como sus elementos constitutivos: los procesos y los problemas; la percepción que las personas tienen de ellos; las experiencias vivenciales dentro de una situación social concreta con el fin de emprender acciones tendentes a modificar esa realidad.
Cuatro conceptos de la Investigación‑Acción Participativa
Cuatro conceptos fundamentales de la IAP y su significado en el trabajo con las bases serán presentados a continuación: la acción, el «saber popular», la organización y la participación.
Cabe aclarar que en América Latina existe una relación estrecha entre los conceptos de la IAP y los de la educación popular.
La acción
Sobre las características de la Investigación‑Acción Participativa como método de intervención, en esta propuesta la acción es entendida como praxis, que debe estar dirigida a la transformación de la sociedad. Francisco Vio Grossi (1983) ofrece a la IAP un modelo alternativo de trabajo en relación con las acciones que funciona a varios niveles: el primer nivel de la acción como modelo es la definición de las metas inmediatas de los participantes de la investigación y la intervención.
Un segundo nivel lo constituye el análisis de esas metas en relación con los posibles obstáculos y los límites que pueden aparecer a nivel local para la solución de los problemas.
El tercer paso consiste en el análisis de los obstáculos extralocales: el análisis de las causas que limitan la satisfacción de las necesidades de los grupos en una realidad local.
Se inicia un proceso de confrontación en el área extralocal. El cuarto paso se refiere a la movilización de las acciones en dirección al cambio de la estructura social a nivel local. La pregunta ¿qué puedo cambiar en mi círculo de vida privado y más cercano? moviliza la acción de las/os participantes hacia actividades en el área de la familia, la escuela y el lugar de trabajo.
El quinto paso encierra la determinación de las metas a nivel social y las posibilidades de su logro. El último paso consiste en la acción, como un acto consciente sobre la base de los procedimientos de la investigación antes presentados y de los conocimientos adquiridos en el análisis.
De esta manera se avanza hacia un ciclo amplio, que se dirige hacia un nuevo nivel de conocimiento, el cual se anexa a nuevas experiencias de acción y reflexión. La investigación‑acción se convierte a través de este método en una praxis creadora (Vio Grossi 1983; Colectivo IOE 2003; Obando 2002, 2005, 2006a).
El «saber popular»
Con su aspiración de ganar la «mirada desde abajo» (MIES), la IAP reconoce como indispensable la existencia de un «saber popular». El saber popular se define en contraposición con el paradigma científico dominante, hegemónico. Se parte del hecho de que para la IAP no existe una sola forma de conocimiento —el llamado «científico»— sino diferentes formas de saberes y conocimientos.
Esos conocimientos contienen, por ejemplo: conocimientos críticos (capacidad para la crítica ideológica y la desmitificación); conocimientos teóricos (capacidad para relacionar hallazgos empíricos y teóricos de diferentes propuestas); conocimientos sociales (capacidad para entablar relaciones con otros, para reconocer a los individuos en determinadas relaciones entre ellos y con su medio material, social e histórico); conocimientos cotidianos; conocimientos políticos; conocimientos propios. En ese método de investigación que aborda estas diversas formas de conocimiento, los participantes, como sujetos, incluso si no están siempre formados académicamente, tienen lugar para aportar.
En la IAP se reconoce y sistematiza el saber popular como instrumento para la comprensión y transformación social, para superar el estado de enajenación y marginalidad (Arango 1995). Francisco Vio Grossi plantea a la IAP un proceso organizado de producción de conocimiento en el cual el «saber popular» se transforma en «saber popular orgánico» e identifica tres posibilidades de transformación: el desenmascaramiento de los mitos, la creación de un conocimiento popular y el aporte para la organización (Vio Grossi 1983, p. 28).
La primera posibilidad, el desenmascaramiento de los mitos: el autor ha dedicado gran parte de su trabajo a la teoría de la IA como agente incitador del proceso de «desendoctrinamiento». Este proceso permite a las personas liberarse de los mitos impuestos por las estructuras de poder, mitos que las incapacitan para identificar su propio estado de opresión y que limitan sus posibilidades de emancipación. Un mito a desenmascarar es la creencia de que el saber de las masas posee menos valor que el saber académico (Vio Grossi 1983, pp. 27‑30).
Orlando Fals Borda (1978) pensaba que los intelectuales debían efectuar el desenmascaramiento de este mito, pues como representantes del saber dominante suelen mostrar un sentimiento de superioridad frente al saber popular. Su relación con el saber popular ha tenido un carácter colonial; durante la formación académica se aprende a considerar ese saber como de segunda clase porque no está construido sobre la rigurosidad de la ciencia académica, lo que produce actitudes despectivas (Fals Borda 1978, pp. 79‑97).
