21 Jun

Pensamiento e ideasComo del cogito deducimos que pensamos siempre, pues si dejásemos de pensar dejaríamos de existir, lo que pensamos, las ideas, deben ser el objeto de nuestro conocimiento. Las miles de ideas que hay son de diferentes tipos. Están, por un lado, las ideas innatas, que nacen conmigo y proceden de la propia facultad de pensar (el lumen naturale rationis) y que se conocen por la intuición intelectual, por lo que son evidentes, y por tanto, verdaderas (como las verdades matemáticas). Luego hay ideas que parecen proceder de fuera, las ideas adventicias, que se caracterizan por conocerlas yo por una inclinación, la materialidad de las causas, la semejanza con los objetos y la involuntariedad. Parece que todas las ideas son iguales, pues son datos de conciencia, pero se diferencian en lo que cada una de ellas representa. Las ideas de sustancias parecen ser más reales que las ideas de modos, y las ideas de sustancias infinitas, más reales que las de sustancias finitas. Como las cosas menos perfectas no pueden ser la causa de las que son más perfectas, la nada no puede ser la causa de la existencia de cosas más perfectas, con lo que proceden de fuera. La causa de lo representando debe poseer la perfección de su efecto, con lo que, si proceden de fuera, las cosas son la causa de las ideas. En último lugar están las ideas que no proceden ni de la facultad misma de pensar, ni del exterior. Son las ideas facticias, o ficticias, que las compone mi imaginación a partir de ideas adventicias (como por ejemplo, la idea de sirena, creada a partir de las ideas de mujer y de pez).



El cogito y el criterio de verdad

El cogito es tomado por Descartes como el primer principio de su filosofía. Al poder concebir esta proposición tan clara y distintamente, sin haber en ella ningún indicio de duda, se toma como verdadero todo aquello que podamos ver con tal claridad y distinción. Esta claridad y esta distinción se alcanzan por la intuición intelectual, una mirada del alma (inspectio mentis), con lo que, basándonos en la primera regla de las Reglas para la dirección del espíritu (Regulae ad directionem ingenii), todo aquello que concibamos clara y distintamente será evidente. Y de esa primera regla, que dice no aceptaré como verdadera cosa alguna que no conociese verdaderamente como tal, extraemos que lo que sea evidente será verdadero. En este momento llegamos a un punto clave de la filosofía cartesiana y es el establecimiento de la regla de la evidencia como el criterio de la verdad. Por otra parte, señala Abbagnano que el cogito no es una aplicación de la regla de evidencia, sino que es la autoevidencia existencial: lo que podemos ver tan clara y distintamente (lo que es tan evidente) como que para pensar es necesario existir es verdadero. Esta evidencia, que procede del inspectio mentis, la intuición intelectual, ya aparecía en la tercera regla de las RPDE como ejemplo de intuición: un triángulo tiene 3 lados, una esfera, una única superficie, yo pienso, yo existo. No es el cogito una deducción, es la primera certeza, que destruye la duda y engendra certeza (duda crítica), y es evidente, esto es, se concibe clara y distintamente. Por eso es verdadero.
El cogito constituye, como ya se dijo antes, el fundamento de la filosofía de Descartes porque partiendo de él se puede llegar a reconstruir el edificio del saber, que había sido derribado a partir de la duda con el fin de someter a todos sus conocimientos a la crítica. De la certeza de que para ser engañado tengo que existir, se deduce la existencia de Dios (que es una idea innata) a través del ser perfectísimo y del infinito positivo. Y apoyándose en el deux verax, descubrimos que las verdades matemáticas sí son verdaderas y que los cuerpos son la causa de las ideas denominadas adventicias. Como ya se decía antes, el cogito no es una aplicación de la regla de la evidencia ni tampoco del principio de la no-contradicción (pues así sería un segundo principio filosófico). Tampoco es el cogito una deducción, ni tampoco una inferencia lógica, porque supondría negar la simultaneidad que se da en él: no quiere decir que yo pienso, y como pienso, me doy cuenta de que existo, sino que pienso, y en ese momento descubro que existo, y no puede ser de otra manera, puesto que para pensar, es necesario existir. Yendo a las Meditaciones Metafísicas descubrimos que somos una cosa que piensa, y una cosa que piensa, conoce, duda, siente, quiere, recuerda… estableciendo los modi cogitandi. Este ser pensante no se corresponde con interpretaciones anteriores del mismo. Además, Descartes rechaza las concepciones clásicas del alma. Para la filosofía cartesiana, el alma, la res cogitans, sería una sustancia finita pensante. Sabemos que es pensante puesto que en el momento que pensamos, existimos, y ocurriría que si dejáramos de pensar, dejaríamos asimismo de existir. Y somos finitos porque, cuando nos comparamos con la idea de Dios (el ser perfectísimo), descubrimos que es una sustancia infinita y pensante y al compararnos con Él, nos percatamos de nuestra finitud. Pese a la forma ergo (luego), podríamos pensar que se trata de una deducción lógica, pero no es así, porque es una certeza existencial en la que el pensar y el existir se dan simultáneamente. La res cogitans se comunica con la res extensa a partir de la glándula pineal.

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