Según Pablo Rodríguez Brandao, el desenmascaramiento de los mitos ofrece uno de los obstáculos más grandes en el trabajo de base, en tanto que el conocimiento y el saber representan pertenencia de clase: «uno puede hablar de un conocimiento de los opresores y un conocimiento de los oprimidos» (Fals Borda & Rodríguez Brandao 1986, p. 37).
Creación de un saber popular
La segunda posibilidad apunta hacia la creación de un saber popular. En relación con qué es el conocimiento, existen diferentes opiniones entre representantes de la IAP. Orlando Fals Borda, en su trabajo sobre «La ciencia y el pueblo» (1980), aporta la idea de que la creación de conocimiento que viene de la gente conlleva la realización de una ciencia de la gente o una ciencia del pueblo. Esta ciencia será entendida y utilizada por la gente común y, al mismo tiempo, no perpetuará el statu quo (Fals Borda 1980, 1991).
Bud L. Hall (1983) considera que el «conocimiento de la masa» es un instrumento para romper el monopolio de los grupos dirigentes, que consiste en el poder para determinar las necesidades de los demás; así se trasladaría el poder a los grupos que asumen un compromiso frente a la producción de «conocimiento de la masa» (Hall 1983, p. 29; O. Tálvaro 2006).
En contraposición, Pablo Rodríguez Brandao defiende que la tarea de los intelectuales en el trabajo de base no consiste en denigrar el saber académico sino en democratizarlo: «no es necesario transmitir para el pueblo una ‘ciencia pequeña’, de mala calidad, sino lo más importante es capacitar al pueblo en los altos conocimientos, aquellos que se transmiten en la universidad» (Rodríguez Brandao 1986, p. 38).
La organización
La IAP fortalece el potencial organizativo de los grupos de base a través del acento que coloca en sus investigaciones e intervenciones sobre el análisis colectivo, el trabajo en grupo y la búsqueda conjunta de alternativas de solución. Es importante entender la participación como un proceso en el cual cada sujeto es un agente activo y dirige su acción.
Ese proceso se realiza a partir de diferentes actividades organizativas que los grupos de base desarrollan en la búsqueda de soluciones a sus problemas. La metodología de la participación es la observación del problema a través de una reflexión colectiva grupal, que repercute sobre los otros órganos de la comunidad. Cuando un grupo identifica su problema de forma colectiva, aparece la necesidad de buscar una solución organizada y adecuada a esa problemática. La organización se constituye en ese momento como una respuesta a un problema concreto.
El grupo debe desarrollar su modelo de organización acorde a su propia realidad. Una fuerte organización en el trabajo de base es posible cuando la toma de conciencia organizativa es el resultado de una lucha para la solución de sus propios problemas.
El principio de organización en la IAP persigue los siguientes propósitos: lograr estructuras de base; fortalecer las estructuras de base, lo que implica el reconocimiento y apoyo de los espacios para el funcionamiento de estos grupos (físico y operativo) al interior de las instituciones a las cuales están vinculados los sujetos participantes; integrar y coordinar con las organizaciones de base existentes en la comunidad para el cumplimiento de sus funciones. Esto puede significar, entre otras cosas, orientar y apoyar profesionalmente a los círculos de trabajo existentes que expresan interés en trabajar en red para el manejo de las problemáticas intervenidas en los proyectos.
Ese principio de organización se transforma en un medio de comunicación sobre las expectativas y necesidades de los agentes de la comunidad, un espacio en el que es posible su participación. Según Boris Lima (1983, p. 3), las formas de organización suceden a diferentes niveles como un proceso permanente. Parten de la lucha diaria en la forma de acciones estructuradas y, paso a paso, se transforman en acciones más sistemáticas, políticas y reflexivas, hasta constituirse en una participación política metódica; se erigen como una acción consciente, orgánica y planeada.
Los cambios políticos que se perfilan en los proyectos se piensan más a nivel de la toma de posiciones personales y políticas y de las estructuras de pensamiento de las/os participantes que a nivel de grandes cambios en estructuras institucionales oficiales.
La participación
En la IAP se entiende por participación el esfuerzo organizado para ejercer y fortalecer el control y seguimiento sobre los recursos propios y de las instituciones. Esto debe tener lugar en determinados espacios sociales y por diferentes grupos y movimientos, los cuales hasta ese momento habían estado aislados en el ejercicio de esa actividad.
La participación consiste en la posibilidad que posee la población de intervenir en forma activa en la producción de conocimientos relevantes para la generación de cambios dentro de la sociedad y del orden social existente. Es una emergencia de nuevas subjetividades políticas potencialmente emancipadoras, ligadas al reclamo de los derechos (Restrepo 2002).
En su lógica externa, la participación reivindica la exigencia de la autogestión (el desarrollo de actividades a partir de la propia fuerza motivacional) y de la autodeterminación como principios rectores de la organización social (Obando 1992). La participación debe reflejarse en la unión colectiva de los integrantes del grupo. Una vez que los integrantes de estos grupos han alcanzado una toma de conciencia organizativa, sus acciones se realizan con unidad y disciplina. La persona participativa estimula el desarrollo personal y comunitario. Esa comunidad es, para el sujeto participativo, un núcleo organizativo que posee una conciencia sobre la participación de sus habitantes.
El Colectivo IOE (2003) ubica esta forma de participar dentro de una tradición crítica implicativa, a diferencia de la forma tecnocrática de participar en la cual no se asume un análisis de las relaciones de los participantes con el conjunto del sistema social y, por tanto, no genera alternativas globales, forma impulsada por la tradición pragmática operativa de la IA. Las/os participantes que han sido invitadas/os a participar voluntariamente en ese proceso asumen su vinculación, su presencia y su permanencia como una decisión política en la cual se construye la posibilidad de participar en la vida política, social y cultural de su sociedad.
Su participación es activa y decisoria; desarrollan y prueban desde su propia fortaleza instrumentos y alternativas para la defensa de su situación de afectación.
IAP en estudios de psicología política y de género
Olga Lucía Obando‑Salazar. Volumen 7, No., Art. 3 – septiembre 2006. www.qualitative-research.net/fqs-texte/4-06/06-4-3-s.pdf
Repetición: identificación de las causas y diagramación
Identificación de las causas y sus interrelaciones (las raíces).
La secuencia de causas debe iniciarse con las más directamente relacionadas con el problema central, que se ubican inmediatamente debajo del mismo. De preferencia se deben identificar unas pocas grandes causas, que luego se van desagregando e interrelacionando.
Una buena técnica es preguntarse: ¿por qué sucede lo que está señalado en cada bloque? La respuesta debería encontrarse en el nivel inmediatamente inferior.
Se deben identificar todas las causas, aun cuando algunas de ellas no sean modificables, deteniéndose en el nivel en que es posible modificarlas. Hay que recordar que lo que se persigue es elaborar un modelo causal para la formulación de un proyecto y no un marco teórico exhaustivo.
Cada bloque debe contener solo una causa.
Diagramar el árbol de problemas, verificando la estructura causal.
Resumiendo, el árbol de problemas debe elaborarse siguiendo los pasos que, a continuación, se enumeran:
- Formular el problema central.
- Identificar los efectos (verificar la importancia del problema).
- Analizar las interrelaciones de los efectos.
- Identificar las causas del problema y sus interrelaciones.
- Diagramar el árbol de problemas y verificar la estructura causal.
Es importante recordar que los componentes del árbol de problemas deben presentarse de la siguiente manera:
- Sólo un problema por bloque.
- Problemas existentes (reales).
- Como una situación negativa.
- Deben ser claros y comprensibles.
El proyecto se debe concentrar en las raíces (causas). La idea es que si se encuentra solución para estas, se resuelven los efectos negativos que producen.
A continuación se presenta un ejemplo esquematizado del árbol de problemas.
Repetición: capital social y participación
Dietlind Stolle propone que “el capital social es concebido como un fenómeno subjetivo compuesto por valores y actitudes de los ciudadanos que determinan cómo se relacionan unos con otros” (Herreros, 2002).
Robert Putnam, considerado uno de los precursores del capital social, señala que éste está conformado fundamentalmente por “el grado de confianza existente entre los actores sociales de una sociedad, las normas de comportamiento cívico practicadas y el nivel de asociatividad que caracteriza a esa sociedad. Estos elementos evidencian la riqueza y la fortaleza del tejido social” (Kliksberg, 2000: 28).
Kenneth Newton propone que el capital social “puede ser visto como un fenómeno subjetivo, compuesto de valores y actitudes que influyen en cómo las personas se relacionan entre sí. Incluye confianza, normas de reciprocidad, actitudes y valores que ayudan a las personas a trascender relaciones conflictivas y competitivas para conformar relaciones de cooperación y ayuda mutua”.
Stephan Baas, también desde el enfoque cultural, afirma que el capital social “tiene que ver con cohesión social, con identificación con las formas de gobierno, con expresiones culturales y comportamientos sociales que hacen a la sociedad más cohesiva y algo más que una suma de individuos”.
Los valores: sobre todo desde el enfoque cultural, el capital social se constituye como recurso dependiendo de los valores que estén presentes en un grupo social o a los que den prioridad los individuos de una sociedad.
Valores como la solidaridad, el respeto y la confianza mutua, entre otros, acentúan procesos en los que el capital social se ve potenciado y, junto con eso, procesos que favorecen el diario vivir de las personas.
Definición integradora
Flotts propone la siguiente definición, considerando tanto el enfoque estructural como el cultural:
“Capital social es un fenómeno social, compuesto por los valores, las normas, las redes y las relaciones sociales presentes en una sociedad y que facilitan el establecimiento de vínculos de confianza, de reciprocidad y de solidaridad entre los miembros de un grupo, comunidad o sociedad determinada”.
Participación y ciudadanía (repetición)
Desde el punto de vista del trabajo social, la participación es un principio inherente al mismo. El concepto de organización de la comunidad recoge la participación como un elemento esencial para la consecución del bienestar social de la comunidad.
La participación en la ISC significa que las personas de la comunidad, aunque no hayan sido elegidas o designadas responsables de la administración, puedan influir en las decisiones de los políticos y en los programas que conllevan estas políticas que afectan sus propias vidas, asumiendo con ello su propia responsabilidad desde el principio.
El trabajador social juega un papel importante apoyando al ciudadano para que esa participación sea real y eficaz, prestándole la orientación, formación e información necesaria, acompañándole en su intervención educativa. Todo un rol que debe sustentarse en varios pilares: actitud de respeto, autenticidad y transparencia, preparación técnica y actitudinal.
La participación también es importante para generar autonomía en los ciudadanos, ya que mediante la participación se fomenta el sentido de pertenencia a la comunidad y la autorresponsabilidad en la resolución de sus necesidades.
Por otro lado, al incrementar los niveles de participación resulta de gran importancia integrar equilibradamente los derechos individuales y sociales, de modo que se potencie a la persona a la vez que ésta se siente parte de una comunidad de propiedad común. Es justamente la participación lo que distingue al trabajo social con comunidades. Si no se da la participación en nuestras intervenciones, se pierde la dimensión de la ISC.
La participación social es presentada por las políticas sociales como una oportunidad para la superación de la pobreza, dándole legitimidad política, histórica, cultural y también económica o gerencial.
Paradigma dialéctico y Lewin (repetición)
El paradigma dialéctico, procedente de la filosofía marxista, supone una importante proposición metodológica para las intervenciones de carácter comunitario, y la correspondiente transformación de la realidad sobre la que se actúa: la unidad sujeto/objeto, según Marx, ha liberado al hombre de una posición contemplativa. Es en la praxis cuando se produce una toma de conciencia en la que el sujeto es idéntico al objeto, y ello implica una transformación de la realidad; un proceso recíproco, en la medida en que el sujeto, al conocer “lo otro”, se conoce a sí mismo, obteniendo un conocimiento de ambos que los modifica.
Lewin (1946) desarrolló la investigación participativa como alternativa a la investigación tradicional que separaba la ciencia y la práctica. Lewin defiende la necesidad de una integración de ambas en proyectos conjuntos, en donde los profesionales aplicados investiguen con rigurosidad los efectos de sus intervenciones prácticas y los teóricos sean capaces de encontrar aplicaciones sociales relevantes para sus formulaciones.
La participación (reiteración)
En la IAP se entiende por participación el esfuerzo organizado para ejercer y fortalecer el control y seguimiento sobre los recursos propios y de las instituciones. Esto debe tener lugar en determinados espacios sociales y por diferentes grupos y movimientos, los cuales hasta ese momento habían estado aislados en el ejercicio de esa actividad. La participación consiste en la posibilidad que posee la población de intervenir en forma activa en la producción de conocimientos relevantes para la generación de cambios dentro de la sociedad y del orden social existente. Es una emergencia de nuevas subjetividades políticas potencialmente emancipadoras, ligadas al reclamo de los derechos (Restrepo 2002).
En su lógica externa la participación reivindica la exigencia de la autogestión (el desarrollo de actividades a partir de la propia fuerza motivacional) y de la autodeterminación como principios rectores de la organización social (Obando 1992). La participación debe estar reflejada en la unión colectiva de los integrantes del grupo. Una vez los integrantes de estos grupos hayan alcanzado una toma de conciencia organizativa, sus acciones serán realizadas con unidad y disciplina. La persona participativa estimula el desarrollo de sí misma y de la comunidad. Esa comunidad es para el sujeto participativo un núcleo organizativo que posee una conciencia sobre la participación de sus habitantes.

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